lunes, 20 de febrero de 2012

Somos un arma cuyas balas son las palabras.


La gente, con los puños dirigidos al cielo, borracha de una misma ideología, con sus voces al unísono criticando la realidad, sosteniendo mensajes que los ojos puedan admirar y sentir, dejando sus bocas secas gritando injusticias, es la que me rodea. En medio de la multitud es difícil que atisbes mi figura, pero yo no soy el importante, son ellos y sus irrefrenables ganas por vencer al silencio. Puedo sentir su poder y un calor me llena por dentro. Los falsos vítores hacia el mundo consiguen ensordecerme, pero me gusta ver que la gente lucha por lo que quiere, intentando ganarlo todo cuando nos lo venden como imposible. Al final, se convierte en un vicio del que no es fácil deshacerse. Te sientes arropado por desconocidos en una causa que nos incumbe a cada uno de nosotros. ¿Por qué no defender lo que nos parece justo? ¿Por qué seguir con la injusticia cuando puedes acabar con ella? Un derecho tan humano como este debe persistir en nuestro instinto, agarrarse con uñas y dientes y no desaparecer jamás. Mas en el auge de todas estas palabras, comienzan los gritos. De dolor. De miedo. ¿Qué ocurre? ¿Por qué nos atacan cuando lo único que hacemos es defender una opinión? Decenas de personas uniformadas se colocan sus cascos, sacan las porras y llueven los golpes. La gente se abalanza sobre ellos en un desesperado intento por aguantar y amarrase al asfalto pero una parte de nosotros está aterrorizada y desconcertada, y huye. Veo pasar ante mis ojos una serie de imágenes que punzan mi alma. Una violencia abusiva e inmerecida se cierne sobre nosotros. Y es entonces cuando me doy cuenta de que no somos los únicos que tenemos miedo. A ellos les horroriza el pensar que podemos ir con la verdad por delante, destapar todas las mentiras que han ido encubriendo día a día en una sociedad muda y totalmente permisiva. Les espanta la idea de que la situación se les vaya de las manos y pierdan el juego que ellos mismos habían creado, que se rompan sus propias reglas. Porque somos una bomba nuclear a punto de explotar, un arma cuyas balas son las palabras, su desvivir. Porque luchar es la única ambición que quedará debajo de las heridas y moratones. Estamos preparados para convertirnos en los héroes que creyeron olvidados para conseguir nuestro objetivo: justicia.

viernes, 17 de febrero de 2012

No siempre un ángel llega caído del cielo.

Hace demasiado frío para volar. Arranco mis alas y las lanzo al suelo. La sangre brota en mi espalda bajando lentamente por mi columna, jugando entre mis costillas, escondiéndose bajo mis pantalones. Volverán a nacer, lo sé, no es la primera vez que alguno de mis arrebatos ha acabado con su tierna vida. Reaparecerán, incluso, mucho más fuertes que antes, olvidando esa debilidad que las separó de mi cuerpo. No quiero curar mis heridas, el dolor renueva mi mente para enseñarme a sufrir, a colocarme una máscara inexpresiva en mi rostro y a pegar una sonrisa obligada en mis labios. "Estoy bien" piensan mis huesos, "no mientas" dice el corazón. Lo ve en mis ojos, lo siente en mi pulso tembloroso. ¿Para qué ser un ángel cuando no anhelas volar? Soy una leyenda arrastrada entre la voz de personas que lo único que querían era un poco de atención. No creo en mí. No soy real por mucho que las nubes digan lo contrario.



Hace demasiado frío para soñar. Nieva. Un manto blanco recubre mi pelo; mi piel se quiebra al contacto con los copos que caen del cielo; la sangre se congela; mi cuerpo desnudo está preparado para volar, pero mis alas ya no volverán a crecer, ya no. Han sido ocultadas por la nieve y por mi ingenuidad. ¿Por qué iban a volver a aparecer cuando yo había renunciado a ellas una y otra vez? "La gente quiere lo que no tiene, y cuando lo consigue, quiere lo que antes tenía" me susurra el sol al oído. Saboreo mi humanidad y esta agria libertad entre pequeños bocados al viento. Camino entre el desastre y mi propia destrucción mientras mis huellas se clavan en el suelo hundiéndose con cada paso que doy. Pronto desapareceré y me reencontraré con mis alas, esas que arranqué de mi espalda cuando lo único que quería era volar.

domingo, 12 de febrero de 2012

Pura magia.


—Es mágico —musitó.

Respiró hondo, extendió sus brazos y una sensación electrizante le recorrió todo su cuerpo, desde su nuca hasta la punta de sus talones. Se agachó lentamente sin apartar la mirada del paisaje y se sentó. Admiraba las nubes, las montañas, las galaxias por las que anhelaba perderse, esa imaginación que le arrebataba el sol cuando le rozaban sus rayos. Hacía frío —quizás demasiado—; una leve capa de escarcha se acomodaba sobre la hierba. Después de todo no le importaba, añoraba aquellas vistas de ensueño con las que su vida cobraba sentido. Sus intenciones eran claras: liberarse. Liberarse de los prejuicios que se cernían sobre él cada mañana, de las miradas indiscretas de los transeúntes, del dolor que le provocaba la destrucción, las mentiras y la realidad. Porque imaginar no era suficiente, él necesitaba soñar cada noche para sentirse el rey de su propio mundo.

—Quiero brillar como aquella estrella —decía para sí mientras admiraba el cielo—. Quiero, incluso, superarla y llegar a lo más alto. Como aquella otra —volvió a hacerlo—. Ojalá y pudiera tener la suficiente seguridad en mí mismo para lograr alcanzarlas algún día —permaneció cabizbajo unos segundos mirando sus manos cubrirse por la hierba, sintiendo su tacto puntiagudo. Prosiguió levantando la cabeza con una mirada impasible, pero sus labios se curvaron levemente—. He llegado a la conclusión de que no merece la pena tener miedo. Es algo inútil. Nos frena en una carrera de vida o muerte obligándonos a elegir una opción, nos impide brillar, hacernos notar, hacernos ver en la oscuridad.

Gritaba en contadas ocasiones para escuchar su eco y sentirse acompañado. Tenía la certeza de que sería capaz de oír a los animales caminar en la noche, de sentir el latido de su corazón si apoyaba su cabeza en el suelo. Metió las manos en sus bolsillos y sacó una foto suya que se había hecho esa misma mañana. La miró de reojo tembloroso por el frío, la cogió de los extremos y la partió en dos trozos. Sus dedos parecían pegarse a ella y no querer soltarla, pero lo hizo y el viento se la llevó hacia el interior del bosque.

—¡Ese, ya no soy yo! —le gritó al mundo—. He cambiado. Jamás caeré en el olvido como esa pequeña persona temerosa, cobarde e insegura que no se atrevía a caminar, porque la única forma de ganar es arriesgándose a perder.

Permaneció allí, sin importarle la escarcha, ni los rayos de sol atravesar las nubes. Había conseguido ser su propia estrella para que la noche quedara iluminada con su mirada. Y por primera vez, se había convertido en pura magia.

Róbame el corazón con uno de tus besos.

Oigo desde este mismo lugar la manecilla del reloj. Se clava en mis sienes. El colchón parece querer tragarme hacia su interior; noto mi cuerpo más alejado de la luz, de la vida, de su piel. Los dedos de mis manos apuntan al techo en un desesperado intento por amarrarme al cielo, por colgarme de una estrella y sentirme libre por unos míseros instantes. Cierro los ojos para sentir el aire penetrar en mis pulmones, mis músculos relajarse y mi corazón bombear trozos de mi alma a cada ápice de mi cuerpo. Sonrío sin sentirlo. Me doy cuenta de que tú eres la única excepción con la que me permito sufrir. Suelo ser fuerte  o por lo menos lo intento, pero esta situación es superior a mí. ¿Por qué estos pensamientos sucumben mi mente constantemente? Porque estoy enamorado. Mierda. Jamás pensé que llegaría a tal extremo, a tales ganas de abrazarte, de tenerte a mi lado, de besarte, de quererte, de mirarte y drogarme, de dormir mientras nuestros labios se rozan. Quítame el miedo a perderte con los dientes, róbame el corazón con uno de tus besos, secuestra mi inocencia con tus abrazos. Sé cómo hacerte reír cuando crees que la vida te ha dejado de lado, en cambio tú no sabes hacerme sentir bien cuando una de tus miradas no viaja por la mía. No saborees mi mirada, saborea mis labios, demuéstrame que tienes las mismas ganas de volar que yo. Y siempre recordaré la distancia que nos separa cuando nos miramos, cuando creemos que el amor no existe y que es solo un imposible cuento de hadas, cuando crees que no te escucho pero que, en realidad, soy el único que te presta toda su atención. Y sigo en la cama, ahogado por mis lágrimas, tragado por el colchón, marginado por las estrellas. Porque dicen que el amor duele, aunque este, puede matarme.


martes, 7 de febrero de 2012

Inferno.

En este mundo sin normas, en este frío que conocemos por sociedad, soy un animal más. El corazón palpita, la sangre fluye, los sentimientos afloran, la soledad —atraída por la oscuridad— aparece entre mis labios. Las calles están mudas y las nubes sumen todo en el color gris que ha inundado mi piel; el dolor me abate, ha ganado esta pelea. Me tumbo sobre el asfalto esperando la llegada del viento, pero no vuelve. No hacía mucho que lo había visto marchar a la lejanía montándose en un tren con billete de ida, pero no de vuelta. ¿Y la lluvia? Se expresa en forma de lágrimas, las mismas que brotan en mis ojos, empapan mis pestañas y me nublan la vista. ¿A dónde ha ido el sol?  Quizás se esconda tras alguna de las nubes negras que adornan el cielo, donde tu atenta mirada me vigila y me ampara. Al menos de él pude despedirme, pude recoger fuego de su interior para que mi alma arda en llamas, en llamas azuladas e invisibles a los ojos indiscretos de las estrellas.


Odio la luna. Ilumina mi camino cuando quiero permanecer entre las sombras. Siempre está pegada en el cielo, admirando la asquerosa Tierra desde lo más alto del universo. Correteo por las calles perdiéndome entre el reflejo de las ventanas, entre el césped amarillento de los jardines y el agua verde y fangosa de las piscinas. El corazón palpita, la sangre fluye, la mente enloquece, el subconsciente advierte. Mi aliento congela el asfalto, ese en el que me tumbaba esperando un alarido de entre las nubes. Los árboles parecen hablarme, el susurro de sus hojas me obliga a soñar, a saltar de los tejados, a derribar muros, a atrapar la luz de entre mis dedos y tragármela para que mi alma brille. Silencio. Las heridas de bala que produjo el pasado en mis venas gritan despavoridas. El viento vuelve. El sol aparece. La lluvia cae sobre mis hombros. La luna muere. Vuelvo a ser el animal que se esconde en la oscuridad para que los demás no vean las lágrimas quemar mi rostro.