martes, 7 de agosto de 2012

Tus once lunares.

Es todo demasiado extraño y demasiado inusual como para que sea capaz de asimilarlo. Siento un característico cosquilleo en mi estómago, que contagia a mi corazón una estrepitosa velocidad; siento un vacío que soy incapaz de rellenar y creo que todas mis soluciones están en ti. ¿Cómo quieres que siga adelante cuando ya he visto las marcas de las sábanas en tu piel? He contado los lunares de tu espalda —once, como para no recordarlo— y podría describirte cada ápice de tu cuerpo con total exactitud. Me gusta mirar tus pestañas mientras duermes, cuando crees que estamos soñando juntos; me gustan tus temblores cuando la brisa de la ventana azota tu cuerpo sin tu permiso; me gusta el color que resurge de tus mejillas y la forma en la que curvas los labios cuando sonríes bajo un hermoso sopor. Tu respiración en mi piel. Tu mano rozando mi pierna. Tus pies acariciando los míos. Demasiado maravilloso como para ser compatible con la realidad. Sigues siendo igual de desconcertante, tu forma de actuar hace que mi lengua diga la palabra "bésame" y todo el miedo que conlleva soltarlo la vuelve a introducir en mi alma. Odio las dudas que hurgan en mi mente y excavan mi corazón dejando marca y dolor. Odio tener que ser valiente para hallar respuestas que no quiero escuchar. Odio no poder acariciarte el brazo para ver cómo la piel de gallina te recubre.
Odio esto. Pero te amo a ti.


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