jueves, 23 de diciembre de 2010

Gélido.

Hace mucho frío. Todo a tu alrededor es blanco y el suelo es gélido como el hielo, pero a su vez suave. Parece como si alguien hubiese espolvoreado azúcar por todas partes, dejando una leve nube blanca en el ambiente. Sufres espasmos y temblores; ya no sientes los dedos de las manos y, ni encogiéndote sobre ti mismo, consigues entrar en calor. Entonces, una lágrima cae por tu mejilla, helándose al contacto con el aire. Tu corazón pide auxilio y tu voz un suspiro, tragar te desgarra la garganta y parpadear llega a ser doloroso. Intentas levantarte malgastando tus últimas energías en intentar llegar a algún lugar fuera de este vendaval de hielo, que atraviesa tu cuerpo y araña tu delicada piel. Te das cuenta de que el suelo es nieve y un caluroso pensamiento de felicidad te ronda la cabeza, pero no es suficiente para poder sobrevivir. Llega un momento en tu trayectoria en el que aceptas que el lugar donde te encuentras es la nada, un paraje interminable, helado y gélido del que no existe salida alguna. Caes, rendido, y poco a poco tu cuerpo es cubierto por los innumerables copos de nieve que trae consigo la tormenta. Al cabo de unos minutos has desaparecido. Ya no eres nadie. Ya no eres tú. Sé bienvenido a tu hogar. Sé bienvenido a tu alma.

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