jueves, 19 de enero de 2012

La magia que impregna el azúcar de tu piel.


Arde, pero relaja mis músculos. El agua alcanza hasta mis hombros desnudos, expuestos al frío y al transcurso de la vida. Quiero derretirme en esta bañera, en medio de ninguna parte. Han desaparecido los temblores y el dolor, la soledad parece haberse apartado de mi mente durante unos instantes. Me sumerjo en ella por completo, mi espalda toca el fondo, mis vértebras se acomodan a la dureza, abro los ojos y todo está borroso; mas, a pesar de todo, sonrío. Que es con tus pestañas con quien sueño por el día y tu piel la que me acaricia por las noches. Imagino uno de tus besos en mi mejilla, tus labios deslizarse sobre mi pecho, al sol darle color a tu pelo, al mar susurrar tu nombre mientras que el viento lo grita abrumado. Las yemas de tus dedos me proporcionan la corriente eléctrica que mi corazón necesita para palpitar, tu voz llena mis pulmones de aire, tu risa mueve mis músculos; esa esencia que llevas por aroma, que me hace cerrar los ojos y volar. No dejo de mentirme una y otra vez, de ilusionarme con que la próxima vez que te vea me entrometeré entre tus dientes y tu lengua, que serán las olas quienes te traerán hasta mí, las estrellas quiénes me digan lo que sientes. Salgo para respirar y el frío azota mi rostro y mis hombros. Esa bocanada ha atravesado mis pulmones como si una cerilla los recorriera. Esa cerilla eres tú. Ese fuego que me abrasa y destruye por dentro es lo que siento cuando te miro a los ojos. Duele. Lo tengo asumido. He aceptado que cada gota de agua que se derrame de esta bañera y caiga haciendo ese sonido hueco que me ensordece, es el tiempo que he perdido pensando en ti; aunque sé que siempre me quedará esa magia que impregna el azúcar de tu piel.

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