miércoles, 10 de octubre de 2012

Ese mundo sin recuerdos.

Estaba sentado en su butaca de siempre —amedrentada por el transcurso de los días— con las manos en las rodillas, en silencio y aparentemente impasible, en frente del televisor, observando las imágenes moverse de un lugar a otro, aunque sin prestarles demasiada atención. La luz que atravesaba las ventanas iluminaba su cara, ya desgastada por la edad. Yo lo miraba con curiosidad y con cariño desde el otro lado de la habitación, congelaba el tiempo durante unos instantes para poder mirarle sin que nadie me objetara nada; llevaba tiempo sin verle y, aun habiendo pasado apenas un mes, estaba muy diferente. Desperté de mis pensamientos y me acerqué para sentarme a su lado, sin embargo, no parecía haberse percatado de que estaba ahí. Desde aquella perspectiva, la luz hacía brillar sus hermosos ojos azules —esos que me habían cuidado no hacía muchos años atrás— y su pelo blanco parecía ridiculizar la viveza de la nieve. Pero, cuando se giró para preguntarme cómo me encontraba, sabía que aquel brillo había desaparecido. Era como si, en vez de mirarme, me atisbara desde lo lejos; el tono de su voz era distinto, ya no adquiría esa calidez que lo caracterizaba.
Me había convertido en un invitado más.
Me gustaba darle conversación y regalarle mi compañía, tenía la esperanza de que saltase alguna chispa en su cabeza y todo fuera como antes. Mas, no pasaba. Agregaba cosas sin sentido a las que yo no sabía qué contestar y sentía su frustración por haberse equivocado, yo le tranquilizaba diciéndole que no pasaba nada y, entonces, conseguía relajar sus músculos. De vez en cuando intentaba adivinar sus pensamientos, aunque eran meras suposiciones, sabría que jamás podría meterme en su cabeza y entender la manera que tenía de ver su nueva realidad.
Miré el reloj y, con tristeza, me levanté del sofá. Rodeé la mesa y me coloqué en frente de él —levantó la cabeza para mirarme a los ojos—, me acerqué a su oído y le susurré: "me tengo que ir. Te quiero, abuelo". Por un momento ese brillo familiar le inundó el rostro. "Y yo a ti. Estás hecho todo un hombre", me contestó. Anduve con paso lento hacia la puerta sin intención de marcharme del todo, pero, tras cerrarla, supe que ya no se acordaría de mí, que me había olvidado.
Él siguió sentado en su butaca de siempre, mirando el televisor sin prestarle atención a ese brillo con el que me había despedido y el cual se desvanecía poco a poco de su mirada, conforme pasaban los segundos. Regresó a ese mundo sin recuerdos, del que siempre intento sacarle pero al que siempre vuelve, como si estuviera encadenado a él. Aunque, me consuela saber que, a pesar de que él no se acuerde de mí, yo siempre le recordaré recordándome.

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