sábado, 17 de diciembre de 2011

Pregúntame y te diré una mentira.

Un día como cualquier otro, en el que suena la alarma avisándome de que la vida sigue una vez más, en el que las tostadas se queman amargando la mermelada y en el que el zumo de naranja ha perdido su color. Arranco la puerta para huir de mi hogar sabiendo que debo volver. Una música salada acompaña mis pasos bajo la luna, todavía pegada en el cielo a pesar de la presencia del sol. El viento saja mi piel mediante las preguntas del día anterior, con el arte que no fui capaz de plasmar en mis palabras, con la vergüenza como sombra. Camino por la vida con las manos vacías, esperando a que un copo de nieve se pose en mi palma y forme un muñeco de nieve o que una gota de lluvia cree vida en mi piel. Demasiadas promesas, escasa esperanza, nimios deseos, dolorosa inseguridad.


Las lágrimas corren por mis mejillas hasta llegar a mi boca, pero saben dulces. Mi mirada se pierde entre las nubes buscando algún lugar en el que mi alma sea libre, en el que no exista el cansancio tras luchar. Saboreo cada bocanada, cada aliento, cada pequeña brisa de humo que la naturaleza me obliga tragar; seguido de sentimientos superfluos que flotan en la superficie de mi cuerpo, sin llegar a entrar en mi interior.
Acabo de perder la cuenta de las huellas que he dejado atrás, del rastro de mis lágrimas que brotan de las baldosas, de mi esencia desperdigada por el mundo. Ahora echo de menos mi despertador y mis tostadas quemadas y mi zumo gris y mis lágrimas saladas y mi música destartalada. Echo de menos ser ese ingenuo que tenía por sonrisa la inocencia y por mirada la verdad.

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