domingo, 2 de octubre de 2011

¿Qué ves cuando cierras los ojos?

Sus piernas colgaban por el acantilado. ¿Debajo? El mar. Dejaban que la hierba pinchara su cuerpo de manera delicada y que el rumor de las olas los llevara de la mano hacia el horizonte. Compartían de vez en cuando una pequeña sonrisa. A él le encantaba mirarla sin que se diera cuenta, verla sumida en un mundo que le encantaría conocer. Miró al vacío durante unos instantes y se dirigió a ella ayudado por el viento, quien conducía sus palabras hasta sus oídos.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Qué ves cuando cierras los ojos?
Compartió, con aquella frase, una inocente sonrisa. Quedó pensativa durante unos instantes y cerró los ojos. Él seguía mirándola de la misma forma que lo hacía siempre, recorría su cuerpo con respeto y cariño, imaginando dulces fantasías y cuentos de hadas imposibles de acabar.
—Oscuridad. —contestó, abriendo los ojos al instante.
—Vamos, mira un poco mas allá.
—Solo hay oscuridad.
—Busca, merecerá la pena.
Volvió a cerrarlos. Respiró hondo y se dejó llevar. Su melena la peinaba el viento y el sol maquillaba su rostro. Era perfecta.
—Sí. Veo algo.
—Descríbemelo.
—Haces de luz que se transforman en un hermoso arcoiris, me llevan hasta el jardín de mi casa. Los rosales lucen como nunca y los pájaros se posan en las ramas de los árboles para deleitarme con sus melodías. Ahora, veo a mi madre preparando galletas de chocolate. —rió.— Aquel primer vestido de flores que me compré. La primera vez que vine aquí y me senté en este mismo lugar, eso sí, sola, disfrutando de la vida como nunca antes lo había hecho.
Abrió los ojos y se mordió el labio. El sol la cegó por unos instantes, pero al mirarlo a él todo volvió a la normalidad.
—Y, ¿tú? ¿Qué ves cuando cierras los ojos?
—¿Yo? —suspiró y, nada más cerrarlos, la respuesta apareció en la punta de su lengua.— A ti. Cada vez que cierro los ojos, te veo a ti.


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