jueves, 11 de agosto de 2011

Miedo a fallar.

He escuchado numerosas veces la frase: "quien no arriesga no gana". De hecho, la úlima vez fue ayer, en una mañana aburrida, totalmente despejada de impertinentes cavilaciones que me impiden pensar con claridad. Se trataba de una de esas conversaciones improvisadas que aparecen como por arte de magia, de esas en las que te das cuenta quién eres realmente.

"—He aprendido que si no se arriesga, no se gana. —me dijo ella.
—Sí, tienes razón. Pero a veces el miedo a fallar es mayor que todo lo demás. —contesté, decidido."

Con esa frase resumí, dolorosamente, por qué no era capaz de ser valiente. Exacto. El miedo a fallar. El miedo a no ser capaz de alcanzar tus objetivos, de agarrar tus sueños. Porque, esa sensación de impotencia, ese pensamiento pesimista que hunde tu confianza hasta el mismísimo subsuelo, sin dejar que mantengas tu cabeza alta y distinguida de las demás; duele. Duele. Se resiste. Se esconde el dolor. Aprendes a no dejarlo salir, que no se proyecte en tu mirada. Aprendes a ser infeliz en secreto.

 "—También, hay un pensamiento que está muy extendido actualmente.
—¿Cuál? —preguntó.
—El de ser feliz porque los demás quieren que lo seas y no porque tú quieres serlo. De hecho, es lo que me pasa a mí.
—Yo no tengo ese pensamiento.
—Pues, me alegro por ti."

Sí. Me alegro de que ella no sufra lo que es ser feliz siguiendo las normas y principios de los que te rodean. Sencillamente, quieres que los demás sean felices con tu falsa alegría. Porque, de nuevo, el miedo a fallar, a no hacerlo bien, juega un papel muy importante en esta forma de pensar y actuar. Tienes que tragarte tus pensamientos y palabras para que, los que te rodean, no tengan una mala imagen de ti, para que te acepten y crean que eres perfecto. Pero, como es de esperar, no lo soy. No soy perfecto. Ni yo, ni nadie. Pero nuestra sociedad quiere hacerte creer que es posible, cuando no lo es.
Y, vuelve la resignación. Vuelve el dolor. Vuelve el aprender a controlarlo y a esconderlo. Vuelve la sensacón de virir una vida que no me pertenece, ya que es como si fuera la de una persona totalmente distinta a quien, verdaderamente, soy. 

 

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