miércoles, 31 de agosto de 2011

Llovía. Hacía frío.

Llovía. El suelo, empapado por las gotas que caían estrepitosamente contra las baldosas grises, congelaba la punta de los dedos de mis pies. Mis labios comenzaron a perder su color natural; mi esencia, mi magia, huía por los poros de mi piel. Mi alma, amoratada, pedía socorro sin ser escuchada. Gritaba sin decir palabra, rogaba sin querer nada. Miré a mi alrededor sin dejar que mis ojos se cruzaran con la mirada de algún transeúnte. Tenía miedo. Miedo de volver a estar solo, de no tener a nadie a quien acudir, de no volver a escuchar la voz de mi madre repitiendo una orden que yo me negaba a cumplir, de no volver a mi hogar. Seguía lloviendo. Hacía frío. Caí rendido de nuevo en el suelo, empapado por las gotas que caían estrepitosamente contra las baldosas grises. Posé mi mirada en las nubes negras y enfadadas que parecían tener intención de cernirse sobre mí. Grité lanzando mi puño, esperando a que un ángel cayera y me hiciera resucitar. Entonces, quemé la lluvia. Encendí el calor que se hallaba en su interior con el estallido de fuego que guardaba en mi corazón. Y cuando las gotas ya no congelaban mi piel, sino que la quemaban, me lancé a las llamas en un desesperado intento por que todo cuanto conocía quedara olvidado. Queriendo ser un mero recuerdo en la historia de la Tierra para resurgir de mis cenizas, renacer de entre los vivos. Para luchar por quien quiero ser y no por quien quieren que sea. Porque, si los héroes cambian el mundo, yo cambiaré el mundo que me rodea para ser mi héroe.

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