jueves, 29 de diciembre de 2011

Esta guerra llamada "vida".

Es hora de mirar hacia el futuro, de verlo esclarecer ante mi atónita mirada. Cierro los ojos y pienso en mis errores, mis constantes fallos que tanto daño me producen, y me dedico unas palabras con las que alentarme a seguir viendo el mundo con una sonrisa en mi rostro. Me coloco delante del espejo, me miro —de arriba a abajo—, respiro profundamente para encontrar el destello de mi alma, cierro los ojos y comienzo a hablar conmigo mismo.

"Debes saber que la vida no es ni será fácil; intentarán hundirte, humillarte y sentirse superiores a ti. Pero tienes que aprender a ser fuerte, a saber arrancar los clavos que formarán tu ataúd, a levantarte sin ayuda de nadie. Sé que es más sencillo decirlo que hacerlo, pero mereces ser feliz. Quiérete más, encuentra la maravilla incrustada en tu interior. No sueñes tanto por mucho que te digan que es gratis, al final malgastarás tu tiempo y sufrirás más de lo que deberías. No pienses tanto, actúa más, disfruta de las pequeñas cosas, haz caso de esa frase que tanto odias escuchar porque no sabes sacarle partido: "Carpe diem". No llores, ríe; no te rindas, sonríe. Tienes mucho más potencial del que crees tener, aprovéchalo; arriésgate, no tengas miedo de equivocarte y disfruta de los malos momentos, —son esos los que te harán fuerte—. Di a los más cercanos que los quieres, no te avergüences de los "te quiero" o de los "te echo de menos", te darás cuenta de que si no lo dices ahora luego será demasiado tarde. Que no te importe lo que un puñado de imbéciles piensen de ti, sé fiel a ti mismo por mucho que duela. Acepta la realidad, convive con ella y llévate bien, será la única manera de abrir los ojos y no cegarte con tu inseguridad. Exprésate —ya sea por medio de las palabras o de la voz—, pero hazlo; no abuses de los silencios, más bien disfruta de ellos cuando las palabras no sean suficientes. Sigue con tu humor, ríete de ti mismo para aprender a aceptar tus defectos —pues en estos instantes eres un ignorante en la asignatura "Conócete"—. Tú mismo sabes que me dejo mucho dolor en el tintero, que jamás podrás decir todo lo que te reconcome por dentro, pero pasa página y no vuelvas la mirada para leerla, olvida, perdona y te repito, ríe y sonríe, ama más. Que los demás se enteren de que eres capaz de volar hasta las nubes, de parar terremotos, de vencer a la oscuridad."

Tras mi discurso me dispongo a abrir los ojos y levantar mi mirada, llorosa, repleta de fuerza, ansiando luchar. Ya tengo puesta mi armadura, solo me queda empuñar mi espada y seguir adelante en esta guerra llamada "vida".

viernes, 23 de diciembre de 2011

Que tu boca se seque con una de mis palabras.



Tengo mucho que decir y poco que callar. Pero son esos íntimos silencios los que hacen que me vaya destruyendo por dentro poco a poco. Me consumo como una vela en medio de la oscuridad, como un trozo de papel ardiendo por la llama de la vida, desapareciendo con el tiempo para convertirse en nada. Me encantaría ser fuerte y eliminar la existencia de las consecuencias, esos jodidos desenlaces que nunca acaban como me gustaría —aun contando yo mi propia historia—. Ya no distingo entre destino y casualidad, sencillamente deshecho oportunidades, trago injurias y escupo mentiras. Son incontables las veces que he deseado abrazarte, besarte o rozar tu piel sin tu consentimiento. Jamás sabré si alguna vez has deseado que lo hiciera y que las nubes se detuvieran en ese instante para que pudieras disfrutarlo al máximo. Jamás lo sabré porque es una de entre tantas fantasías, una de mis ansiadas quimeras, tan reales como ficticias. Quiero respirar y no sentirme vacío. Andar y no sentirme solo. Sonreír y no sentirme engañado. Quiero que una mirada se cruce entre nosotros después de despedirnos, que esta impotencia no dure para siempre. Quiero revelarme contra el mundo, demostrarles quién soy y de lo que soy capaz; quiero sumergirme en las aguas de tu corazón y encontrar el sitio que llevo ansiando tanto tiempo; quiero que tus pupilas se dilaten cuando me veas venir a lo lejos, que tu boca se seque con una de mis palabras y que tus manos tiemblen con una de mis sonrisas. Porque ojalá y pudiera cambiar el significado de la palabra "amor" para que en su definición no incluyera el término "sufrimiento". Ojalá pudiera afrontar mis miedos sin notar cómo me asesina la realidad. ¡Déjame soñar! Déjame creer que todo cuanto deseo, es verdad.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Pregúntame y te diré una mentira.

Un día como cualquier otro, en el que suena la alarma avisándome de que la vida sigue una vez más, en el que las tostadas se queman amargando la mermelada y en el que el zumo de naranja ha perdido su color. Arranco la puerta para huir de mi hogar sabiendo que debo volver. Una música salada acompaña mis pasos bajo la luna, todavía pegada en el cielo a pesar de la presencia del sol. El viento saja mi piel mediante las preguntas del día anterior, con el arte que no fui capaz de plasmar en mis palabras, con la vergüenza como sombra. Camino por la vida con las manos vacías, esperando a que un copo de nieve se pose en mi palma y forme un muñeco de nieve o que una gota de lluvia cree vida en mi piel. Demasiadas promesas, escasa esperanza, nimios deseos, dolorosa inseguridad.


Las lágrimas corren por mis mejillas hasta llegar a mi boca, pero saben dulces. Mi mirada se pierde entre las nubes buscando algún lugar en el que mi alma sea libre, en el que no exista el cansancio tras luchar. Saboreo cada bocanada, cada aliento, cada pequeña brisa de humo que la naturaleza me obliga tragar; seguido de sentimientos superfluos que flotan en la superficie de mi cuerpo, sin llegar a entrar en mi interior.
Acabo de perder la cuenta de las huellas que he dejado atrás, del rastro de mis lágrimas que brotan de las baldosas, de mi esencia desperdigada por el mundo. Ahora echo de menos mi despertador y mis tostadas quemadas y mi zumo gris y mis lágrimas saladas y mi música destartalada. Echo de menos ser ese ingenuo que tenía por sonrisa la inocencia y por mirada la verdad.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Lo que daría por uno de tus besos.

Deseaba que sus manos se entrelazaran en ese mismo momento. Llevaban hablando toda la tarde. Risas. Sonrisas. Miradas que, para ella, no parecían decir nada. Desconocía la razón de aquellos sentimientos, de aquella maldita jungla creciendo en su interior cada vez que la veía. Su corazón hablaba por él. Su ser callaba para regalarle la libertad que necesitaba. Jugaba con las palabras y con cada instante. Le gustaba ver las reacciones de los demás para descubrir sus verdaderos pensamientos, aunque siempre eran meras suposiciones sin ningún valor al que amarrarse. Aquellos momentos le robaban una estúpida sonrisa que se dibujaba en su rostro cuando menos se daba cuenta, "maldita sea" pensaba mientras se imaginaba. De hecho, no quería irse a la cama si no era con ella, no quería abrir los ojos si al abrirlos no se encontraba ella delante, no quería dormir por miedo a no despertarse nunca más, pues no despedirse de ella sería el mayor de sus castigos.
—¿Sabes? Hoy he soñado contigo. —dijo la muchacha.
—¿Ah, sí?
—Sí. —sonrió levemente.
—Dime lo que pasaba, al estilo de las historietas que me contaba mi abuelo y con las que yo te he aburrido tantas veces.
—No seas tonto, me gustan mucho las historias de tu abuelo.
—¡Ah, entonces es por mi abuelo, no te gusta que te las cuente yo!
—Me encanta que me las cuentes tú. —río.— ¿Contento?
—Como un niño al abrir el primer regalo en Navidad. —le dedicó una de sus mejores sonrisas, no demasiado amplia pero tampoco demasiado escueta, demostraba lo que sentía pero sin excederse. En resumidas cuentas, era ideal para aquel momento.— Bueno, di.
Iba a poder mirarla, iba a poder quedarse embobado sin que ella le objetase nada, podría ver sus labios moverse, su pelo peinarse con el viento, el brillo de sus ojos contactar con el suyo. Lo mejor de todo era que no había planeado esa delicia, había surgido como obra del destino.
—Antes de nada, tengo que decir que es un sueño que tiene que ser acabado.
—¿Cómo? —preguntó anonadado.
—Eso lo verás cuando termine. —le guiñó un ojo y prosiguió.— Estábamos en un hermoso paraje, una especie de oasis en medio del desierto, solo para nosotros. Nos bañábamos en el pequeño lago de entre la maleza, donde una enorme cascada caía del cielo. Extraños animales nos miraban entre los arbustos con envidia, podía sentirlo. Después de nadar y agotarnos nos tumbábamos en la arena, y los rayos del sol hacían que tu piel brillara como las escamas de un pez. Yo dejaba que mis dedos sintieran el calor que desprendían bajando por tu brazo. Te hacía cosquillas. —no puedo evitar sonreír y colocarse su melena pelirroja detrás de la oreja.— Entonces, yo te decía "sigo esperando", tú te incorporabas y me mirabas con el pelo todavía empapado mientras contestabas "¿el qué?". Y antes de que pudiera contestarte todo se había desvanecido.
—Tenías razón, ese sueño tiene que terminar, que me corroe la curiosidad. ¿Qué sigues esperando?
Calló y se mordió el labio inferior. Quería hacerle esperar. Su única contestación fue una sonrisa acompañada de una fugaz mirada. Él tampoco le pedía que se lo contara, conocía sus intenciones, y no le importaba que su impaciencia le golpeara la boca para salir. Y, en ese momento, separó sus labios exactamente medio centímetro, y habló.
—Uno de tus besos.
Su corazón se asemejaba a uno de esos tambores de la orquesta de Carnaval. Incluso, sentía que por una milésima de segundo, su alma saltaba de alegría impidiendo a su corazón de latir. Se quedó inmóvil, mirándola, ruborizado, apreciándola con delicadeza, disfrutando de diciembre. Y, haciendo caso de lo que le decía, la besó. Sí. Había estado engañado todo ese tiempo, porque ella no había dejado de estar enamorada de él ni un solo segundo. Pero, eso sí, la jungla de su interior no desapareció en ningún momento.


viernes, 9 de diciembre de 2011

¿Para qué estar cuerdos si podemos estar locos?

¿No lo ves? ¿No ves el río de hipocresía que corre por las calles? Ese que penetra los acorazados cuerpos de las personas, ese que hace enfermar al corazón y a la mente, ese que altera tus sentidos y colorea de negro tu vida destrozando los retazos de dignidad que todavía poseías. No lo ves porque eres uno de ellos, otra marioneta más con la que divertir a un puñado de excéntricos. Es surrealista; como las bestias que se adueñan de nuestras posesiones durante la noche, como las cucarachas que se entrometen en nuestro día a día para hacernos todavía más complicado el sobrevivir en la calle. Y llega la hora del discurso que cambiará nuestro pensamiento, de las palabras adornadas con sucios engaños y de los ojos que se posan sobre los nuestros para convertirnos en quien ellos quieren que seamos. Tras el mismo, una niebla nos rodea por completo separándonos de los demás. Todo por querer escuchar lo que queremos oír, pues no tenemos suficiente con nuestras propias mentiras.


Seguimos empeñados en dejarnos llevar por la monotonía y por el camino fácil. ¿Para qué pensar si alguien —o algo— lo puede hacer por nosotros? ¿Para qué estar cuerdos si podemos estar locos? ¿Para qué escuchar si podemos ser sordos? Son esas preguntas las que evitamos contestar, porque duelen. Duele que la respuesta sea "para no ver la realidad". ¡Vamos, mentes pensantes! Cada vez que tenemos un problema, no queremos afrontarlo. "Mejor esconderse y dejar que la nefasta tempestad elimine las dudas sembradas", dicen algunos. Y por ello nos encanta escuchar y dejar de sentir. Anhelamos disfrutar de un paseo en barca, en medio del paraíso, llevados por las corrientes que un grupo de ególatras nos invitan a seguir.
Pero no pienso perseguir a la masa enfurecida que creéis ser. Pienso vivir los malos momentos que la realidad me brinde, porque son esos los que hacen que mi vida tenga sentido. Sí. Me gusta ser persona, y no ese muñeco de trapo con el que un niño dejó de jugar.