lunes, 21 de febrero de 2011

Ya no habrá nada que me ciegue.


Es tarde y no tengo a nadie con quien hablar. Solo estamos mi conciencia y yo, cada uno a un extremo de la habitación. Me pierdo en los pensamientos que intenta que reciba, imágenes y alusiones de las que lleva semanas avisándome de que están ahí, pero sabe que me ciega la mentira. No puedo pensar sin que me escuche, soy un libro abierto con las páginas en blanco, y es que, está intentando escribir mi historia, pero sabe que haré todo lo que esté en mi mano para que no sea así.

Hasta ahora, jamás había creído que cortaba mis alas. Pensaba en mi libertad como algo natural, que poseía por el simple hecho de ser persona. Pero, en este mundo, hay que ganársela. Luchar por conseguirla, por saborearla y no ser juzgado por ella. Mi subconsciente me avisó. Me advirtió de mi estupidez, de mi aislamiento en mí mismo para evitar el dolor. Y, eso no es libertad. Es sufrir la vida. Porque, ¿esta, no está para disfrutarla? Vida no hay más que una, pero libertades hay muchas. Yo, en estos momentos, no poseo ninguna. Mi sociedad no permite que sea libre, solo envía prejuicios, insultos, susurros malintencionados. Dependo de una moda, de una frase, de una imagen a seguir que, en realidad, es inalcanzable. Sí. Es imposible la libertad en estos días, donde reina la envidia, la avaricia y el sentimiento de superioridad.

Y, es que, ahora me doy cuenta. Soy un maldito ingenuo. Soy yo mismo el que está mirándome desde la puerta, pero a la vez es totalmente diferente de como creo que en realidad soy. Hasta hace poco, consideraba esta situación normal. Pero hasta hace unos segundos yo no tenía ni portada, ni título, ni número de páginas definido. Por lo que veo, me llamo "Idiota"; y la primera frase acaba de ser escrita: "Ya no habrá nada que me ciegue". Pero, un momento, la frase continúa: "Para dejar de ser libre".

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