martes, 3 de julio de 2012

Las normas están para incumplirse.

La lluvia había hecho que la ciudad se reflejara en el asfalto. Una mezcolanza de colores, luces de neón y sensaciones acompañaban a los transeúntes en la noche. Yo todavía caminaba bajo mi paraguas, aunque las gotas habían dejado de caer hacía varios minutos. Los coches iluminaban mi rostro sin mi consentimiento, prefería resguardarme entre las sombras y no ser visto por mirada indiscretas. ¿La razón? Me gustaba pasar desapercibido, no ser descubierto, que no me dijeran que me habían visto y que no me había dignado a saludar. El viento paseaba entre los edificios, húmedo y frío, como siempre. También añoraba hundir mis dedos en él, cubrir mis dedos de su envoltura y empaparme del aire que otros habían respirado. Me encantaba pensar que era un cuerdo en un mundo de locos, que la normalidad no existe, sino una extraña rareza que nos caracteriza a cada uno de nosotros. Adoraba enamorarme de desconocidos un día de lluvia, imaginarme cómo serían sus vidas, sus sueños y aspiraciones y, sobre todo, sus risas. De hecho, cuanto te vi a ti pensé en cómo podría rozar esos hermosos labios:

"—¿Me dejas? —te diría, acercándome con sigilo y sonriendo cálidamente.
—¿El qué?
—Besarte.
—No —responderías, expresando una leve molestia.
—Pues las normas están para incumplirse."

Creía que el cielo era el límite y que los rascacielos no llegaban ni a hacerle cosquillas, de eso se encargaban los pájaros. La lluvia había conseguido ahogarme tanto a mí como a mis penas, sin recurrir al alcohol; mi resaca no era más que la incertidumbre de lo que me esperaría al levantarme, cuando llegara mi turno de apartar las sábanas y despertar. Malgastaba mi tiempo en dejarlo pasar. Caminaba sin andar. La noche era demasiado corta como para no poder seguir paseando bajo mi paraguas, escondiéndome de todas las miradas menos de la tuya, enamorándome de ti y queriendo besarte en cada instante en el que la lluvia golpeara tu piel.


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