domingo, 7 de octubre de 2012

Él era el incendio de un bosque.


Sabía que iba a empezar a llorar cuando un cosquilleo le aparecía en la nariz y llegaba hasta sus ojos. Sin poder remediarlo el mundo que conocía se iba desvaneciendo, humedeciendo. Al final dormía ahogado en sus lágrimas, más saladas y espesas que nunca. Aquella situación le arrebataba toda su energía. Jamás pensó que la vida pudiera ser tan puta. Si todo ocurría por alguna razón, ¿qué lección quería darle el destino esta vez, acumulando problemas y situaciones que nunca hubiese querido comprender? Buscaba inocencia y encontraba dolor; deseaba ignorancia y se topaba de bruces con la realidad. Murmurar injurias no mejoraba las cosas, de hecho, las empeoraba, pero era el único medio que tenía para desahogarse con plenitud, pues, cuando escribía, algunos sentimientos se quedaban encerrados entre sus uñas y nunca volvían a resurgir. Sabía que era fuerte cuando lanzaba las sábanas al otro lado de la cama y se levantaba, pero últimamente eso no parecía funcionar. Que una sonrisa no significa alegría, pero una lágrima tampoco tristeza. ¿Podéis imaginaros que nunca había llorado de felicidad? La vida no le había brindado ninguna situación que lo requiriese. El dolor físico tenía fecha de caducidad, pero el emocional no, se agarraba a sus entrañas día a día, creciendo con lo que comía, aprendiendo a sobrevivir cuando es olvidado y sabiendo volver para ser recordado. Perdura en el tiempo más que un golpe, porque este te da uno detrás de otro sin dejar tiempo a la curación. Y, cuando conseguía conciliar el sueño, se percataba de que la ventana estaba abierta y de que el frío había convertido las lágrimas en escarcha. Era entonces cuando quería pedir perdón. Perdón por no conseguir avanzar y quedarse estancado en el mismo montón de mierda de siempre, que él mismo había formado. Perdón por sus enfados repentinos  y por las palabras que salían de su boca pero que, en realidad, no tenían ningún significado para él. Perdón por todos los errores que había cometido y que ya no podría enmendar, por dejarse guiar por su cuerpo y no por su alma, por haber creado todos sus problemas. 
Porque, él era el incendio de un bosque. Autodestrucción.

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