domingo, 12 de febrero de 2012

Pura magia.


—Es mágico —musitó.

Respiró hondo, extendió sus brazos y una sensación electrizante le recorrió todo su cuerpo, desde su nuca hasta la punta de sus talones. Se agachó lentamente sin apartar la mirada del paisaje y se sentó. Admiraba las nubes, las montañas, las galaxias por las que anhelaba perderse, esa imaginación que le arrebataba el sol cuando le rozaban sus rayos. Hacía frío —quizás demasiado—; una leve capa de escarcha se acomodaba sobre la hierba. Después de todo no le importaba, añoraba aquellas vistas de ensueño con las que su vida cobraba sentido. Sus intenciones eran claras: liberarse. Liberarse de los prejuicios que se cernían sobre él cada mañana, de las miradas indiscretas de los transeúntes, del dolor que le provocaba la destrucción, las mentiras y la realidad. Porque imaginar no era suficiente, él necesitaba soñar cada noche para sentirse el rey de su propio mundo.

—Quiero brillar como aquella estrella —decía para sí mientras admiraba el cielo—. Quiero, incluso, superarla y llegar a lo más alto. Como aquella otra —volvió a hacerlo—. Ojalá y pudiera tener la suficiente seguridad en mí mismo para lograr alcanzarlas algún día —permaneció cabizbajo unos segundos mirando sus manos cubrirse por la hierba, sintiendo su tacto puntiagudo. Prosiguió levantando la cabeza con una mirada impasible, pero sus labios se curvaron levemente—. He llegado a la conclusión de que no merece la pena tener miedo. Es algo inútil. Nos frena en una carrera de vida o muerte obligándonos a elegir una opción, nos impide brillar, hacernos notar, hacernos ver en la oscuridad.

Gritaba en contadas ocasiones para escuchar su eco y sentirse acompañado. Tenía la certeza de que sería capaz de oír a los animales caminar en la noche, de sentir el latido de su corazón si apoyaba su cabeza en el suelo. Metió las manos en sus bolsillos y sacó una foto suya que se había hecho esa misma mañana. La miró de reojo tembloroso por el frío, la cogió de los extremos y la partió en dos trozos. Sus dedos parecían pegarse a ella y no querer soltarla, pero lo hizo y el viento se la llevó hacia el interior del bosque.

—¡Ese, ya no soy yo! —le gritó al mundo—. He cambiado. Jamás caeré en el olvido como esa pequeña persona temerosa, cobarde e insegura que no se atrevía a caminar, porque la única forma de ganar es arriesgándose a perder.

Permaneció allí, sin importarle la escarcha, ni los rayos de sol atravesar las nubes. Había conseguido ser su propia estrella para que la noche quedara iluminada con su mirada. Y por primera vez, se había convertido en pura magia.

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