viernes, 2 de noviembre de 2012

Rancio hedor a gasolina.

Olía a gasolina, pero le gustaba el hedor; el cielo era gris, pero brillaba como jamás lo había hecho; la muerte pervivía, la vida palidecía ante su poder. No soplaba el viento, lo que era buena señal, significaba que no habría nada que lo empujase al caminar. El sonido de las alas de los insectos no le dejaba pensar, los disparos lo desconcertaban, los gritos le ensordecían. Metía las manos en los bolsillos para que el frío no las  atacara, las yemas de sus dedos comenzaban a transformarse en escarcha. Su sombra fue desvaneciéndose entre las baldosas, entre los charcos de barro que se mezclaban con los de sangre. La noche usurpó sin previo aviso la ciudad; la luna no era luna, era fuego. Los insectos cesaron de moverse para perecer, las balas se agotaron, el terror se dispuso a descansar y durmió en silencio, pero alerta.
Entendió que el mundo nunca paraba, si no que somos nosotros los que nos quedamos atrás; entendió que el concepto "fácil" era tan solo aplicable a lo que no tiene importancia, pues lo "difícil" es todo aquello que nos hace luchar.


Sus pisadas se clavaban en el asfalto y lo manchaban, dejando su huella, haciéndole vulnerable, descubriéndole al mundo. De repente, un sonido inocente y dulce parecía destruir el propio caos. Una nana sustituyó al viento, mecía las hojas de los árboles, movía las puertas haciéndolas chirriar, sin embargo, era agradable. Las nubes, en llamas como la luna, emergían de entre los edificios, evaporaban la sangre, el dolor y el miedo, aunque después lo convertían en una espesa niebla que se volvía permanente y lo rodeaba, impidiéndole ver el horizonte y dejando sus huellas olvidadas.
Comprendió, al fin, que estaba solo, y que lo estaría para siempre.
Y, poco a poco, conforme caminaba y los insectos resucitaban y la luna explotaba y la sangre hervía y los gritos resurgían de entre la muerte, el olor a gasolina se fue acentuando. Pero le gustaba.

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