domingo, 30 de octubre de 2011

Eterna paranoia.

Por primera vez, saboreó el miedo, la impotencia y el dolor. Sintió las palabras correr por su cabeza y que su boca se quedara muda mientras sus labios se sellaban con el silencio. Era sencillo. Solo debía de decir dos palabras, dos sencillas palabras que le librarían de todo ese peso que caía sobre él desde hacía años. Comenzó a hablar, decidido, valiente, enérgico, pero cuando la respuesta a todos sus problemas tocó la punta de su lengua, esta retrocedió y se escondió en lo más profundo de su alma. Un ardor invadió su pecho y su corazón huyó para dejar de sentir dolor. ¿Después? Una presión golpeó su estómago, unas garras cubrieron sus pulmones impidiéndole respirar y la culpabilidad, creada por su subconsciente, tapó su boca obligando al silencio a controlar su cuerpo. No podía creerlo. Musitaba palabras de desconcierto en esa mente ruidosa que tanto le había hecho sufrir. Decenas de pensamientos rondaban su cabeza. "¿Por qué no soy capaz de hablar?" "No puedo, no puedo decirlo". "¿Qué me ocurre?" "Venga, joder, tengo que ser valiente". Pero no consiguió nada, solo que un irreprimible grito de frustración saliera despedido de sus labios. Entonces, lloró. Lloró desamparado, sabiendo que había cometido el mayor error de su vida: querer decir la verdad.  Soltó todo su miedo y su dolor en forma de lágrimas, dibujó un hermoso testamento con cada una de sus saladas palabras. Lástima que nadie supiera ver más allá de su desoladora imagen. Tras urdir un manto de dolor sobre sí mismo, él volvió a preguntar. Él, que estaba sentado en el borde de la cama. Él, que jamás hubiese pensando que estaría en aquella situación. Él. Él era el problema.
—¿Te arrepientes?
—¿De qué? —habló, por fin, aunque todavía sin mirarle.
—De haberme matado.
Giró su cabeza hacia el cuerpo abandonado debajo de las cortinas. Una enorme mancha de sangre rodeaba su pecho. De repente, su rostro se volvió serio, las lágrimas que había derramado sobre la alfombra hirvieron, dejando olvidado todo aquello que antes había sentido. Levantó la mirada para ver su espíritu, su propia alma sentada en el borde de la cama. Pero, ¿sabéis que es lo peor? Que no sintió nada. ¿Sabéis cuáles eran esas dos palabras que necesitaba que su voz dijera? "Estoy muerto".
—¿Te arrepientes? —volvió a repetir.
—¿De qué? 
—De haberte matado.
No contestó, no le importaba lo más mínimo su sucia opinión. Siguió mirando su sangre empapar las cortinas, siguió sin sentir nada, ni un mínimo raciocinio de cordura rozó su cerebro. Siguió volviéndose loco, incluso después de muerto.


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