sábado, 28 de enero de 2012

Ahoga el sonido de tu respiración.

El mar estaba embravecido. El día parecía sumiso, aunque esa idea se desvanecía con la espuma blanca que depositaban las olas sobre la superficie negra y oscura del océano. Chocaban ferozmente contra las rocas —ya empapadas, prácticamente sumergidas bajo la marea—, lo que a Nathan le provocaba una terrible asfixia que paralizaba sus músculos. Desde lo alto del acantilado divisaba esa línea en la que se fundía el cielo y la tierra, esa misma que consideraba el fin del mundo no hacía muchos años atrás. La hierba pinchaba sus pies desnudos; su tez blanca podría camuflarse entre las mismas nubes; y su pelo enmarañado, levemente rizado —cosa que odiaba porque el peine no era su mejor aliado los lunes por la madrugada— y castaño se liaba entre los dedos de sus manos. Quería romper a llorar en ese mismo momento, ante toda esa fuerza que tenía ante sus ojos la cual nunca podría llegar a superar. Mas no lo hizo, se limitó a guardar sus manos en los bolsillos, aguantando el frío y con la mirada perdida en algún punto donde los leves rayos de sol no lograban cegarlo. Recordó el otoño en el que se adentró por primera vez en el bosque del pueblo. Jamás volvió a sentirse tan libre: caminaba entre los árboles, esquivando las ramas, buscando algún ser mágico con el que entablar conversación o, en su defecto, un escondite para evadirse del asqueroso mundo que lo había envuelto con un manto de espinas. El crujido de las hojas que cubrían el suelo ahogaba el sonido de su respiración. Le gustaba acariciar los árboles, arañarse con su tosca piel e imaginar cómo el tiempo podía haber creado algo tan bello. Añoraba esa sensación, esa despreocupación por cuanto le rodeaba; esas ganas de regresar a su niñez. Volvió a la realidad y a reflexionar sobre la razón que lo había llevado hasta allí. Lástima que no lo supiera. Había permitido que sus pies anduvieran por sí solos, que su mente viajara sin volver la vista atrás. Su mirada era impasible, sus labios temblaban, sus pupilas estaban dilatadas, su lengua murmuraba un hermoso cuento de hadas. Dio un paso al frente. La hierba parecía clavarse a su piel con más fuerza, la tierra quería amarrarlo a la vida. Bajó la mirada. El mar estaba embravecido, aunque el día se había oscurecido. Retomó sus recuerdos por última vez. Divisó el fondo, las rocas, recordó los árboles, las hojas y su estúpida sonrisa cuando se veía reflejado en las estrellas. Dio un paso al frente. La hierba no pudo mantenerlo con los pies en la tierra.
La espuma blanca se confundía con el reflejo de su piel. Se lo tragaron las olas, lo engulló el mar. Recordó, entonces, cuál era su objetivo, ya que, cuando la última burbuja de aire salió de entre sus labios, volvió a ser el niño curioso que habría bailado junto a las sirenas, el mismo que habría conseguido librarse de la capa de espinas que le brindó el mundo.


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