sábado, 24 de marzo de 2012

Bésame rápido, pero haz que dure.


—No lo entiendes, ¿verdad?

Los rodeaba una espesa maleza, donde el rumor de un lejano río y el viento les recorría las entrañas. Jugaban con las hojas secas en silencio creyendo que eran capaces de volar con tan solo mirarse, imaginando dulces cartas de amor que nunca les llegaron —y que nunca lo harían—. Esas típicas preguntas sin respuesta, ese sol en lo alto que les sonreía entre las ramas de los árboles, esas nubes que viajaban sobre sus cabezas junto a los pájaros. Él estaba apoyado en uno de los árboles mientras su dura corteza se clavaba en sus vértebras. Ella se apoyaba en la nada, siendo fuerte cuando el bosque la llamaba para volver a casa sin que hubiera encontrado todavía su hogar.

—Claro que lo entiendo —contestó con una leve sonrisa.
—¿Entiendes que yo te quiera más de lo que tú me quieres a mí? ¿Entiendes que yo me mantenga en las sombras para que tú puedas estar en la luz, que tu puedas saborear la vida mientras que yo solo saboreo una amarga impotencia? ¿Entiendes que soy incapaz de seguir adelante sin tu sonrisa, sin tu voz, sin los "te quiero" que nunca recibo?
—Jamás podrás quererme como yo te quiero a ti.
—Tienes que entender que eso no me lo puedo creer —dijo mientras su melena la peinaba el viento.
—¿Es que acaso el amor se entiende? No. El amor se siente.

Ella saltó a sus brazos. El viento dejó de soplar, de mover las hojas de los árboles; el sonido del río desapareció dejando un hermoso silencio que los envolvía en una burbuja de la que no querían salir; el sol se detuvo encima de ellos y las ramas se apartaron para que las nubes y los pájaros los vieran desde el cielo.

—Demuéstrame que eso que has dicho, es verdad.
—¿No te lo estoy demostrando ya?
—No.
—¿Qué quieres que haga?
—Bésame rápido, pero haz que dure —le susurró al oído.

Las heridas seguían sangrando, pero con aquel beso no tardarían en cicatrizar. Porque, en aquel momento, ellos aprendieron una gran lección: no hay nadie que comprenda el amor hasta que lo siente, ni nadie que lo siente hasta que lo comprende.

martes, 20 de marzo de 2012

Solo sentía dolor con los rasguños.

Yo era uno de esos niños que, cuando llovía, hacía carreras con las gotas de agua que chocaban en la ventanilla del coche; o que se imaginaba a monstruos aparecer detrás de las colinas y montañas, alternando la realidad con una estrambótica imaginación. Era uno de esos niños que veía en cada flor un mundo y en cada regalo un tesoro; al que le encantaba sentir el viento en su cara a la hora de columpiarse, queriendo llegar siempre a lo más alto para tocar las hojas de los árboles; que añoraba ver las estrellas en el cielo urbano y la luna anaranjada posarse sobre el horizonte una noche de verano, que nadaba en el mar montado en sueños, que escarbaba en la arena buscando otros mundos, que no amaba de verdad, que no necesitaba ser fuerte porque ya lo era, que solo sentía dolor con los rasguños. Era capaz de chasquear los dedos y que de ellos aparecieran chispas, de crear nieve con un soplido, de moldear las nubes con mis dedos e, incluso, de recoger parte de la luz del sol con la palma de mi mano. Porque era un niño que besaba la lluvia para empaparse con la esencia del mundo, que veía las notas aparecer tras las cuerdas de un violín, que odiaba disfrutar del sabor ácido y amargo de la vida. Lástima que la inocencia se perdiera entre los poros de mi piel con el transcurso de los años y que estas palabras sean un mero recuerdo. Lástima que ahora, para mí, los héroes sean solo personas disfrazadas y no seres fantásticos sacados de los mundos que encontraba debajo de la arena.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Lágrimas con sabor a primavera.

—Últimamente me siento vacía.
—¿Vacía? —preguntó desconcertado— ¿Por qué?
—Siento que hay un tremendo hueco entre mi alma y mi corazón que es imposible de rellenar.
—Todo espacio pide a gritos ser tapado. ¿Qué pide el tuyo?
—Alguien con el que compartir un pedazo de mi vida. Alguien que se interponga entre mi cuerpo y el otro lado de la cama. Alguien que crea en mi locura, en mis sueños, en mis desvaríos y en mis temores. Alguien que me aguante, que aprenda a robarme las palabras con besos y a expresarlas sin ayuda de la voz, con abrazos. Alguien que me dé el cariño que nadie más me puede dar.
—¿Por qué no voy a poder darte yo todo eso?
—A ver, ¿cómo me lo darías?
—Pues, uniendo las piezas de nuestras vidas en una sola, abrazándote en la cama cuando la noche es demasiada oscura para enfrentarnos a ella, cubriéndonos por las sábanas y huyendo a un mundo que solo nosotros conocemos. Entendiendo tu locura, haciendo realidad tus sueños y ambiciones y ayudándote a afrontar tus miedos, aguantando el suelo para que tú puedas caminar por él, regalándote silencios que no puedan expresarse con las palabras, dándote todo ese cariño que dices que no te puedo dar.

Sonrió ampliamente. Se ruborizó y cubrió su rostro con sus manos para evitar mirarle a las ojos y que de sus labios saliera alguna estupidez.



—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo él.
—Claro.
—¿Me das un beso?
—¿Dónde?
—Yo hago la pregunta, tú eliges la respuesta.

Se inclinó hacia él y, delicadamente, posó sus labios en su mejilla, haciendo un sonido sordo que irradiaba amor a los edificios que, con sus atentas miradas de piedra, los cernían en sombras tapando el sol. Después la miró, dejó caer su mano sobre sus rodillas y las acarició con ternura. Desvió su mirada al fondo y atisbó el autobús.

—Ya está aquí —se levantó, al igual que ella, y la abrazó—. Ojalá y pudiera no soltarte nunca.
—Pues no lo hagas.
—¿Y el autobús?
—Esperaré el siguiente.
—No hay ninguno más.
—Pues me quedaré aquí, pero no me sueltes nunca.

El sol apareció tras los edificios reflejándose en las ventanas y en las baldosas, y los iluminó como a diamantes. El autobús siguió su camino dejándolos atrás, el tiempo transcurría mediante leves alaridos; ellos siguieron abrazados, esperando a que sus lágrimas llegaran a las comisuras de sus labios sabiendo a primavera.

domingo, 11 de marzo de 2012

Nuestros labios son un puzzle desarmado cuyas piezas son los besos.


Algún día creeré que las líneas de tu mano pondrán leer nuestro futuro, que los hoyuelos de tus mejillas no son más bonitos que una puesta de sol, que el azúcar no es más dulce que tu piel. Oí tus palabras cuando hubieras deseado que fuera sordo. Permití unos segundos de libertad a mi voz cuando yo hubiese deseado ser mudo. Porque sé que es difícil decir adiós cuando un "hola" no ha durado lo suficiente, cuando los segundos transcurren desapercibidos por nuestros sentidos. Dejemos que nuestras mentes se pierdan en nuestras miradas, que nuestras lágrimas jueguen con nuestras pestañas, que el brillo de nuestros ojos deslumbre al sol; disfrutemos del instinto. Dejemos de perder sonrisas. Dejemos de morir de día para vivir de noche acompañados del resto del universo. Dejemos que nuestras caricias sean la frontera de la realidad y los sueños. Dejemos atrás al mundo, las palabras y la cordura, convirtámonos en vagabundos del silencio. Dejemos que el tiempo olvide pero que lo demás perdure, que la memoria sea nuestro mejor recuerdo. Porque nuestros labios son un puzzle desarmado cuyas piezas son los besos. Dejemos que nos guíen las estrellas en el día y el sol en la noche. Sonriamos al mirarnos. Besémonos al acercarnos. Pues, algún día, creeré que todas estas últimas palabras son verdad, que el mundo que he creado es mi realidad.

jueves, 1 de marzo de 2012

Haré de la magia una realidad.

Me apetece dejar mi huella en la arena, en algún lugar donde el mar nunca la arrastre hacia su interior. La soledad quedará plasmada en ella; mis recuerdos se esconderán bajo los granos de arena que se adhieran a las yemas de mis dedos. Desentierro colillas abandonadas que arrancaron parte de su vida a algún desconocido, puedo acariciar el aire que malgastaron en los bordes de la boquilla. Juego con ellas imitando por unos instantes al niño que llevo dentro, aunque no sirve de nada. Vuelvo a colocar todo en su correspondiente lugar mientras olvido dónde plasmé parte de mí, dónde dejé que mi palma se hundiera para que el tiempo no se encargara del destino del viento. Olvidar me oprime el pecho, me asfixia, pero necesito hacerlo para seguir caminando. Lucho en una batalla encarnicida entre los sueños y la sinrazón. Envaino mi espada ideada por mi imaginación, rompo la armadura con las manos y embisto contra la nada. No permitiré que las mentiras envuelvan mi lengua, ni que el silencio selle mis labios, ni que sea tu voz la que guíe mis pasos sin oír su eco acompañando al viento.  Engañaré al alba para que aparezca tras el mar cuando acaricie al cielo, jugaré con las nubes y la lluvia para  sentirme empapado por lo que parece solo agua. Calmaré los truenos con un silbido y apagaré los relámpagos con tan solo pestañear. Haré de la magia una realidad y de las piedras del camino una ayuda para resucitar en esa persona que decía: "sé quién soy, por lo que no tengo nada que demostrar".