jueves, 27 de septiembre de 2012

Inalcanzable.

Últimamente, mis manos se mueven a una velocidad vertiginosa cuando las coloco encima del teclado. Parecen ansiosas de contarles al mundo lo que su dueño siente. El problema es que es sobre ti y me prometí que no volvería a dedicarte uno de mis textos, pero son las promesas que me hago a mí mismo las únicas que me permito romper. Debería ser capaz de olvidarte, de mirarte y no sentir nada, ni el mínimo cosquilleo recorriendo mis costillas hasta llegar a mi estómago; pero parece ser que no quiero aceptar el hecho de que ahora, eres totalmente inalcanzable. La duda era una asesina a sueldo que me mataba poco a poco, pero la verdad me ha propinado tal puñetazo que todavía siento dolor. ¿Sabes qué es lo que me fastidia? Que con cada latido bombeo parte de ti a todo mi cuerpo, y es esa esencia que todavía guardo la que, de nuevo, está acabando conmigo. Debería dejar de enamorarme de ti día tras día, porque lo único que consigo es acrecentar mi agonía, sin embargo todavía no logro acostumbrarme a vivir sin una ilusión, que eras tú. Me da pena ver que todos mis deseos se desvanecieron en un instante, en el mismo instante en que me sinceré, creyendo que estaba preparado para una respuesta que ya conocía, pero que no quería conocer. Fue entonces cuando me di cuenta de que el mundo no iba a pararse para mí. Nunca lo hace. Sigue un rumbo acelerado y egoísta. O quizás el egoísta sea yo. Debería deshacer los nudos que todavía me atan a ti. Debería, pero mis manos están demasiado débiles para hacerlo, malgastan su energía en escribir sobre ti cuando juré y perjuré que no volvería a hacerlo, porque sabía que afloraría unos sentimientos que intenté, por todos los medios, esconderlos bajo mi piel. Creía que ibas a ser el comienzo de una bonita historia, sin embargo has acabado siendo una novela interminable con las páginas en blanco, mojadas por mis lágrimas y arañadas por mis uñas. Has terminado siendo todo lo que yo no quería: un amor imposible.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Believe.


No necesitaba peinarse, el aire lo hacía por ella mientras azotaba su rostro levemente magullado. Pedaleaba tranquila, mirando al frente, esperando divisar el final de su camino que nunca llegaba. Apretaba con fuerza el manillar, aferrándose a lo único que tenía.
—¿Por qué huyes? —le preguntaron las hojas de los árboles.
—No huyo, busco una nueva oportunidad —gritó a la nada.
—Caerás en el intento —piaban los pájaros sobre su cabeza, como esperando a que se derrumbara y se convirtiera en una dulce carroña.
No había llegado a su destino cuando paró en seco, deseando que una fuerte lluvia la golpeara y transformara la tierra en barro, así podría hundirse sin sentir dolor. Dejó la bici a un lado y apartó su flequillo de sus ojos. Las nubes se paseaban sobre el agua, flotando como los patos que solía ver surcando los cielos. Se percató de que todavía tenía esa cara de niña al mirarse en el reflejo del lago; jamás la había abandonado y, de hecho, nunca lo haría. Era parte de ella.
—¿Por qué sufres? —le preguntaron los peces.
—Porque es lo único que me permito hacer conmigo misma —susurró.
—Mereces vivir —dijo el sol acariciando su mejilla cariñosamente.
Por unos instantes quiso fusionarse con su reflejo e ir a ese mundo que tanto ansiaba conocer, a ese universo que había creado pero que se había perdido entre la pintura de un cuadro, la tinta de una historia y las notas de una canción. ¿Para qué vivir una mentira real cuando podía vivir una verdad distorsionada? La inocencia brillaba en sus pestañas, junto a sus lágrimas.
—¿Por qué lloras? —le preguntó el viento.
—Porque soy fuerte —contestó.
Sin embargo, esta vez, no obtuvo ninguna respuesta, porque sabía que ya las había escuchado todas. Se levantó, fue hacia su bici y siguió pedaleando dejando atrás su reflejo, sus ilusiones y su llanto. Se perdió entre bosques, encinas, montañas y valles; rió cuando tenía que llorar y suspiró cuando tenía que respirar. Aunque, jamás volvió. Libertad.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Corazón quebrado, alma envenenada. Pero soy fuerte.

Hoy es un día especial. Sí. Hoy, seis de septiembre, es un día especial. No el más feliz de mi vida —ojalá y lo hubiera sido— pero aun así, jamás lo olvidaré. Tengo el corazón quebrado y el alma envenenada por mantenerla tanto tiempo encerrada; he pasado miedo, he temblado —y no de frío— y me he quedado sin habla en unos pocos minutos. Pero, sinceramente, siento una agria felicidad. He saboreado una horrible decepción que todavía está asentada en mi paladar, pero que no tardará en irse. He aprendido unos valores que mantendré conmigo el resto de mi existencia: ser fuerte, porque lo que he conseguido hasta ahora era impensable para mis sentidos. Mantenerse de pie, caminar erguido, tropezar, caer, levantarse; ser valiente, porque ser cobarde es demasiado fácil, que si las palabras no salen de tus labios debes arrancarlas con los dedos y dejarlas flotar. Ten por seguro que llegarán a manos de alguien que les dé significado; y aceptar con resignación que las cosas no tienen por qué salir como uno quiere. Siempre tendré los mismos miedos, se han clavado con uñas y dientes en mí, pero ahora sé que pueden superarse o, en el peor de los casos, olvidar que están ahí. Mis heridas se curarán con el tiempo, el viento recogerá mi sangre y la lluvia sanará mi cuerpo.
Hoy es un día especial, porque debo darte las gracias. El destino te ha colocado en mi camino de manera precisa y acertada. Me has cambiado la vida. Aun así, no pienso volver a escribir sobre ti. Nunca más. ¿Te has percatado de que todo llega, pero que tú nunca llegaste? Porque el amor duele más que un rasguño y yo ya me he cansado de sufrir.