sábado, 3 de septiembre de 2011

Monótona afición.

Siempre ocurre lo mismo. Diviso tu figura entre los huecos que la gente me permite, tu sonrisa alumbrar el lugar sin necesidad de la mortecina luz de las bombillas. Me acerco a ti con dificultad: esquivando a la multitud, evadiéndome de la música que retumba en mis tímpanos, impidiendo que la vista se me nuble al ver tus ojos. Y, cuando puedo recoger tu melena para poder asentar mis labios en tu cuello y tocar tu piel con la punta de mis dedos, me acobardo. Pienso en el rechazo, en tu gesto de desprecio e incomprensión. Mis rodillas comienzan a temblar, estando a punto de caer a tus pies para rogar clemencia, perdón, un sentimiento que no sea el cariño. Pero no me iré. Me gusta imaginar que todo puede salir bien, que no existen consecuencias ni arrepentimiento.


Entonces, en el instante en el que me aparto de manera inconsciente, tú te giras. Me sonríes inocentemente, ignorando lo que pasa por mi cabeza al ver tus labios curvarse gracias a la felicidad, al ver tus ojos mirar los míos, al recibir alguna palabra insignificante de tu boca como un aliento, un suspiro y, ojalá, un te quiero.
Porque siempre ocurre lo mismo. Acabamos bailando en medio de la pista sin saber qué decir, dejándonos llevar por el ritmo y el barullo de los que nos rodean. De nuevo, podría posar mis labios en tu cuello, pero no soy capaz. Aun así, hay contadas ocasiones en la vida en las que aunque sabemos que algo es un error, debemos hacerlo. Por ello besé tu cuello, recogí tu melena y te miré a los ojos. Lástima que esto último solo lo imaginara. Todavía espero ese inevitable error que me haga besar tus labios.

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