jueves, 24 de febrero de 2011

Los rayos del sol que caracterizaban tu sonrisa.

Has perdido esa aura que hace poco te rodeaba, y ese brillo característico en tu mirada que resaltaba cada vez que mis ojos se posaban dulcemente en los tuyos. Tú diste color a mi vida, y tú misma se lo has arrebatado. De la misma manera te consideraba el sol que iluminaba mis días, y la luna que calmaba mis noches. Como la estrella que adornaba mi cielo y los rayos del sol que caracterizaban tu sonrisa. Recuerdo haber tenido tu nombre tatuado en mi corazón, me acuerdo también de pensar en ti y sonreír tontamente; lástima que toda esa magia que te caracterizaba haya desaparecido. Ese mundo al que me llevaste, lleno de prados, flores y felicidad se ha convertido en un olvido. Aun así, me gusta revivirlo, cerrar los ojos e intentar sentirlo de nuevo. No es lo mismo, lo sé, pero es lo único que me sigue uniendo a ti y lo único que dará comienzo a nuestro epílogo. Pero, cuando vuelvo a abrir las puertas de ese mundo, aún consigo verte a ti esperando mi regreso, aun a sabiendas de que no volveré. Deberías saber que todavía guardo en mí los buenos momentos, y que todavía soy el niño al que tanto decías querer.

lunes, 21 de febrero de 2011

Ya no habrá nada que me ciegue.


Es tarde y no tengo a nadie con quien hablar. Solo estamos mi conciencia y yo, cada uno a un extremo de la habitación. Me pierdo en los pensamientos que intenta que reciba, imágenes y alusiones de las que lleva semanas avisándome de que están ahí, pero sabe que me ciega la mentira. No puedo pensar sin que me escuche, soy un libro abierto con las páginas en blanco, y es que, está intentando escribir mi historia, pero sabe que haré todo lo que esté en mi mano para que no sea así.

Hasta ahora, jamás había creído que cortaba mis alas. Pensaba en mi libertad como algo natural, que poseía por el simple hecho de ser persona. Pero, en este mundo, hay que ganársela. Luchar por conseguirla, por saborearla y no ser juzgado por ella. Mi subconsciente me avisó. Me advirtió de mi estupidez, de mi aislamiento en mí mismo para evitar el dolor. Y, eso no es libertad. Es sufrir la vida. Porque, ¿esta, no está para disfrutarla? Vida no hay más que una, pero libertades hay muchas. Yo, en estos momentos, no poseo ninguna. Mi sociedad no permite que sea libre, solo envía prejuicios, insultos, susurros malintencionados. Dependo de una moda, de una frase, de una imagen a seguir que, en realidad, es inalcanzable. Sí. Es imposible la libertad en estos días, donde reina la envidia, la avaricia y el sentimiento de superioridad.

Y, es que, ahora me doy cuenta. Soy un maldito ingenuo. Soy yo mismo el que está mirándome desde la puerta, pero a la vez es totalmente diferente de como creo que en realidad soy. Hasta hace poco, consideraba esta situación normal. Pero hasta hace unos segundos yo no tenía ni portada, ni título, ni número de páginas definido. Por lo que veo, me llamo "Idiota"; y la primera frase acaba de ser escrita: "Ya no habrá nada que me ciegue". Pero, un momento, la frase continúa: "Para dejar de ser libre".

viernes, 18 de febrero de 2011

Fuego.

El mar arde lentamente, y se oscurece con cada chispa que toca su delicada superficie mientras la atraviesan, yendo a un lugar del que nunca sabré cómo llegar. La arena se ha convertido en ceniza, y cuando me doy cuenta mis pies arden al compás del mar, pero no hay dolor. Se acercan tenebrosas olas de fuego a la orilla, rozando mis pies, quemando mis pantalones y llegando hasta mi torso, que pronto se queda desnudo; pero no hay dolor. Miro a otro lado, esperando ver algo diferente, mas lo único que encuentro es devastación y más cenizas. No hay ningún otro ser que pueda ayudarme, no hay nada a lo que pueda agarrarme, no hay vida. '¿Para qué seguir?' me digo a mí mismo mientras veo el mar ennegrecido y rebosante de llamas. Decido pues, acercarme a la orilla y dejar abrasarme con la suave brisa de fuego. Cierro los ojos y me dejo caer sintiendo al fuego abrazarme, llevarme a otra dimensión con la que siempre he soñado y en la que siempre he querido estar. Y me hundo, me sumerjo en llamas, en cenizas y en la oscuridad, mas no hay dolor.


Es entonces, cuando dejo que mis pupilas admiren el desastre, la destrucción y el miedo a perderme en el olvido. Jamás sabré cómo salir de dónde me encuentro, soy el único ente sumido en llamas en esta siniestra lobreguez. De repente, mi corazón vuelve a latir, avisándome de que todo lo ocurrido no ha sido más que una egoísta visión de mi subconsciente, quien intenta decirme lo que de verdad me ocurre. Es ahora, cuando de verdad siento el dolor. El dolor de no aceptar con valentía el mundo real.