domingo, 23 de septiembre de 2012

Believe.


No necesitaba peinarse, el aire lo hacía por ella mientras azotaba su rostro levemente magullado. Pedaleaba tranquila, mirando al frente, esperando divisar el final de su camino que nunca llegaba. Apretaba con fuerza el manillar, aferrándose a lo único que tenía.
—¿Por qué huyes? —le preguntaron las hojas de los árboles.
—No huyo, busco una nueva oportunidad —gritó a la nada.
—Caerás en el intento —piaban los pájaros sobre su cabeza, como esperando a que se derrumbara y se convirtiera en una dulce carroña.
No había llegado a su destino cuando paró en seco, deseando que una fuerte lluvia la golpeara y transformara la tierra en barro, así podría hundirse sin sentir dolor. Dejó la bici a un lado y apartó su flequillo de sus ojos. Las nubes se paseaban sobre el agua, flotando como los patos que solía ver surcando los cielos. Se percató de que todavía tenía esa cara de niña al mirarse en el reflejo del lago; jamás la había abandonado y, de hecho, nunca lo haría. Era parte de ella.
—¿Por qué sufres? —le preguntaron los peces.
—Porque es lo único que me permito hacer conmigo misma —susurró.
—Mereces vivir —dijo el sol acariciando su mejilla cariñosamente.
Por unos instantes quiso fusionarse con su reflejo e ir a ese mundo que tanto ansiaba conocer, a ese universo que había creado pero que se había perdido entre la pintura de un cuadro, la tinta de una historia y las notas de una canción. ¿Para qué vivir una mentira real cuando podía vivir una verdad distorsionada? La inocencia brillaba en sus pestañas, junto a sus lágrimas.
—¿Por qué lloras? —le preguntó el viento.
—Porque soy fuerte —contestó.
Sin embargo, esta vez, no obtuvo ninguna respuesta, porque sabía que ya las había escuchado todas. Se levantó, fue hacia su bici y siguió pedaleando dejando atrás su reflejo, sus ilusiones y su llanto. Se perdió entre bosques, encinas, montañas y valles; rió cuando tenía que llorar y suspiró cuando tenía que respirar. Aunque, jamás volvió. Libertad.

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