domingo, 27 de mayo de 2012

Llévame hasta el fondo del mar.

Los efectos del alcohol se dejaban asomar en sus miradas, pero muy levemente. La playa relucía sin estar presente el sol, se bastaba con reflejarse en las nubes; las olas llegaban hasta sus pies, sus manos y su ropa, empapando su cuerpo y absorbiendo toda la euforia que transmitían. La botella —vacía, olvidada, destartalada— que se habían bebido parecía enterrarse cada vez más; estaban seguros de que terminaría por desaparecer.
—Siempre he querido ser una sirena —dijo acariciando el brazo de él, pero sintiendo ella las cosquillas.
—¿Para qué?
—Para poder vivir en el fondo del océano, alejada del mundo que conocemos. Eso sí, junto a ti.
—Si hiciéramos eso yo no podría estar contigo.
—¿Por qué?
—Porque no podría respirar.
—Yo me encargaría de darte oxígeno a través de mis besos.
—Eso solo ocurre en los cuentos de hada —sonrió.
—Pero este no es un cuento de hadas cualquiera, es nuestro —resaltó— cuento de hadas.


Sin decir nada, sin mirarla —simplemente dirigía sus ojos hacia el cielo— la cogió de la mano, entrecruzando sus dedos con los de ella, clavando sus yemas en sus palmas, imaginando sentir el latido de su corazón acelerarse por el contacto de su piel.
—Mañana, cuando estemos sobrios, ¿me despertaré a tu lado?
—No solo eso, sino que despertarás rodeada por mis brazos y mis labios en tu nuca.
Sonrió ampliamente. Muy ampliamente. Y se levantó; con paso torpe, dando pequeños tumbos y zarandeándose hacia los lados, entró en el agua. Él la siguió, deseando que sus piernas se transformaran en una bella cola, deseando que se cumpliera su sueño de ser una sirena.
—Llévame hasta el fondo del mar —le dijo.
—Déjame besarte —se acercó a su rostro— en el fondo del mar.
Y con ese beso, se sumergieron bajo el océano, respirando con cada bocanada la euforia que no absorbían las olas.

sábado, 19 de mayo de 2012

Morir para vivir.


Muerte. Está prohibido temer lo inevitable; es necesaria una agria resignación para seguir adelante, jamás mirar atrás, soñar sin querer y amar sin cordura. Queremos librarnos de esas cadenas que nos amarraban a la tierra y que no nos dejaban ir al cielo, pero ahora somos capaces de lanzarlas al vacío, verlas caer y escucharlas estrepitarse contra el suelo. Que la hierba está para que pinche, las olas para tragarnos y las nubes para arrebatarnos nuestra imaginación. Toca estornudar el alma, verla volar y arder por los rayos del sol.
Calma. Cierra los ojos y odia el silencio; grita. El viento ha llegado para mecerte y resucitar la parte de ti que todavía sigue con vida: tu mente. Mantente firme sobre la nada, apóyate en el universo, susurra canciones, respira, disfruta. Nuevas sensaciones, jamás experimentadas, se ciernen sobre ti. Saben dulces, algunas saladas, pero ninguna araña tu garganta.
Que no duela imaginar, que no duela caminar sobre una realidad que tú mismo has creado. Felicidad. Olvida tus cadenas, borra tu pasado y escribe tu presente, nada de futuro. Al fin has conseguido no temer por las consecuencias, "que le jodan al mundo" piensas, haciendo retumbar tus ideas en el cielo. Que ahora la hierba te acaricia, las olas te abrazan y las nubes te sonríen. Al fin has logrado tu objetivo: morir para vivir. Libertad.

lunes, 14 de mayo de 2012

Y te besé. Sin más.

Estoy sentado en las escaleras, acompañado de una solitaria oscuridad que no deja de pasearse entre los peldaños. Pienso en ti —para variar— y dejo que el cosquilleo de mi estómago viaje por las venas de mi cuerpo e intente iluminar una luz que hace mucho tiempo que no ha sido encendida; pero sin éxito. En realidad estoy acostumbrado, no es fácil deshacerse de tal monotonía cuando tú mismo deseas quedarte con ella.
—Soy gilipollas —susurro para mis adentros mientras mi respiración se entrecorta por el frío.
—¿Por qué?
Oigo tu voz levemente cerca de mí y me sobresalto, aunque por dentro haya gritado de alegría. No sé qué contestar. De hecho, no sé si quiero hacerlo. A veces, las palabras que salen por nuestros labios son demasiado vulnerables como para volver a entrar, y permanecen suspendidas en el aire siendo recordadas por nuestras malditas neuronas. En un acto reflejo te invito a que te sientes a mi lado —lo estaba deseando—. Huelo tu olor, tan característico, tan tranquilizador para mis entrañas. Evoca en mí demasiados sentimientos como para dejarlos al descubierto, por lo que callo y miro al suelo, provocando así en ti una horrible incertidumbre.
—¿Vamos a estar callados el resto de la noche? —preguntas.
—¿Pretendes quedarte?
—¿Por qué no?
La pregunta sería, ¿por qué sí? ¿Por qué siempre tengo la sensación de que esa química que caldea el aire es por nosotros? ¿Por qué, segundos después, me doy cuenta de que no son más que tonterías e inútiles quebraderos de cabeza? Típicas preguntas sin respuesta a las que, por más que busco un sentido, solo encuentro desilusiones.
—Quiero decirte algo —suelta mi alma sin que mi conciencia quiera.
—Dime.
—Puedo decírtelo con palabras o puedo demostrártelo. ¿Qué prefieres?
—Primero las palabras.
—Te quiero.
—¿Y cómo piensas demostrármelo?
Y te beso. Sin más. Esperando a que apartes tu rostro del mío y la incomodidad me ciegue, me ensordezca y me obligue a salir corriendo; a huir como siempre he solido hacer por miedo a enfrentarme a un tal vez.


domingo, 6 de mayo de 2012

Un sueño con piernas que camina por la realidad.

Y entonces te conviertes en ese superhéroe que tanto añorabas ser, con el que eres fuerte y valiente. Levantas la cabeza y divisas el cielo, ese que sueles volar para sentirte libre, junto al sol cuyos rayos llegas a acariciar, junto a unas falsas estrellas que brillan como nunca antes lo han hecho, junto a las nubes que despiertan tu imaginación. Ahora puedes luchar para no ser vencido, puedes ver más allá de una mirada, de unas palabras e, incluso, de tu propio cuerpo; puedes ver tu interior: resplandeciente, tu alma incandescente, tu corazón rebosante de vida. Controlas la noche y todos los movimientos de tu cuerpo, eres imparable, para nada vulnerable, un sueño con piernas que camina por la realidad.


Pero llega un momento en el que te das cuenta de que todo lo vivido ha sido una mera fantasía. Nunca has llegado a convertirte en ese superhéroe de ensueño sino que te has transformado en todo lo contrario. Levantas la cabeza y no hay cielo, solo un techo que te resguarda de la lluvia y del frío aunque este último parece colarse ligeramente entre las grietas de las paredes. Lanzas puñetazos al aire, sangras, dejas de respirar, mas sigue doliendo. No ves tu interior, pero lo sientes palpitar y transportar dolor a cada ápice de tu cuerpo: es oscuro, tiene tu alma rota en pedazos y un corazón cubierto entre espinas y penurias. El descontrol ha acabado contigo.
La jeringuilla sigue unida a tu piel, las pastillas siguen en tus bolsillos, el alcohol lo ha evaporado el viento. Tú yaces en el suelo, soñando que eres un superhéroe que no sabe lo que es destruir todo cuanto se cruza en su camino.