jueves, 29 de diciembre de 2011

Esta guerra llamada "vida".

Es hora de mirar hacia el futuro, de verlo esclarecer ante mi atónita mirada. Cierro los ojos y pienso en mis errores, mis constantes fallos que tanto daño me producen, y me dedico unas palabras con las que alentarme a seguir viendo el mundo con una sonrisa en mi rostro. Me coloco delante del espejo, me miro —de arriba a abajo—, respiro profundamente para encontrar el destello de mi alma, cierro los ojos y comienzo a hablar conmigo mismo.

"Debes saber que la vida no es ni será fácil; intentarán hundirte, humillarte y sentirse superiores a ti. Pero tienes que aprender a ser fuerte, a saber arrancar los clavos que formarán tu ataúd, a levantarte sin ayuda de nadie. Sé que es más sencillo decirlo que hacerlo, pero mereces ser feliz. Quiérete más, encuentra la maravilla incrustada en tu interior. No sueñes tanto por mucho que te digan que es gratis, al final malgastarás tu tiempo y sufrirás más de lo que deberías. No pienses tanto, actúa más, disfruta de las pequeñas cosas, haz caso de esa frase que tanto odias escuchar porque no sabes sacarle partido: "Carpe diem". No llores, ríe; no te rindas, sonríe. Tienes mucho más potencial del que crees tener, aprovéchalo; arriésgate, no tengas miedo de equivocarte y disfruta de los malos momentos, —son esos los que te harán fuerte—. Di a los más cercanos que los quieres, no te avergüences de los "te quiero" o de los "te echo de menos", te darás cuenta de que si no lo dices ahora luego será demasiado tarde. Que no te importe lo que un puñado de imbéciles piensen de ti, sé fiel a ti mismo por mucho que duela. Acepta la realidad, convive con ella y llévate bien, será la única manera de abrir los ojos y no cegarte con tu inseguridad. Exprésate —ya sea por medio de las palabras o de la voz—, pero hazlo; no abuses de los silencios, más bien disfruta de ellos cuando las palabras no sean suficientes. Sigue con tu humor, ríete de ti mismo para aprender a aceptar tus defectos —pues en estos instantes eres un ignorante en la asignatura "Conócete"—. Tú mismo sabes que me dejo mucho dolor en el tintero, que jamás podrás decir todo lo que te reconcome por dentro, pero pasa página y no vuelvas la mirada para leerla, olvida, perdona y te repito, ríe y sonríe, ama más. Que los demás se enteren de que eres capaz de volar hasta las nubes, de parar terremotos, de vencer a la oscuridad."

Tras mi discurso me dispongo a abrir los ojos y levantar mi mirada, llorosa, repleta de fuerza, ansiando luchar. Ya tengo puesta mi armadura, solo me queda empuñar mi espada y seguir adelante en esta guerra llamada "vida".

viernes, 23 de diciembre de 2011

Que tu boca se seque con una de mis palabras.



Tengo mucho que decir y poco que callar. Pero son esos íntimos silencios los que hacen que me vaya destruyendo por dentro poco a poco. Me consumo como una vela en medio de la oscuridad, como un trozo de papel ardiendo por la llama de la vida, desapareciendo con el tiempo para convertirse en nada. Me encantaría ser fuerte y eliminar la existencia de las consecuencias, esos jodidos desenlaces que nunca acaban como me gustaría —aun contando yo mi propia historia—. Ya no distingo entre destino y casualidad, sencillamente deshecho oportunidades, trago injurias y escupo mentiras. Son incontables las veces que he deseado abrazarte, besarte o rozar tu piel sin tu consentimiento. Jamás sabré si alguna vez has deseado que lo hiciera y que las nubes se detuvieran en ese instante para que pudieras disfrutarlo al máximo. Jamás lo sabré porque es una de entre tantas fantasías, una de mis ansiadas quimeras, tan reales como ficticias. Quiero respirar y no sentirme vacío. Andar y no sentirme solo. Sonreír y no sentirme engañado. Quiero que una mirada se cruce entre nosotros después de despedirnos, que esta impotencia no dure para siempre. Quiero revelarme contra el mundo, demostrarles quién soy y de lo que soy capaz; quiero sumergirme en las aguas de tu corazón y encontrar el sitio que llevo ansiando tanto tiempo; quiero que tus pupilas se dilaten cuando me veas venir a lo lejos, que tu boca se seque con una de mis palabras y que tus manos tiemblen con una de mis sonrisas. Porque ojalá y pudiera cambiar el significado de la palabra "amor" para que en su definición no incluyera el término "sufrimiento". Ojalá pudiera afrontar mis miedos sin notar cómo me asesina la realidad. ¡Déjame soñar! Déjame creer que todo cuanto deseo, es verdad.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Pregúntame y te diré una mentira.

Un día como cualquier otro, en el que suena la alarma avisándome de que la vida sigue una vez más, en el que las tostadas se queman amargando la mermelada y en el que el zumo de naranja ha perdido su color. Arranco la puerta para huir de mi hogar sabiendo que debo volver. Una música salada acompaña mis pasos bajo la luna, todavía pegada en el cielo a pesar de la presencia del sol. El viento saja mi piel mediante las preguntas del día anterior, con el arte que no fui capaz de plasmar en mis palabras, con la vergüenza como sombra. Camino por la vida con las manos vacías, esperando a que un copo de nieve se pose en mi palma y forme un muñeco de nieve o que una gota de lluvia cree vida en mi piel. Demasiadas promesas, escasa esperanza, nimios deseos, dolorosa inseguridad.


Las lágrimas corren por mis mejillas hasta llegar a mi boca, pero saben dulces. Mi mirada se pierde entre las nubes buscando algún lugar en el que mi alma sea libre, en el que no exista el cansancio tras luchar. Saboreo cada bocanada, cada aliento, cada pequeña brisa de humo que la naturaleza me obliga tragar; seguido de sentimientos superfluos que flotan en la superficie de mi cuerpo, sin llegar a entrar en mi interior.
Acabo de perder la cuenta de las huellas que he dejado atrás, del rastro de mis lágrimas que brotan de las baldosas, de mi esencia desperdigada por el mundo. Ahora echo de menos mi despertador y mis tostadas quemadas y mi zumo gris y mis lágrimas saladas y mi música destartalada. Echo de menos ser ese ingenuo que tenía por sonrisa la inocencia y por mirada la verdad.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Lo que daría por uno de tus besos.

Deseaba que sus manos se entrelazaran en ese mismo momento. Llevaban hablando toda la tarde. Risas. Sonrisas. Miradas que, para ella, no parecían decir nada. Desconocía la razón de aquellos sentimientos, de aquella maldita jungla creciendo en su interior cada vez que la veía. Su corazón hablaba por él. Su ser callaba para regalarle la libertad que necesitaba. Jugaba con las palabras y con cada instante. Le gustaba ver las reacciones de los demás para descubrir sus verdaderos pensamientos, aunque siempre eran meras suposiciones sin ningún valor al que amarrarse. Aquellos momentos le robaban una estúpida sonrisa que se dibujaba en su rostro cuando menos se daba cuenta, "maldita sea" pensaba mientras se imaginaba. De hecho, no quería irse a la cama si no era con ella, no quería abrir los ojos si al abrirlos no se encontraba ella delante, no quería dormir por miedo a no despertarse nunca más, pues no despedirse de ella sería el mayor de sus castigos.
—¿Sabes? Hoy he soñado contigo. —dijo la muchacha.
—¿Ah, sí?
—Sí. —sonrió levemente.
—Dime lo que pasaba, al estilo de las historietas que me contaba mi abuelo y con las que yo te he aburrido tantas veces.
—No seas tonto, me gustan mucho las historias de tu abuelo.
—¡Ah, entonces es por mi abuelo, no te gusta que te las cuente yo!
—Me encanta que me las cuentes tú. —río.— ¿Contento?
—Como un niño al abrir el primer regalo en Navidad. —le dedicó una de sus mejores sonrisas, no demasiado amplia pero tampoco demasiado escueta, demostraba lo que sentía pero sin excederse. En resumidas cuentas, era ideal para aquel momento.— Bueno, di.
Iba a poder mirarla, iba a poder quedarse embobado sin que ella le objetase nada, podría ver sus labios moverse, su pelo peinarse con el viento, el brillo de sus ojos contactar con el suyo. Lo mejor de todo era que no había planeado esa delicia, había surgido como obra del destino.
—Antes de nada, tengo que decir que es un sueño que tiene que ser acabado.
—¿Cómo? —preguntó anonadado.
—Eso lo verás cuando termine. —le guiñó un ojo y prosiguió.— Estábamos en un hermoso paraje, una especie de oasis en medio del desierto, solo para nosotros. Nos bañábamos en el pequeño lago de entre la maleza, donde una enorme cascada caía del cielo. Extraños animales nos miraban entre los arbustos con envidia, podía sentirlo. Después de nadar y agotarnos nos tumbábamos en la arena, y los rayos del sol hacían que tu piel brillara como las escamas de un pez. Yo dejaba que mis dedos sintieran el calor que desprendían bajando por tu brazo. Te hacía cosquillas. —no puedo evitar sonreír y colocarse su melena pelirroja detrás de la oreja.— Entonces, yo te decía "sigo esperando", tú te incorporabas y me mirabas con el pelo todavía empapado mientras contestabas "¿el qué?". Y antes de que pudiera contestarte todo se había desvanecido.
—Tenías razón, ese sueño tiene que terminar, que me corroe la curiosidad. ¿Qué sigues esperando?
Calló y se mordió el labio inferior. Quería hacerle esperar. Su única contestación fue una sonrisa acompañada de una fugaz mirada. Él tampoco le pedía que se lo contara, conocía sus intenciones, y no le importaba que su impaciencia le golpeara la boca para salir. Y, en ese momento, separó sus labios exactamente medio centímetro, y habló.
—Uno de tus besos.
Su corazón se asemejaba a uno de esos tambores de la orquesta de Carnaval. Incluso, sentía que por una milésima de segundo, su alma saltaba de alegría impidiendo a su corazón de latir. Se quedó inmóvil, mirándola, ruborizado, apreciándola con delicadeza, disfrutando de diciembre. Y, haciendo caso de lo que le decía, la besó. Sí. Había estado engañado todo ese tiempo, porque ella no había dejado de estar enamorada de él ni un solo segundo. Pero, eso sí, la jungla de su interior no desapareció en ningún momento.


viernes, 9 de diciembre de 2011

¿Para qué estar cuerdos si podemos estar locos?

¿No lo ves? ¿No ves el río de hipocresía que corre por las calles? Ese que penetra los acorazados cuerpos de las personas, ese que hace enfermar al corazón y a la mente, ese que altera tus sentidos y colorea de negro tu vida destrozando los retazos de dignidad que todavía poseías. No lo ves porque eres uno de ellos, otra marioneta más con la que divertir a un puñado de excéntricos. Es surrealista; como las bestias que se adueñan de nuestras posesiones durante la noche, como las cucarachas que se entrometen en nuestro día a día para hacernos todavía más complicado el sobrevivir en la calle. Y llega la hora del discurso que cambiará nuestro pensamiento, de las palabras adornadas con sucios engaños y de los ojos que se posan sobre los nuestros para convertirnos en quien ellos quieren que seamos. Tras el mismo, una niebla nos rodea por completo separándonos de los demás. Todo por querer escuchar lo que queremos oír, pues no tenemos suficiente con nuestras propias mentiras.


Seguimos empeñados en dejarnos llevar por la monotonía y por el camino fácil. ¿Para qué pensar si alguien —o algo— lo puede hacer por nosotros? ¿Para qué estar cuerdos si podemos estar locos? ¿Para qué escuchar si podemos ser sordos? Son esas preguntas las que evitamos contestar, porque duelen. Duele que la respuesta sea "para no ver la realidad". ¡Vamos, mentes pensantes! Cada vez que tenemos un problema, no queremos afrontarlo. "Mejor esconderse y dejar que la nefasta tempestad elimine las dudas sembradas", dicen algunos. Y por ello nos encanta escuchar y dejar de sentir. Anhelamos disfrutar de un paseo en barca, en medio del paraíso, llevados por las corrientes que un grupo de ególatras nos invitan a seguir.
Pero no pienso perseguir a la masa enfurecida que creéis ser. Pienso vivir los malos momentos que la realidad me brinde, porque son esos los que hacen que mi vida tenga sentido. Sí. Me gusta ser persona, y no ese muñeco de trapo con el que un niño dejó de jugar.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Divenire.

Cabeza alta. Mirada al frente. A veces imagino cómo sería salir corriendo y sentir, exhausto, que con cada bocanada de aire revive mi alma. Me evado, así, del mundo que me rodea, dejo de ser quien soy para convertirme en quien quiero ser. En muchas ocasiones he deseado sentirme arropado por tus sentimientos, entrar en calor con tu mirada y congelarme con el roce de tu piel. Aunque, nunca consigo llegar a tanto. Respirar hondo. Últimamente no dejo de hacerme esas preguntas que no tienen respuesta, esas que todo el mundo ansía conocer. Pero no soy más que un destartalado títere en este mar de dudas llamado vida. Nada tiene sentido si no es disfrutando de la noche blanca, del día oscuro. Nada permanece callado a no ser que se le pregunte al cielo, quien te contesta en forma de viento, en forma de melodía utilizando como violines las hojas de los árboles, como pianos la hierba y las flores. Vivir. Quiero contar amaneceres contigo, jugar a no tener miedo cuando estoy sin ti, mirar a la luz y que sea tu sombra quien me enseñe a andar. Anhelo llorar en forma de invierno, reír con voz de primavera, tocarte con la dulzura del otoño y observar con el descaro del verano. Volar en dragones, domar libélulas, comerme las nubes, aplastar el sol, coleccionar galaxias. Ser fuerte. Jamás apartaré mis ojos del horizonte. Jamás me pararé en medio de la nada. Jamás cambiaré mi manera de ver el mundo que me rodea. Jamás. Y seguir con mi camino, con la cabeza alta, mirada al frente, disfrutando de la vida, siendo demasiado fuerte para perder.



sábado, 12 de noviembre de 2011

El porqué de mis caricias.



¿No sería maravilloso que descubriéramos mundos juntos? Llegar hasta lo más alto, romper las leyes de la física y correr por la superficie del mar guiados por las olas, seguidos por el viento. Sería maravilloso. Demasiado como para ser real. Ojalá y fuéramos capaces de, aunque fuera, mirarnos sin temer por las palabras que no saldrán de nuestros labios. No entiendo por qué tanto por un silencio si para ti no dicen nada. ¿No sería maravilloso que vieras lo que yo veo? Que creyeras mis delirios y locuras cuando te susurro al oído que, antes que un "te quiero", prefiero una de tus sonrisas. O el incomparable sonido de tu voz, que distinguiría en medio de la más ruidosa multitud. Porque, quieras o no, sé el momento exacto en el que me miras, aunque no lo hagas de la misma manera que yo lo hago. Yo te dedico una mirada tierna, llena de significado que, ni con el mejor de los diccionarios, podrías adivinar jamás. ¿Pero cómo decirte todo esto sin tener luego que arrepentirme? La respuesta no es sencilla, pero mi corazón la contesta una y otra vez en cada unas de las noches que me duermo bajo la tenue luz de las farolas: escribiré durante el resto de mi vida pensando en ti, dejando mis lágrimas caer en el papel para que ellas solas dibujen tu rostro en medio de la nada, desearé que alguna vez leas esto y pienses "ojalá y fuera para mí", porque será ese el momento en el que te darás cuenta, de que cuando te mire y te bese, las grietas de nuestros labios encajarán a la perfección. Sí. ¿No sería maravilloso que te describiera por una vez el porqué de mis caricias? Las que te regalo sin que te des cuenta en un mundo solo para nosotros. Ese que he estado imaginando desde el día en que te conocí.

martes, 1 de noviembre de 2011

De pequeños deleites a grandes placeres.

Los rayos del sol atravesaban los pequeños huecos de la persiana. Ella seguía tumbada, tapada por las sábanas, cubierta por la inocencia. Sabía que podía estar dando vueltas en la cama todo el tiempo que quisiese. Adoraba el calor en una fría noche de invierno, levantarse despeinada y mirarse al espejo con el pelo enmarañado, esconderse debajo de una manta y encogerse sobre sí misma para que los latidos de su corazón dieran vida a todas las partes de su cuerpo. La noche de antes había quitado previamente las pilas del despertador para no tener que lamentar el escuchar su molesto pitido. Odiaba tener que estirar el brazo para apagarlo, que se le congelara la piel a medio camino y que ello conllevara no poder seguir durmiendo plácidamente. Eso sí, le encantaba oír a los coches pasar por la carretera, al cartero hacer su trabajo mientras silbaba la típica canción de los anuncios de televisión, al chico del periódico lanzar la gaceta a la puerta, produciendo un sonido sordo que se oía por toda la casa, al perro del vecino ladrar con el vuelo de los pájaros que paraban en el árbol de su jardín, y así podría concurrir toda una mañana de pequeños deleites a grandes placeres. Su almohada se transformaba en un lienzo cuando su cabello se posaba sobre ella, dibujaba hermosas formas sin ser consciente de ello. Siempre que soñaba acaba con una sonrisa en su rostro pues cumplía lo imposible, lo que en la vida real no es más que una fantasía. Ella era su propio cuento de hadas, era su heroína, su protagonista en una historia con final feliz. Pero, como en toda mañana, llegaba el momento de pisar, descalza, el frío suelo, de poner los pies en la tierra. Eso sí, antes de que el mundo de sus sueños se desmorone a causa de la realidad, abre los ojos y mira los rayos del sol atravesar su ventana. Después, dice: "Buenos días, mundo", acompañando sus palabras y su voz ronca con una enorme sonrisa que alumbra la habitación sin necesidad de subir la persiana.

domingo, 30 de octubre de 2011

No cuentes los días, haz que los días cuenten.

... "Nadie dijo que la vida fuera fácil, pero sí que merecía la pena vivirla." ...

Sonrió al destino con desdén y dejó los pétalos a un lado. La flor, destartalada, la lanzó al río. Vio cómo se la llevaba la corriente, cómo se hundía rozando las piedras del fondo, pero también como volvía a flotar. Y, sintió que el viento le regalaba fuerzas para saltar y sumergirse. Conocía perfectamente la profundidad del río, no era la primera vez que su cuerpo sentía la envoltura de las burbujas que creaba el agua al caer al vacío. No le daba miedo porque, si esa flor había conseguido volver a la superficie, él también lo conseguiría. Se levantó del suelo y, sin ningún temor, saltó. Los escasos segundos que se encontró en el aire fueron indescriptibles, ese repentino cambio de temperatura al entrar en contacto con el agua. Le encantaba. Dejó que la gravedad hiciera su trabajo y que lo llevara hasta lo más profundo, hasta donde ni los peces pudieran llegar. Cuando se quedó parado en medio de la nada, en medio de una tenue luz, abrió los ojos antes de volver a la superficie. Admiró el paraíso submarino y, por un momento, no quiso volver a respirar. Lástima que tuviera que hacerlo y dejar atrás aquella maravilla. Nadó, resurgió de entre la corriente, respiró, tomó aliento y disfrutó de la sensación. Le encantaba.


... "No cuentes los días, haz que los días cuenten." ...

Abrió los ojos después de haber estado meditando toda la tarde. Estaba tumbado en medio de algún lugar, todavía con el pelo húmedo, y el sonido del crujir de las hojas era ahogado por su respiración. Miraba al frente con sosiego, donde solo había cielo, nubes y, de vez en cuando, una bandada de pájaros que volaban con la misma elegancia que una hoja de papel. Le gustaba pensar que era él la única persona que se atrevía a comparar la belleza de las aves con una insignificante página en blanco. Pero, es que, él era capaz de leer lo que escondían los márgenes de un libro, de descubrir la cruz de un mapa, de preguntar algo al universo y ser contestado por su eco. Era creativo hasta decir basta. Podía pintar un cuadro con una pincelada, escribir una novela con tan solo dos palabras y captar la fragancia de una persona con una sencilla mirada. No le gustaba decir que la gente era especial, él decía que cada persona era única. Se empeñaba en creer que todos brillaban dejando atrás al sol, que la magia curaba enfermedades, que el amor era lo más grande que una persona podía tener. Sí. Era un vividor, un experto en ser el último en caer dormido mientras se cuentan estrellas.

Eterna paranoia.

Por primera vez, saboreó el miedo, la impotencia y el dolor. Sintió las palabras correr por su cabeza y que su boca se quedara muda mientras sus labios se sellaban con el silencio. Era sencillo. Solo debía de decir dos palabras, dos sencillas palabras que le librarían de todo ese peso que caía sobre él desde hacía años. Comenzó a hablar, decidido, valiente, enérgico, pero cuando la respuesta a todos sus problemas tocó la punta de su lengua, esta retrocedió y se escondió en lo más profundo de su alma. Un ardor invadió su pecho y su corazón huyó para dejar de sentir dolor. ¿Después? Una presión golpeó su estómago, unas garras cubrieron sus pulmones impidiéndole respirar y la culpabilidad, creada por su subconsciente, tapó su boca obligando al silencio a controlar su cuerpo. No podía creerlo. Musitaba palabras de desconcierto en esa mente ruidosa que tanto le había hecho sufrir. Decenas de pensamientos rondaban su cabeza. "¿Por qué no soy capaz de hablar?" "No puedo, no puedo decirlo". "¿Qué me ocurre?" "Venga, joder, tengo que ser valiente". Pero no consiguió nada, solo que un irreprimible grito de frustración saliera despedido de sus labios. Entonces, lloró. Lloró desamparado, sabiendo que había cometido el mayor error de su vida: querer decir la verdad.  Soltó todo su miedo y su dolor en forma de lágrimas, dibujó un hermoso testamento con cada una de sus saladas palabras. Lástima que nadie supiera ver más allá de su desoladora imagen. Tras urdir un manto de dolor sobre sí mismo, él volvió a preguntar. Él, que estaba sentado en el borde de la cama. Él, que jamás hubiese pensando que estaría en aquella situación. Él. Él era el problema.
—¿Te arrepientes?
—¿De qué? —habló, por fin, aunque todavía sin mirarle.
—De haberme matado.
Giró su cabeza hacia el cuerpo abandonado debajo de las cortinas. Una enorme mancha de sangre rodeaba su pecho. De repente, su rostro se volvió serio, las lágrimas que había derramado sobre la alfombra hirvieron, dejando olvidado todo aquello que antes había sentido. Levantó la mirada para ver su espíritu, su propia alma sentada en el borde de la cama. Pero, ¿sabéis que es lo peor? Que no sintió nada. ¿Sabéis cuáles eran esas dos palabras que necesitaba que su voz dijera? "Estoy muerto".
—¿Te arrepientes? —volvió a repetir.
—¿De qué? 
—De haberte matado.
No contestó, no le importaba lo más mínimo su sucia opinión. Siguió mirando su sangre empapar las cortinas, siguió sin sentir nada, ni un mínimo raciocinio de cordura rozó su cerebro. Siguió volviéndose loco, incluso después de muerto.


viernes, 21 de octubre de 2011

Mundo, escúchame.

Sus ojos se humedecieron, dejaron que su mirada llorara, que se sintiera perfecta aunque, sabía, que no lo era. Seguidamente, sus manos temblaron nerviosas al ser golpeadas por una lágrima. Los cristales de sus gafas se empañaron, impidiendo por unos instantes ver el brillo de sus pupilas. Su pelo, recogido, lo dejó caer en un movimiento casi instintivo, permitiendo que el viento lo colocara en la posición correcta. Las lágrimas siguieron cayendo, dejando una leve escarcha allí donde caían. El vaho acompañaba al silencio con cada bocanada, cubriendo el lugar de una repentina niebla que arrastraba la brisa hasta las montañas. Entonces, sonrió. Habló.
—Si le susurrara al mundo mis palabras conseguiría que millones de personas se sintieran como yo. Conseguiría una parte de sus corazones, un hueco en ese mundo particular  y único que poseen como paraíso. Captaría sus esencias y las guardaría en un frasco que llevaría siempre conmigo, así sabría lo que es sentirse querida por ser quien soy. Porque, podría ser feliz con tres sencillas palabras: "no cambies nunca".
Su voz la reconfortó, su propio pensamiento la alentó a mantener una sonrisa en su rostro. Las pecas de sus mejillas parecían brillar más que nunca. Sus labios adquirieron un tono morado debido al frío, pero el calor de  su alma los devolvió a su color original, un rojo manzana que resaltaba, incluso más, con el blanco de sus dientes. Siguió hablando, sin dejar que las lágrimas la detuvieran.


—No puedo evitar pensar en cómo sería estar tumbado a su lado en la cama una noche de verano. Levantar mi brazo y rodear su cuerpo, acercarlo a mí, que se diera la vuelta para mirarme y me sonriera con las luces apagadas. No sé por qué me duele tanto esperar. No sé por qué pienso que tengo alguna posibilidad de ser feliz con él. Pero me encanta leer esas señales que creo recibir. Leer entre líneas, ver más allá. Mirarle. Hacerle sonreír. Increíble. —cerró los ojos forzando a la última lágrima a caer de sus ojos, obligándola a recorrer su helado rostro.— Mundo, escúchame. Tú has hecho de mí ser quien soy, y, eso, jamás te lo perdonaré. Pero sé que después de la noche siempre aparece el sol, y solo por volver a sentir los rayos de luz calentar mi ser seguiré luchando como he hecho siempre.
Las estrellas ya habían desaparecido, aunque la luna seguía pegada en el cielo. El sol se dejó asomar entre las montañas. Ella, no dejó de sonreír.

martes, 11 de octubre de 2011

Navegar por tu boca y viajar en tus pupilas.


Tengo ganas de comerme el mundo, de ser feliz; tengo ganas de imaginarte, de cerrar los ojos y verte nada más que a ti; tengo ganas de sonreír de verdad, de no cubrir mi rostro con esa máscara desgastada de la que un día decidí depender; tengo ganas de saltar y desplegar mis alas, esas alas que corté un día sin querer; tengo ganas de decir lo que pienso y que todo salga bien, que los miedos que me invaden huyan con la luz de mi valentía; tengo ganas de decir "en este mismo momento, lo eres todo para mí"; tengo ganas de dejar de amarte en silencio, de desear que sea verdad lo que mi corazón cree captar de tus labios: "Algún día me conseguirás"; tengo ganas de imaginar que no hay nada imposible, que las quimeras se hacen realidad, de dormir y soñar que estoy cerca de ti; tengo ganas de abrazarte, de sentir tu corazón acariciar mi piel con cada pálpito, de saborear tus bocanadas, de ser parte de tu aire, de navegar por tu boca y de viajar en tus pupilas; tengo ganas de vivir una realidad a la que no estoy acostumbrado, de crear un mundo en el que la gente muere para vivir; tengo ganas de decirte "te quiero" y de que tú me contestes "yo más"; tengo ganas de tener una esperanza, de luchar por lo que quiero; tengo ganas de creer que la magia existe, que este mundo no es pura avaricia y odio; tengo ganas de gritar tu nombre y de que el eco hable por ti; tengo ganas de mirarte a los ojos y hacerte sonreír, de ser capaz de hacerte sentir especial; tengo ganas de hablar con el viento y escuchar la voz del mundo. Tengo, en definitiva, ganas de no despertarme jamás de esta maravilla, de este sueño con final feliz.

domingo, 2 de octubre de 2011

¿Qué ves cuando cierras los ojos?

Sus piernas colgaban por el acantilado. ¿Debajo? El mar. Dejaban que la hierba pinchara su cuerpo de manera delicada y que el rumor de las olas los llevara de la mano hacia el horizonte. Compartían de vez en cuando una pequeña sonrisa. A él le encantaba mirarla sin que se diera cuenta, verla sumida en un mundo que le encantaría conocer. Miró al vacío durante unos instantes y se dirigió a ella ayudado por el viento, quien conducía sus palabras hasta sus oídos.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Qué ves cuando cierras los ojos?
Compartió, con aquella frase, una inocente sonrisa. Quedó pensativa durante unos instantes y cerró los ojos. Él seguía mirándola de la misma forma que lo hacía siempre, recorría su cuerpo con respeto y cariño, imaginando dulces fantasías y cuentos de hadas imposibles de acabar.
—Oscuridad. —contestó, abriendo los ojos al instante.
—Vamos, mira un poco mas allá.
—Solo hay oscuridad.
—Busca, merecerá la pena.
Volvió a cerrarlos. Respiró hondo y se dejó llevar. Su melena la peinaba el viento y el sol maquillaba su rostro. Era perfecta.
—Sí. Veo algo.
—Descríbemelo.
—Haces de luz que se transforman en un hermoso arcoiris, me llevan hasta el jardín de mi casa. Los rosales lucen como nunca y los pájaros se posan en las ramas de los árboles para deleitarme con sus melodías. Ahora, veo a mi madre preparando galletas de chocolate. —rió.— Aquel primer vestido de flores que me compré. La primera vez que vine aquí y me senté en este mismo lugar, eso sí, sola, disfrutando de la vida como nunca antes lo había hecho.
Abrió los ojos y se mordió el labio. El sol la cegó por unos instantes, pero al mirarlo a él todo volvió a la normalidad.
—Y, ¿tú? ¿Qué ves cuando cierras los ojos?
—¿Yo? —suspiró y, nada más cerrarlos, la respuesta apareció en la punta de su lengua.— A ti. Cada vez que cierro los ojos, te veo a ti.


miércoles, 21 de septiembre de 2011

Sonríe.


El verano todavía se dejaba asomar por los rayos del sol, pues desgranaban los últimos días de la estación. El otoño no tardaría en aparecer entre las nubes o entre el susurro de las hojas al balancearse con la brisa del viento. Los árboles se dibujaban en la hierba mediante sombras, oscuras y alargadas, capaces de enriquecer un sentimiento de nostalgia con tan solo rozarlas con las yemas de tus dedos. Entonces una voz apareció de la nada, alentadora, tranquila y cariñosa.
—Vamos, sonríe. —dijo, siguiendo su propio consejo.
—Soy incapaz. Los músculos de mi cara no responden a mis órdenes. —contestó.
—Tu problema no se encuentra en los músculos de tu cara, se encuentra en otro lugar.
—Si me dijeras dónde, me ahorrarías mucho tiempo perdido.
—¿Es tiempo perdido conocerse a sí mismo?
Sus palabras dieron en el clavo.
—Pues —vaciló.—, sí. Yo ya me conozco suficientemente bien.
—Si de verdad fuera así, serias capaz de sonreír.
—¿Por qué?
—Porque habrías encontrado esa maravilla que, ya sea difícil o fácil de encontrar, llevas incrustada en tu interior.
—No creo que tenga nada de maravilloso.
—Todos lo tenemos. Nacemos como las estrellas, brillantes y despampanantes. Y, cuando llega nuestro final, nos apagamos y nos marchitamos, expulsando todo nuestro interior en un último estallido de belleza y fuerza. Todos tenemos nuestro sitio en el cielo, esa gran masa de luz u oscuridad que se extiende hasta donde nos alcanza la vista. Todos brillamos constantemente, pudiendo iluminar nuestro camino, por muy complicado que nos resulte. —al ver que no conseguía los resultados que quería, lo cogió de la mano y lo obligó a levantarse.— Sígueme.
—¿A dónde me llevas?
—Fuera de tu caparazón. A que reconozcas la luz que alberga tu interior.
Lo único que había hecho era arrastrarlo fuera de la sombra que se había cernido sobre ellos, así, le concedería una nueva oportunidad para disfrutar de los rayos del sol, los cuales acariciaban su piel cálidamente, encendiéndolo y convirtiéndolo en la centelleante estrella que era. 
—La vida es preciosa. Solo hay que saber donde buscar. En ese instante, el otoño hizo su gran aparición. Las hojas del árbol que los resguardaba del sol cambió repentinamente de color. Las hojas verdes se tiñeron de un color anaranjado, que se fue oscureciendo según el muchacho, incrédulo, posaba sus ojos en ellas.— ¿Ves?
Con aquel espectáculo el muchacho sonrió. Se sintió como jamás antes se había sentido. Completo, orgulloso y único. Se miró asombrado por las chispas que resurgían de su cuerpo, notando la felicidad inundarle.
—Hay que saber aprovechar ese brillo que la vida nos ha regalado. Vive. Disfruta. Sonríe. Deja que la magia sea quien mantenga tus pies en la tierra.
Y, los dos, permanecieron durante unos instantes más admirando el encanto y la dulzura de la naturaleza. Una de esas maravillas que, tan solo a ellos, les había concedido.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Mi agrio prólogo.

Siento, pero no quiero sentir; el dolor es mayor que todo aquello que me hace fuerte. Busco, pero no encuentro; pues esta niebla que me ciega, impidiéndome seguir adelante, la he creado para que sea indestructible. Camino, sin llegar a ningún sitio; estando siempre tan cerca y a la vez tan lejos de mi destino. Grito, sin mediar palabra. Lloro, sin derramar una sola lágrima. Abro los ojos y veo oscuridad; reconozco la luz a lo lejos, percibo su calor y tranquilidad, mas las sombras han decidido cuál es mi lugar. Sonrío, sin ser realmente feliz; me ahogo en mi llanto, seco y desvivido. Escucho, sin oír nada; me aíslo del mundo. Porque, al fin y al cabo, te amo sin amarte, te olvido recordándote y vivo estando muerto.
Ahora respiro sin alivio, cierro los ojos con temor, oigo a mi corazón durante unos instantes... y sigo luchando aun sabiendo que mi guerra está perdida.


sábado, 3 de septiembre de 2011

Monótona afición.

Siempre ocurre lo mismo. Diviso tu figura entre los huecos que la gente me permite, tu sonrisa alumbrar el lugar sin necesidad de la mortecina luz de las bombillas. Me acerco a ti con dificultad: esquivando a la multitud, evadiéndome de la música que retumba en mis tímpanos, impidiendo que la vista se me nuble al ver tus ojos. Y, cuando puedo recoger tu melena para poder asentar mis labios en tu cuello y tocar tu piel con la punta de mis dedos, me acobardo. Pienso en el rechazo, en tu gesto de desprecio e incomprensión. Mis rodillas comienzan a temblar, estando a punto de caer a tus pies para rogar clemencia, perdón, un sentimiento que no sea el cariño. Pero no me iré. Me gusta imaginar que todo puede salir bien, que no existen consecuencias ni arrepentimiento.


Entonces, en el instante en el que me aparto de manera inconsciente, tú te giras. Me sonríes inocentemente, ignorando lo que pasa por mi cabeza al ver tus labios curvarse gracias a la felicidad, al ver tus ojos mirar los míos, al recibir alguna palabra insignificante de tu boca como un aliento, un suspiro y, ojalá, un te quiero.
Porque siempre ocurre lo mismo. Acabamos bailando en medio de la pista sin saber qué decir, dejándonos llevar por el ritmo y el barullo de los que nos rodean. De nuevo, podría posar mis labios en tu cuello, pero no soy capaz. Aun así, hay contadas ocasiones en la vida en las que aunque sabemos que algo es un error, debemos hacerlo. Por ello besé tu cuello, recogí tu melena y te miré a los ojos. Lástima que esto último solo lo imaginara. Todavía espero ese inevitable error que me haga besar tus labios.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Llovía. Hacía frío.

Llovía. El suelo, empapado por las gotas que caían estrepitosamente contra las baldosas grises, congelaba la punta de los dedos de mis pies. Mis labios comenzaron a perder su color natural; mi esencia, mi magia, huía por los poros de mi piel. Mi alma, amoratada, pedía socorro sin ser escuchada. Gritaba sin decir palabra, rogaba sin querer nada. Miré a mi alrededor sin dejar que mis ojos se cruzaran con la mirada de algún transeúnte. Tenía miedo. Miedo de volver a estar solo, de no tener a nadie a quien acudir, de no volver a escuchar la voz de mi madre repitiendo una orden que yo me negaba a cumplir, de no volver a mi hogar. Seguía lloviendo. Hacía frío. Caí rendido de nuevo en el suelo, empapado por las gotas que caían estrepitosamente contra las baldosas grises. Posé mi mirada en las nubes negras y enfadadas que parecían tener intención de cernirse sobre mí. Grité lanzando mi puño, esperando a que un ángel cayera y me hiciera resucitar. Entonces, quemé la lluvia. Encendí el calor que se hallaba en su interior con el estallido de fuego que guardaba en mi corazón. Y cuando las gotas ya no congelaban mi piel, sino que la quemaban, me lancé a las llamas en un desesperado intento por que todo cuanto conocía quedara olvidado. Queriendo ser un mero recuerdo en la historia de la Tierra para resurgir de mis cenizas, renacer de entre los vivos. Para luchar por quien quiero ser y no por quien quieren que sea. Porque, si los héroes cambian el mundo, yo cambiaré el mundo que me rodea para ser mi héroe.

viernes, 26 de agosto de 2011

Soy idiota.

Si en estos momentos escribiera lo que siento, ninguno sabría que esa diminuta persona que intenta expresarse soy yo. Aparento ser alguien alegre, ajeno a todo lo negativo que pervive en el mundo; alguien con un instinto filosófico como marca de nacimiento; alguien que aspira ser alguien en esta vida cruel y dura, que golpea mi estómago cada vez que intento sobrellevar la realidad. Nadie pensaría, jamás, que hubiese deseado en algún instante de mi existencia ser otra persona, en sobrepasar los límites de la física y evaporarme para llegar a las nubes y resquebrajarme con el arrepentimiento. Nadie hubiese imaginado que yo sería capaz de aguantar toda esta presión con la que convivo desde hace tiempo, con la que he aprendido a llevarme bien, aunque, en verdad, sea la falsedad la única unión de nuestra amistad. Pero, ¿cómo iban a poder, siquiera, imaginarlo? Es imposible. Nadie me conoce realmente. Nadie conoce mi interior, al que considero degradante para mi persona por culpa de prejuicios, miedos y pasados llantos. Nadie. Y, posiblemente, no quiera que nunca lo conozcan. Prefiero sufrir y amar en silencio —es mucho más placentero que ir con la verdad por delante—. O, al menos, eso he aprendido en estos años de mantener mi boca cerrada, sin que ningún grito de socorro pueda salir a la superficie, sin que nadie reciba lo mejor de mí, sin que nadie pueda saborear mis defectos, sin que ningún resquicio de mi alma se refleje en mi mirada, sin que ni yo mismo me reconozca cada mañana a mirarme al espejo con el pelo enmarañado. De hecho, lo único que puedo sacar en claro de estas necias palabras, tras leerlas y volverlas a leer en un desesperado intento por encontrar mi lugar, es que soy idiota. El mayor idiota de todos los tiempos.

martes, 16 de agosto de 2011

Porque te quiero. Y punto.



—¿En qué piensas?
—En nosotros.
—Pues, no creo que tengas mucho en qué pensar. Entre nosotros no hay nada.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué piensas en eso?
—Porque soy imbécil.
—¿Tanto como para estar enamorado de mí?
—Tanto como para robar la estrella polar y guardar su brillo en una caja, que te regalaría para iluminar tu vida. Tanto como para encontrar la lámpara de un genio y gastar mis tres deseos en ti. Tanto como para secuestrar tu sonrisa, así podría ser feliz el resto de mi vida.
—¿Y si te dijera que ahora soy yo la que te amo?
—Pues que sería tan imbécil como para estropearlo.
—¿Y si te dijera que yo estaré a tu lado para que no ocurra?
—Si eso fuera verdad te regalaría el cielo, la tierra y el mar. Así, siempre tendrías un pedazo de mi mundo cerca de ti.
—Pero, tú eres mi mundo.
—Sabes que eso no es verdad.
—Sí, lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo dices?
—Porque soy tan imbécil de estar enamorada de ti, y tan cobarde de no ser capaz de habértelo dicho desde un principio.
—Vaya, pues ya somos dos. Pero, sabes que te quiero.
—Sí. En el fondo sabes que yo también te quiero.
—Sí, lo sé.
<3

jueves, 11 de agosto de 2011

Miedo a fallar.

He escuchado numerosas veces la frase: "quien no arriesga no gana". De hecho, la úlima vez fue ayer, en una mañana aburrida, totalmente despejada de impertinentes cavilaciones que me impiden pensar con claridad. Se trataba de una de esas conversaciones improvisadas que aparecen como por arte de magia, de esas en las que te das cuenta quién eres realmente.

"—He aprendido que si no se arriesga, no se gana. —me dijo ella.
—Sí, tienes razón. Pero a veces el miedo a fallar es mayor que todo lo demás. —contesté, decidido."

Con esa frase resumí, dolorosamente, por qué no era capaz de ser valiente. Exacto. El miedo a fallar. El miedo a no ser capaz de alcanzar tus objetivos, de agarrar tus sueños. Porque, esa sensación de impotencia, ese pensamiento pesimista que hunde tu confianza hasta el mismísimo subsuelo, sin dejar que mantengas tu cabeza alta y distinguida de las demás; duele. Duele. Se resiste. Se esconde el dolor. Aprendes a no dejarlo salir, que no se proyecte en tu mirada. Aprendes a ser infeliz en secreto.

 "—También, hay un pensamiento que está muy extendido actualmente.
—¿Cuál? —preguntó.
—El de ser feliz porque los demás quieren que lo seas y no porque tú quieres serlo. De hecho, es lo que me pasa a mí.
—Yo no tengo ese pensamiento.
—Pues, me alegro por ti."

Sí. Me alegro de que ella no sufra lo que es ser feliz siguiendo las normas y principios de los que te rodean. Sencillamente, quieres que los demás sean felices con tu falsa alegría. Porque, de nuevo, el miedo a fallar, a no hacerlo bien, juega un papel muy importante en esta forma de pensar y actuar. Tienes que tragarte tus pensamientos y palabras para que, los que te rodean, no tengan una mala imagen de ti, para que te acepten y crean que eres perfecto. Pero, como es de esperar, no lo soy. No soy perfecto. Ni yo, ni nadie. Pero nuestra sociedad quiere hacerte creer que es posible, cuando no lo es.
Y, vuelve la resignación. Vuelve el dolor. Vuelve el aprender a controlarlo y a esconderlo. Vuelve la sensacón de virir una vida que no me pertenece, ya que es como si fuera la de una persona totalmente distinta a quien, verdaderamente, soy. 

 

domingo, 31 de julio de 2011

Yo voy a enseñarte a soñar despierto.

Sigo sin créermelo. dijo mientras fruncía el ceño.
Pues, créetelo. Es la verdad. Aunque...
¿En serio, nunca has deseado poder volar? interrumpió.
Al acabar de hablar lo miró e, inconscientemente, se mordió el labio.
No. Estoy bien con los pies en la tierra. bajó la mirada un tanto avergonzado, mientras sus ojos pedían a horrores mirar los de ella.
Pero, ¿no te das cuenta de todo lo que te perderías? Esa sensación de libertad que te invade al sobrevolar las calles. Ver a todas esas diminutas personas ignorantes que no creen en la magia. Ese contacto con la madre naturaleza cuando te acompañan los pájaros. hubo un breve silencio en la conversación. Lo miró enamorada, como nunca antes lo había estado, y esperó a que él posara su tierna mirada sobre la suya. ¿De verdad que nunca habías deseado poder volar?
La verdad es que no. apreció una leve decepción. Aun así, ¿cómo sabes tú que experimentarías todo lo que acabas de decirme?
Porque yo lo he conseguido. He volado. y una sonrisa se dibujó en su rostro.
¿Cómo? preguntó con tono desinteresado.
En sueños. Ahora no me dirás que nunca has tenido un sueño, ¿verdad? rió.
Sí que he tenido sueños, pero nunca de ese tipo. Nunca he volado.
Con aquellas últimas palabras, la chica supo, enseguida, que realmente deseaba volar.
Cierra los ojos. llevó sus dedos hacia sus párpados, mientras los cerraba con dulzura. Agarra mi mano. La extendió delicadamente y no pudo evitar volver a morderse el labio. Respira hondo y empieza a soñar.
No se puede soñar despierto. dijo, manteniendo los ojos cerrados.
Tienes mucho que aprender. ella también los cerró. Ahora, te demostraré lo que se puede llegar a hacer con un pensamiento, con un deseo o con un simple sueño. ¿De verdad que nunca antes has deseado volar?
Impidió que contestara elevándolo del suelo, dejando que notara el viento tocando su cuerpo mientras ascendían lentamente
Recuerda no abrir los ojos. Te equivocabas al decir que no se puede soñar estando despierto.
Y, agarrados de la mano, salieron despedidos por el cielo. A ras de las nubes.

sábado, 30 de julio de 2011

Términos de amor.


Busco un término que te defina por completo. Pienso en "perfección" pero la vida me ha demostrado que no existe. Reúno palabras que, en realidad, solo caracterizan una parte de ti. Y, desafortunadamente, no pueden juntarse en una sola palabra. Es una terrible enfermedad que afecta a todos mis órganos, que detiene el tiempo, que puede llegar a matar. Ese sentimiento de nostalgia cuando la ves caminar sin mirar atrás. La sensación de felicidad al verla sonreír. Oír al viento susurrar su nombre. Creer ver su rostro tras cada esquina. Es, probablemente, una de las mejores experiencias que el ser humano puede vivir en sus propias carnes. Porque el ver su pelo enredado en mis manos, rozar su rostro con la punta de mis dedos y verla ruborizarse, oír su voz en tu oído, besarla mientras nos despide el atardecer; es, sencillamente, lo que hace que la vida merezca la pena. Pues la adoro, la quiero, la amo.
Y, al fin, puedo expresar todo ello en dos palabras: "estar enamorado". Sí. Estoy enamorado. De ella.

Aprendiendo de la vida.

Reflexiono, y un mar de sentimientos inunda mi alma. Me corta la respiración. Me para el corazón. Pienso en los escasos años de mi existencia y soy incapaz de recordar los buenos momentos. La negatividad ha podido conmigo y los errores del pasado vencieron las fronteras colocadas por mi ángel de la guarda. Sí. Esta vez, he permitido que me vencieran. No estoy orgulloso de ello, pero ya no hay vuelta atrás.
En este momento, mi conciencia me habla; otra vez. Intenta musitarme lo que de verdad debería saber. Lo que es verdaderamente importante. Ahora, me pongo en su lugar. Y, con miedo, hablo para mi interior, para que toda mi esencia escuche este desesperado intento por aprender de la vida.


"Me enseñaría a aceptar la realidad tal y como es, sin esconderme en mi imaginación como siempre he solido hacer. A no guiarme por palabras mal intencionadas o frases destructivas. A aceptarme con mis defectos e inseguridades, que aumentan con el paso de los días. A afrontar mis miedos. A ser valiente. A aprovechar  cada mísero instante. A demostrar a mis seres queridos lo que significan para mí, sin temer por la vergüenza, sin luego sentirme incompleto. A caer para después levantarme. A no dejarme pisar por los demás; ser fuerte. A no ser controlado por la ira o el odio. A pensar lo impensable. A cumplir lo imposible. A tocar las nubes con la punta de mis dedos y sentirme en la cima del mundo. A alcanzar mis sueños, luchar por lo que quiero, ansiar lo inesperado. A amar y a saber sentirme amado. A caminar con la mirada alta, puesta en el cielo. A sonreír ante las dificultades. A quererme. A vivir la vida. A ser feliz."

viernes, 17 de junio de 2011

Mandando el amor a un desconocido.

A ti, querido desconocido:

Lamento decirte que no nos conocemos, mas sería un placer hacer acto de presencia para poder ver tu gesto confuso mientras lees esta carta. Necesito expresarme, saborear las palabras que fluyen en mi mente, imaginar que alguien, en este caso tú, está maravillado por haber recibido un mensaje de un don nadie. Pero no he venido a contarte mi vida. Bueno, en realidad, es así en parte. Debo explicarte un concepto que en estos momentos, para mí, está reconcomiendo mi alma a pequeños mordiscos. De lo que vengo intentando hablarte es de un sentimiento tan efímero, tan abstracto, que no puedo definirlo en una frase. Se llama amor, por lo que he oído. Y, al parecer, es un sentimiento que todo el mundo puede experimentar. Yo, desafortunadamente, lo he hecho. He vivido en mis propias carnes el amor, y no es tan placentero como las personas dicen que es. No. Es doloroso y letalmente oscuro. Saca a la luz las peores facetas del ser humano. Celos. Violencia. Locura. Posiblemente yo me encuentre en éste tercer nivel, aunque por suerte me desvié de mi camino, sin cruzar la travesía de la violencia. Estoy tan sumamente perturbado. Pero no por una tontería. No. Es por ella. Por su mirada, por sus hermosos ojos verdes, por su melena ondeándose con la suave brisa que Céfiro nos concede, su risa, su adorable risa. Odio el amor. Pero a la vez lo adoro. Llegué a pensar, en un duro momento de mi existencia, que este extraño sentimiento no existía, que solo la pasión controlaba nuestras mentes, provocando sucios pensamientos, sucias acciones.
A ti, querido desconocido, quiero decirte que detesto el amor. Pero, ójala y lo experimentara cada uno de mis días. Al lado de ella.


Te deseo lo mejor. Y también te deseo una última cosa: todo el amor del mundo.
 
 

jueves, 9 de junio de 2011

Abrupto

Su mirada estaba clavada en el asfalto, mostrando terror, rabia y arrepentimiento. Su corazón latía con fuerza. Dolía. Se sentía miserable. Miserable por no cumplir sus expectativas. Imbécil por ser como era. Porque, él solo quería ser feliz. Ser perfecto, por mucho que le dijeran que era imposible. Pero los últimos acontecimientos habían cambiado su vida de manera radical. Era impensable, irreal, catastrófico. Su mente estaba cegada por la negatividad, amarrándose al pasado. Llegó a dudar de su cordura, de su horrible impulsividad. Mas, en el fondo, sabía que lo que había hecho estaba bien. Sí. Había salvado la vida de una persona, a cambio de la de otra. Pero él lo quería con toda su alma, permitiéndole sus delirios y sus actos escabrosos. ¡Oh, sí! Se odiaba.
—¿Por qué ha tenido que ocurrirme todo esto a mí? —se decía, llorando, con la cabeza entre las piernas.
Miró hacia atrás, y lo único que vio fue la puerta de su casa abierta de par en par. Se preguntaba qué estaría haciendo su madre. Quizás estaría llorándole al cuerpo. Sí, quizás. Pero sería toda una falta de respeto hacia su acto que, por mucho que odiara, había sido lo correcto. Entonces, decidió entrar. Con valentía. Cruzó el umbral del recibidor y se dirigió al salón donde, en efecto, su madre besaba el cadáver que minutos antes había matado. La pistola estaba tirada en el suelo, apuntándole, susurrándole. Dejó todos esos pensamientos atrás y se lanzó sobre su madre, para abrazarla, consolarla, besarla.
—No te preocupes, mamá. Todo cambiará, estamos a salvo. Ya no nos hará más daño. Nunca más.
¡Oh, sí! La quería tanto. Al igual que a su padre. Lástima que estuviera en aquella situación. Lástima, que el cuerpo abandonado en medio del salón, fuese de él.

lunes, 6 de junio de 2011

sábado, 4 de junio de 2011

Apocalíptico

[Este relato ha sido presentado en un concurso, próximamente volverá a ser publicado]

lunes, 9 de mayo de 2011

Dulces lamentos.


[Este texto forma parte de un relato presentado en un concurso, próximamente volverá a ser publicado]

martes, 3 de mayo de 2011

En la cima del mundo.


Oliver no podía pensar con claridad, sin embargo, se percató de su egoísmo al preocuparse solamente de su persona, se regañó desde el interior y se dirigió hacia Emily, quien ya lo estaba mirando; en sus ojos estaban apareciendo cúmulos de lágrimas y la gravedad de la situación le provocó abalanzarse sobre él y abrazarle. Cuando ya estaba rodeada entre sus brazos comenzó a llorar y a susurrarle al oído.
-     Gracias por sacarme de allí. Gracias. -repitió.
-     No hace falta que me las des. Era lo que tenía que hacer. –sin saberlo estaba intentando tranquilizarla meciéndola mediante leves movimientos de derecha a izquierda.- ¿Estás bien? –se dio cuenta de que aquella pregunta resultó ridícula. ¡Claro que no estaba bien!
-      Mejor. -dijo solamente.
-      Me alegro.
El abrazo duró lo que tenía que durar, los dos se separaron al mismo tiempo de manera instintiva. Mientras la abrazaba, Oliver tenía la mirada clavada en el camino que habían seguido, esperando a que alguien llegara y acabara con su miedo.
-     Pero, lo que ha pasado...
-     Vamos a dejarlo, por favor. Va a ser lo mejor. –se acercó entonces a ella, igual que lo había hecho en la playa.- Dejemos por unos instantes esto olvidado, ¿de acuerdo?. Dejemos al tiempo pararse y al viento estremecerse.
Y volvió a besarla de manera dulce y atrevida.
-     Me encanta.
-     ¿El qué? –dijo, Oliver, entre una sonrisa.
-     Esto. –volvió a besarlo.- Tú
Se miraron de nuevo, y se abrazaron de la misma manera que lo habían hecho la última vez. Emily se sentía segura a su lado y, Oliver, se sentía feliz.