domingo, 12 de febrero de 2012

Róbame el corazón con uno de tus besos.

Oigo desde este mismo lugar la manecilla del reloj. Se clava en mis sienes. El colchón parece querer tragarme hacia su interior; noto mi cuerpo más alejado de la luz, de la vida, de su piel. Los dedos de mis manos apuntan al techo en un desesperado intento por amarrarme al cielo, por colgarme de una estrella y sentirme libre por unos míseros instantes. Cierro los ojos para sentir el aire penetrar en mis pulmones, mis músculos relajarse y mi corazón bombear trozos de mi alma a cada ápice de mi cuerpo. Sonrío sin sentirlo. Me doy cuenta de que tú eres la única excepción con la que me permito sufrir. Suelo ser fuerte  o por lo menos lo intento, pero esta situación es superior a mí. ¿Por qué estos pensamientos sucumben mi mente constantemente? Porque estoy enamorado. Mierda. Jamás pensé que llegaría a tal extremo, a tales ganas de abrazarte, de tenerte a mi lado, de besarte, de quererte, de mirarte y drogarme, de dormir mientras nuestros labios se rozan. Quítame el miedo a perderte con los dientes, róbame el corazón con uno de tus besos, secuestra mi inocencia con tus abrazos. Sé cómo hacerte reír cuando crees que la vida te ha dejado de lado, en cambio tú no sabes hacerme sentir bien cuando una de tus miradas no viaja por la mía. No saborees mi mirada, saborea mis labios, demuéstrame que tienes las mismas ganas de volar que yo. Y siempre recordaré la distancia que nos separa cuando nos miramos, cuando creemos que el amor no existe y que es solo un imposible cuento de hadas, cuando crees que no te escucho pero que, en realidad, soy el único que te presta toda su atención. Y sigo en la cama, ahogado por mis lágrimas, tragado por el colchón, marginado por las estrellas. Porque dicen que el amor duele, aunque este, puede matarme.


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