martes, 1 de noviembre de 2011

De pequeños deleites a grandes placeres.

Los rayos del sol atravesaban los pequeños huecos de la persiana. Ella seguía tumbada, tapada por las sábanas, cubierta por la inocencia. Sabía que podía estar dando vueltas en la cama todo el tiempo que quisiese. Adoraba el calor en una fría noche de invierno, levantarse despeinada y mirarse al espejo con el pelo enmarañado, esconderse debajo de una manta y encogerse sobre sí misma para que los latidos de su corazón dieran vida a todas las partes de su cuerpo. La noche de antes había quitado previamente las pilas del despertador para no tener que lamentar el escuchar su molesto pitido. Odiaba tener que estirar el brazo para apagarlo, que se le congelara la piel a medio camino y que ello conllevara no poder seguir durmiendo plácidamente. Eso sí, le encantaba oír a los coches pasar por la carretera, al cartero hacer su trabajo mientras silbaba la típica canción de los anuncios de televisión, al chico del periódico lanzar la gaceta a la puerta, produciendo un sonido sordo que se oía por toda la casa, al perro del vecino ladrar con el vuelo de los pájaros que paraban en el árbol de su jardín, y así podría concurrir toda una mañana de pequeños deleites a grandes placeres. Su almohada se transformaba en un lienzo cuando su cabello se posaba sobre ella, dibujaba hermosas formas sin ser consciente de ello. Siempre que soñaba acaba con una sonrisa en su rostro pues cumplía lo imposible, lo que en la vida real no es más que una fantasía. Ella era su propio cuento de hadas, era su heroína, su protagonista en una historia con final feliz. Pero, como en toda mañana, llegaba el momento de pisar, descalza, el frío suelo, de poner los pies en la tierra. Eso sí, antes de que el mundo de sus sueños se desmorone a causa de la realidad, abre los ojos y mira los rayos del sol atravesar su ventana. Después, dice: "Buenos días, mundo", acompañando sus palabras y su voz ronca con una enorme sonrisa que alumbra la habitación sin necesidad de subir la persiana.

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