viernes, 6 de julio de 2012

Dueles.

Necesito desahogarme, ¿sabes? Tengo que decirle tanto a la nada que no sé por dónde empezar. Lo primero es que sé que tú esto no lo leerás, y si lo lees jamás pensarás que es para ti. Ojalá y lo hicieras y sonrieras y rogaras a un Dios que no existe que mis palabras te las dedicara a ti. Mi mente está llevando las palabras a través de mi sangre hasta mis dedos. Duele. El amor, duele. Lo que siento por ti, duele. Dueles. Porque soy imbécil, el mayor del mundo. Porque me estoy autodestruyendo pensando en ti, en lo que podríamos ser cuando, en realidad, no hay nada más que lo que mis ojos ven. No me gusta sentirme así, para nada, odio esta rabia interna que rellena mi almohada, esta impotencia que tengo por sábanas y que frena mis brazos para traerte hasta a mí. Aun así, me gustas. Mucho. Muchísimo. Pero no quiero que sea así. No quiero que me guste la forma que tienes de mirarme a escondidas, ni tu sonrisa, ni la manera en la que cierras los ojos cuando ríes. No quiero que me guste cuando, después de estar sentados en el césped, se queda la marca de la hierba en tu piel. No quiero que me encante cuando el sol hace brillar tus ojos, cuando puedo sentir su envidia ante el destello de tu alma. Que brillas más que las estrellas, aunque sea el único capaz de verlo. Que yo soy lo que buscas, aunque no quieras encontrarme. Que yo soy lo que deseas, aunque creas que tus deseos ya se han cumplido. Y besarte y abrazarte y quererte más y sentirte y respirarte y hacer que la vida se alargue sin nosotros envejecer y adorarte y mimarte y, sencillamente, amarte. Soy idiota. Sí. Y, encima, un idiota enamorado. Pero de ti.

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