viernes, 17 de febrero de 2012

No siempre un ángel llega caído del cielo.

Hace demasiado frío para volar. Arranco mis alas y las lanzo al suelo. La sangre brota en mi espalda bajando lentamente por mi columna, jugando entre mis costillas, escondiéndose bajo mis pantalones. Volverán a nacer, lo sé, no es la primera vez que alguno de mis arrebatos ha acabado con su tierna vida. Reaparecerán, incluso, mucho más fuertes que antes, olvidando esa debilidad que las separó de mi cuerpo. No quiero curar mis heridas, el dolor renueva mi mente para enseñarme a sufrir, a colocarme una máscara inexpresiva en mi rostro y a pegar una sonrisa obligada en mis labios. "Estoy bien" piensan mis huesos, "no mientas" dice el corazón. Lo ve en mis ojos, lo siente en mi pulso tembloroso. ¿Para qué ser un ángel cuando no anhelas volar? Soy una leyenda arrastrada entre la voz de personas que lo único que querían era un poco de atención. No creo en mí. No soy real por mucho que las nubes digan lo contrario.



Hace demasiado frío para soñar. Nieva. Un manto blanco recubre mi pelo; mi piel se quiebra al contacto con los copos que caen del cielo; la sangre se congela; mi cuerpo desnudo está preparado para volar, pero mis alas ya no volverán a crecer, ya no. Han sido ocultadas por la nieve y por mi ingenuidad. ¿Por qué iban a volver a aparecer cuando yo había renunciado a ellas una y otra vez? "La gente quiere lo que no tiene, y cuando lo consigue, quiere lo que antes tenía" me susurra el sol al oído. Saboreo mi humanidad y esta agria libertad entre pequeños bocados al viento. Camino entre el desastre y mi propia destrucción mientras mis huellas se clavan en el suelo hundiéndose con cada paso que doy. Pronto desapareceré y me reencontraré con mis alas, esas que arranqué de mi espalda cuando lo único que quería era volar.

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