miércoles, 14 de marzo de 2012

Lágrimas con sabor a primavera.

—Últimamente me siento vacía.
—¿Vacía? —preguntó desconcertado— ¿Por qué?
—Siento que hay un tremendo hueco entre mi alma y mi corazón que es imposible de rellenar.
—Todo espacio pide a gritos ser tapado. ¿Qué pide el tuyo?
—Alguien con el que compartir un pedazo de mi vida. Alguien que se interponga entre mi cuerpo y el otro lado de la cama. Alguien que crea en mi locura, en mis sueños, en mis desvaríos y en mis temores. Alguien que me aguante, que aprenda a robarme las palabras con besos y a expresarlas sin ayuda de la voz, con abrazos. Alguien que me dé el cariño que nadie más me puede dar.
—¿Por qué no voy a poder darte yo todo eso?
—A ver, ¿cómo me lo darías?
—Pues, uniendo las piezas de nuestras vidas en una sola, abrazándote en la cama cuando la noche es demasiada oscura para enfrentarnos a ella, cubriéndonos por las sábanas y huyendo a un mundo que solo nosotros conocemos. Entendiendo tu locura, haciendo realidad tus sueños y ambiciones y ayudándote a afrontar tus miedos, aguantando el suelo para que tú puedas caminar por él, regalándote silencios que no puedan expresarse con las palabras, dándote todo ese cariño que dices que no te puedo dar.

Sonrió ampliamente. Se ruborizó y cubrió su rostro con sus manos para evitar mirarle a las ojos y que de sus labios saliera alguna estupidez.



—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo él.
—Claro.
—¿Me das un beso?
—¿Dónde?
—Yo hago la pregunta, tú eliges la respuesta.

Se inclinó hacia él y, delicadamente, posó sus labios en su mejilla, haciendo un sonido sordo que irradiaba amor a los edificios que, con sus atentas miradas de piedra, los cernían en sombras tapando el sol. Después la miró, dejó caer su mano sobre sus rodillas y las acarició con ternura. Desvió su mirada al fondo y atisbó el autobús.

—Ya está aquí —se levantó, al igual que ella, y la abrazó—. Ojalá y pudiera no soltarte nunca.
—Pues no lo hagas.
—¿Y el autobús?
—Esperaré el siguiente.
—No hay ninguno más.
—Pues me quedaré aquí, pero no me sueltes nunca.

El sol apareció tras los edificios reflejándose en las ventanas y en las baldosas, y los iluminó como a diamantes. El autobús siguió su camino dejándolos atrás, el tiempo transcurría mediante leves alaridos; ellos siguieron abrazados, esperando a que sus lágrimas llegaran a las comisuras de sus labios sabiendo a primavera.

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