viernes, 18 de febrero de 2011

Fuego.

El mar arde lentamente, y se oscurece con cada chispa que toca su delicada superficie mientras la atraviesan, yendo a un lugar del que nunca sabré cómo llegar. La arena se ha convertido en ceniza, y cuando me doy cuenta mis pies arden al compás del mar, pero no hay dolor. Se acercan tenebrosas olas de fuego a la orilla, rozando mis pies, quemando mis pantalones y llegando hasta mi torso, que pronto se queda desnudo; pero no hay dolor. Miro a otro lado, esperando ver algo diferente, mas lo único que encuentro es devastación y más cenizas. No hay ningún otro ser que pueda ayudarme, no hay nada a lo que pueda agarrarme, no hay vida. '¿Para qué seguir?' me digo a mí mismo mientras veo el mar ennegrecido y rebosante de llamas. Decido pues, acercarme a la orilla y dejar abrasarme con la suave brisa de fuego. Cierro los ojos y me dejo caer sintiendo al fuego abrazarme, llevarme a otra dimensión con la que siempre he soñado y en la que siempre he querido estar. Y me hundo, me sumerjo en llamas, en cenizas y en la oscuridad, mas no hay dolor.


Es entonces, cuando dejo que mis pupilas admiren el desastre, la destrucción y el miedo a perderme en el olvido. Jamás sabré cómo salir de dónde me encuentro, soy el único ente sumido en llamas en esta siniestra lobreguez. De repente, mi corazón vuelve a latir, avisándome de que todo lo ocurrido no ha sido más que una egoísta visión de mi subconsciente, quien intenta decirme lo que de verdad me ocurre. Es ahora, cuando de verdad siento el dolor. El dolor de no aceptar con valentía el mundo real.

1 comentario:

  1. No sabía que había una forma de dejar escrito que me gustan muchísimo tus entradas...pensé que me tendría que hacer una cuenta y todo.
    Sólo soy una desconocida más, como bien has dicho en una entrada que también he leído, pero, no sé, quería que supieras que...es realmente espectacular lo que escribes.

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