sábado, 14 de abril de 2012

Y dejas que el frío haga el resto.


Tienes el pelo empapado, sucio y desgastado por el viento; tus pestañas están llenas de arena que, por suerte, no entra en tus ojos; las pecas de tus mejillas saludan a las nubes sin necesidad de ser resaltadas por el sol, el cual ha desaparecido sin dejar rastro; tus manos acarician las pequeñas hojas de las ramas que rodean tu cuerpo, hundes tus dedos en la maleza y dejas que el frío haga el resto. No llueve, pero deseas que lo haga. Estás solo, pero quieres seguir así, disfrutando de una soledad que inunda tu interior y te reconforta. Saltas,  corres, vuelas. Sueñas con historias bélicas, hambre, sed y egoísmo porque te han adiestrado para evadirte del dolor ajeno. Eres valiente porque tu reto es ganar. Cruzas puentes con los ojos vendados, oyendo al vacío gritar tu nombre, a los pájaros pedir ayuda al cielo y a los árboles susurrarte palabras de ánimo. Pisas cada tablón de manera con firmeza, sin temer por la caída ni por la muerte, pues te sientes vivo. Caminas erguido, dando tumbos, buscando peligros, ahogándote en sudor, entablando conversación con el cansancio. No te das cuenta de lo que has sido capaz hasta que abres los ojos y echas un vistazo a la realidad. Pavor. Angustia. Demasiado que soportar. Y vuelves a cerrar los ojos, con tu pelo quebrado, tus ojos llenos de arena y tu piel arañada por la corteza de los árboles; pero ahora eres valiente, ahora conoces la ignorancia y no quieres deshacerte de ella.

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