jueves, 9 de junio de 2011

Abrupto

Su mirada estaba clavada en el asfalto, mostrando terror, rabia y arrepentimiento. Su corazón latía con fuerza. Dolía. Se sentía miserable. Miserable por no cumplir sus expectativas. Imbécil por ser como era. Porque, él solo quería ser feliz. Ser perfecto, por mucho que le dijeran que era imposible. Pero los últimos acontecimientos habían cambiado su vida de manera radical. Era impensable, irreal, catastrófico. Su mente estaba cegada por la negatividad, amarrándose al pasado. Llegó a dudar de su cordura, de su horrible impulsividad. Mas, en el fondo, sabía que lo que había hecho estaba bien. Sí. Había salvado la vida de una persona, a cambio de la de otra. Pero él lo quería con toda su alma, permitiéndole sus delirios y sus actos escabrosos. ¡Oh, sí! Se odiaba.
—¿Por qué ha tenido que ocurrirme todo esto a mí? —se decía, llorando, con la cabeza entre las piernas.
Miró hacia atrás, y lo único que vio fue la puerta de su casa abierta de par en par. Se preguntaba qué estaría haciendo su madre. Quizás estaría llorándole al cuerpo. Sí, quizás. Pero sería toda una falta de respeto hacia su acto que, por mucho que odiara, había sido lo correcto. Entonces, decidió entrar. Con valentía. Cruzó el umbral del recibidor y se dirigió al salón donde, en efecto, su madre besaba el cadáver que minutos antes había matado. La pistola estaba tirada en el suelo, apuntándole, susurrándole. Dejó todos esos pensamientos atrás y se lanzó sobre su madre, para abrazarla, consolarla, besarla.
—No te preocupes, mamá. Todo cambiará, estamos a salvo. Ya no nos hará más daño. Nunca más.
¡Oh, sí! La quería tanto. Al igual que a su padre. Lástima que estuviera en aquella situación. Lástima, que el cuerpo abandonado en medio del salón, fuese de él.

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