lunes, 8 de noviembre de 2010

Demente.

Me encanta ver asomarse el alba un día de verano. Pasar de la fría noche al cálido día. Notar la escala de colores que transcurre en el cielo, libre de nubes y en el que los pájaros revolotean sobre mi cabeza. Pero, al mira hacia mi derecha, me doy cuenta de que la noche vuelve a reinar el mundo. La hierba se ha congelado y una leve escarcha me enmudece, quedándome inmóvil al borde del abismo, esperando a que el sol vuelva a aparecer. Aunque nunca lo hace.


Nunca el tiempo me había parecido tan doloroso. Cada segundo que transcurre a mi alrededor se vuelve pesado y ensordecedor, comenzando con una leve presión que me oprime las sienes, que me nubla la vista. Y me doy cuenta de que ya no hay nada, sólo una extraña lobreguez en la que aparecen formas sinuosas acercándose a mí. Pero es sólo mi imaginación.
Y vuelvo de nuevo a la realidad, a la cruda realidad. Donde las únicas personas que se mueven por mi entorno me consideran un demente incapaz de pensar respuestas coherentes, y que sólo reacciono por impulsos.
Y a estas alturas me doy cuenta de que lo único que me queda es el retiro y el aislamiento en mí mismo. Porque con el paso del tiempo, uno se da cuenta de que la en la única persona en la que puede confiar es en sí mismo; aunque, en mi caso, ni mi ser es fiable.

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