viernes, 21 de octubre de 2011

Mundo, escúchame.

Sus ojos se humedecieron, dejaron que su mirada llorara, que se sintiera perfecta aunque, sabía, que no lo era. Seguidamente, sus manos temblaron nerviosas al ser golpeadas por una lágrima. Los cristales de sus gafas se empañaron, impidiendo por unos instantes ver el brillo de sus pupilas. Su pelo, recogido, lo dejó caer en un movimiento casi instintivo, permitiendo que el viento lo colocara en la posición correcta. Las lágrimas siguieron cayendo, dejando una leve escarcha allí donde caían. El vaho acompañaba al silencio con cada bocanada, cubriendo el lugar de una repentina niebla que arrastraba la brisa hasta las montañas. Entonces, sonrió. Habló.
—Si le susurrara al mundo mis palabras conseguiría que millones de personas se sintieran como yo. Conseguiría una parte de sus corazones, un hueco en ese mundo particular  y único que poseen como paraíso. Captaría sus esencias y las guardaría en un frasco que llevaría siempre conmigo, así sabría lo que es sentirse querida por ser quien soy. Porque, podría ser feliz con tres sencillas palabras: "no cambies nunca".
Su voz la reconfortó, su propio pensamiento la alentó a mantener una sonrisa en su rostro. Las pecas de sus mejillas parecían brillar más que nunca. Sus labios adquirieron un tono morado debido al frío, pero el calor de  su alma los devolvió a su color original, un rojo manzana que resaltaba, incluso más, con el blanco de sus dientes. Siguió hablando, sin dejar que las lágrimas la detuvieran.


—No puedo evitar pensar en cómo sería estar tumbado a su lado en la cama una noche de verano. Levantar mi brazo y rodear su cuerpo, acercarlo a mí, que se diera la vuelta para mirarme y me sonriera con las luces apagadas. No sé por qué me duele tanto esperar. No sé por qué pienso que tengo alguna posibilidad de ser feliz con él. Pero me encanta leer esas señales que creo recibir. Leer entre líneas, ver más allá. Mirarle. Hacerle sonreír. Increíble. —cerró los ojos forzando a la última lágrima a caer de sus ojos, obligándola a recorrer su helado rostro.— Mundo, escúchame. Tú has hecho de mí ser quien soy, y, eso, jamás te lo perdonaré. Pero sé que después de la noche siempre aparece el sol, y solo por volver a sentir los rayos de luz calentar mi ser seguiré luchando como he hecho siempre.
Las estrellas ya habían desaparecido, aunque la luna seguía pegada en el cielo. El sol se dejó asomar entre las montañas. Ella, no dejó de sonreír.

No hay comentarios:

Publicar un comentario