miércoles, 6 de noviembre de 2013

Ese día.

Agarró el frío y lo echó de su piel, no aguantaba que lo abrazara.

Recordó ilusionarse y, segundos después, sentir cómo se hundía el mundo. Tener expectativas había perdido todo su sentido. "Mejor no esperar nada de nada ni nadie, así nunca podrá la desilusión hacerme daño", decía. Pero le era imposible. Era una persona tan llena de sueños y esperanzas que no podía frenar su imaginación por mucho que lo deseara, aunque, a su vez, era una persona tan frágil que el mínimo bache lo desequilibraba.
Recordó los escombros de sus prejuicios apoyarse en sus hombros y espalda, acumularse en su camino y dificultarle el paso. Su día a día se volvía complicado por momentos y el lo sabía. Sabía que era demasiado fácil echarle la culpa a esa asquerosa sociedad en la que estaba sumido —la misma que muchas otras veces lo había hecho fuerte—.  Su problema estaba en que creía saber que era débil, feo e idiota cuando no era nada de eso.

Y ese día no hizo nada por mejorar su vida.

Se reveló contra el viento, le gustaba sentirse más fuerte que él.

Recordó amar y no ser amado. Seguía sin entender por qué esas dos palabras no estaban obligadas a ir de la mano, a entrelazarse a través de un causa-efecto. Aunque al fin y al cabo no comprendía el amor —ni lo haría nunca; el amor no era algo que hubiese que entender, era algo que se sentía o no se sentía, que se tenía o no se tenía y que se sabía o no compartir—. Entonces, se dio cuenta de que al único a quien podía amar y recibir su amor, sin ninguna duda, era a sí mismo.
Recordó lo que le encantaba andar por la calle y mirar el alto de los edificios; sabía que era una de esas pocas personas que no se conformaban con lo que sus ojos le facilitaban cuando tan sólo miraba al frente. Las copas de los árboles eran mucho más interesantes que sus raíces y los pájaros mucho más hermosos que los pasos de peatones. Así que siempre que caminaba lo hacía despreocupado, sin nada en los bolsillos, sin deudas que pagar y sin desamores en los que pensar.

Y ese día lo hizo. Amó —se amó— y caminó —hasta que sus piernas decidieron parar—.

domingo, 25 de agosto de 2013

Huyendo del viento porque sabía que era imposible.

Hablaba para sí, teniendo como único oyente sus propios oídos y permitiéndose morir por dentro. En ese instante se imaginó a sí mismo corriendo por un maizal al igual que había visto en el cine americano, huyendo del viento porque sabía que era imposible...


Al igual que esa vez, le encantaba imaginar otras situaciones, bueno, más bien le encantaba soñar situaciones, pues sabía que no eran más que productos de su ruidosa imaginación. Por ejemplo, ayer imaginó estar sentado en un sofá, mirándola, a ella, a alguien que sólo existía dentro de su cabeza. Él tenía miedo, tanto que las palabras se escurrían en su lengua y escapan entre sus labios sin llegar a ser pronunciadas. Ella lo miraba con interés, en silencio, ya que sabía que en aquellos momentos debía dejarle que la valentía saliera de sus entrañas y fuera esta la que lo dirigiera. Entonces, se atrevió:

"—Tengo miedo a no ser suficiente. Temo no ser lo que tú te mereces —sus ojos se inundaron repentinamente—, que es lo mejor.

Pues entonces, te merezco a ti —se acercó a tan solo unos escasos centímetros de su cara. Él no la miraba, no era capaz—. Eres lo mejor que me ha pasado en mi vida y amaré tanto tus defectos como lo hago con tus virtudes. ¿Entiendes?

Él sonrió por primera vez aquel día. Y la miró como jamás antes la había mirado, una mirada indescriptible, de esas que sólo pueden ser sentidas. Y la besó. Y la abrazó. Y le dijo que la amaba no sabía cuántas veces".

Pero no había ninguna ella. No había nadie a quien mirar de aquella manera ni nadie que pudiera decirle que era lo mejor que le había pasado y que lo amaba. Quizá eso era lo más triste. Y permaneció allí, sentado en su silla, con la mirada perdida, imaginando, soñando. Sólo. Esperando que alguien le trajera flores a la tumba que él mismo estaba cavando.

lunes, 5 de agosto de 2013

Occasum.

El hollín impregnaba el ir y venir de los comerciantes. No llovía hacía semanas y, sin embargo, el suelo estaba totalmente embarrado, provocando que sus pies se hundieran y la fatiga fuera mucho mayor. El relincho de los caballos le avisó de la llegada de la guardia municipal y, con ellos, una sucia burguesía sedienta de lujos y joyas dispuesta a graznar en las gradas de un teatro. Mientras su alma palidecía, masculló el pequeño poema que tanto lo había atormentado en su infancia; el mismo cuyo abuelo le obligaba a recitar cuando alguna herida se dejaba asomar en sus rodillas o codos al caerse mientras corría.

"—Cuando la sangre brota,
el dolor arremete.
Mas, cuando el dolor asoma
la sangre no florece.

La fuerza es experiencia;
la experiencia, sufrimiento;
y, solo sin vergüenza,
habrá arrepentimiento".

Agarró su túnica fuertemente, la cual había arrebatado de las manos de un sastre no hacía mucho tiempo atrás, y cabizbajo se adentró por una callejuela huyendo de algo que él mismo desconocía. El dolor era insoportable; la vista comenzaba a fallarle, su frente hervía y la piel gritaba ser arrancada para dejar de sufrir. Subió las mangas hasta el codo y las costras parecían haber empeorado repentinamente. Entonces, entendió de lo que huía; comprendió que la muerte se había citado con él sin previo aviso. Cayó al suelo exhausto y su mente se desvaneció, corrió entre la tierra y el barro, entre el hollín, entre los corsés de las señoras y entre los fusiles de los guardas.
Y se unió al olvido; se unió a una historia que jamás se contaría a la hora de dormir.

sábado, 13 de julio de 2013

Quiere ser un mar embravecido.

No quiere dormir. No quiere sumirse en la oscuridad y en un silencio que es roto por el ruido de su mente; odiaría despertarse por una quebradiza luz que intenta irrumpir en su habitación a través de la ventana. No quiere hablar con las sombras ni que sus mensajes se traduzcan en sus sueños. No quiere comparar su vida con la de los demás. No quiere liderar injusticias. No quiere sentir que está vacío, ni que malgasta más la vida que el dinero, ni que sale más caro respirar que aguantar la respiración. No quiere sentir que cuando habla es mudo ni que cuando escucha es sordo. No quiere apreciar las pequeñas cosas porque sabe que si lo hace acabará viendo todo grande. No quiere enamorarse por muy inevitable que le resulte; no quiere notar cómo cada vez que piensa en ella sus vértebras se estremecen. No quiere creer en un puñado de sucios políticos, ni en un Dios que promete lo imposible, ni en un amor comercial, ni en una de esas canciones tristes de la radio. No quiere pensar con un cerebro de fábrica. Quiere ser un mar embravecido.
No quiere dormir, pero se duerme. No quiere oscuridad, pero forma parte de ella. No quiere amar, pero ama. No se quiere, y no hay ningún pero que se pueda interponer a eso.

domingo, 2 de junio de 2013

"¿Por qué ya no crees en el amor?"

—¿Por qué ya no crees en el amor?

Menuda pregunta me hacía. Aunque más me hacía su sonrisa.

—Porque no existe —contesté. Ella era rubia como la cerveza y estaba seguro que podía provocar en mí el mismo efecto que ese inquietante placer cuando la espuma se agarraba a mis labios. Adoraba el gesto agrio que decoraba su rostro cuando algo la desconcertaba, esa dulzura que tenía por mirada—. El simple hecho de planteármelo ya me hace pensar que es así. Aunque no es que no exista en este mundo, no es que sea una invención de la sociedad o de una empresa de bombones cuyo único objetivo es vender falsas ilusiones recubiertas de chocolate y con una rancia avellana en su interior, es que no existe para mí. Porque lo he sentido, pero nunca lo he compartido. ¿Y el amor no es eso, no es tener a alguien con quien desvivirlo? ¿No es alguien que complete tus carencias pero que comparta tus cualidades? ¿No es perfecta imperfección? No creo en el amor porque nunca me ha dado la posibilidad de creer en él.

En ese momento deseé que su respuesta hubiese sido "¿Nunca te ha dado la posibilidad de creer en mí?". Sé cual habría sido mi reacción. Sé que el corazón me habría estallado en el pecho y que mis pupilas se habrían hecho más grandes que el sol; comenzarían los temblores, esos que tanto odiaba por sentirme incapaz de controlar mi cuerpo. La habría mirado embobado, incrédulo ante sus palabras. Sin embargo, no era más que fruto de mi imaginación, su voz había retumbado en mi cabeza. Sólo ahí.

—Pues, para mí, el amor es lo único que me da fuerzas y esperanza. Es vida, calor, inmortalidad —me dijo sonriendo.

Le contesté curvando mis labios, levemente. Mi lengua reprimió un "entonces, amor eres tú" y callé como un cobarde. Y, una vez más, desfallecí por dentro.

domingo, 12 de mayo de 2013

Cautivo de las palabras.

Sin saber por qué, se sintió terriblemente joven —y de hecho lo era—. El café temblaba por el frío. Él, lo hacía por el miedo; por miedo a no ser suficiente, a fallar y ser incapaz de levantarse, a la triste y grisácea soledad. La mesa cojeaba cuando se apoyaba, al igual que lo hacía su vida cuando se amarraba a ella. El tiempo transcurría en las calles arrastrado por las suelas, las pestañas y las uñas de los transeúntes. Era así porque era la única manera de que pasara desapercibido; de ser olvidado y malgastado. En su caso, se quedaba atrapado entre los restos de napolitana que no había querido engullir.
—Me pregunto si soy el único de todas estas personas a quien le gusta pensar en voz alta —decía para sí entre leves susurros—. Estoy cansado de ser un esclavo de la libertad —se elevó las gafas con el índice mientras se daba cuenta de que añadía pensamientos de forma totalmente inconexa, pero no le importaba—. Estoy agotado —recalcó— de ser un esclavo de la libertad —volvió a repetirse.
Por otra parte, podían vislumbrarse a duras penas los granos de azúcar que habían aguantado en el interior de la taza. Eran más fuertes que él, eso lo tenía claro. Entonces agarró el asa con dos de sus dedos y llevó el café lentamente a sus labios, lo volcó y dejó que el sabor enfriado deleitara su paladar.
—Soy un cautivo de las palabras.
La volvió a dejar en el plato escuchando ese agudo sonido que provocaba el choque de la porcelana con el vidrio. Le visitó un escalofrío que se combinó con sus temblores. Llegó a doler. "Joder", pensaba, "deja de temerte". Suspiró de forma entrecortada y siguió clavándose sus miedos en la piel.
—A veces desearía poder arrancarme el corazón para dejar de sentir —masculló.
Y permaneció sentado, malgastando el tiempo que quedaba entre los restos de su napolitana, entre las gotas de su café, entre los picos mal cortados de sus uñas, entre las suelas rotas de sus zapatillas y entre sus largas y expresivas pestañas. Aunque, en realidad, no había nada que sentir.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Essentia.

El camino parecía eternizarse tanto que comenzaron a dolerme los pensamientos. Aun así resultaba placentero estirar levemente los brazos hacia los lados y acariciar árboles, malas hierbas y arbustos. El sol jugaba entre las nubes y, de vez en cuando, deseaba hundirme junto a él; fruncía el ceño al mirar al cielo e intentaba pellizcarlo con la ingenua intención de guardarme una parte de él. Pedía clemencia a la tierra, valor al mundo. Miraba de reojo mis pies para asegurarme de que estaba avanzando, tenía miedo de andar y no caminar. En aquel paseo me di cuenta que conocía más a los de mi alrededor que a mí mismo. Me percaté de mis errores, de que ruego a personas que nunca han llegado que se queden, de que amo a quien nunca me amará y de que fantaseo con ilusiones repletas de zarzas que no hacían más que arañar mi ser. Por eso, en aquel instante, lo único que quería era perderme entre bosques. Entonces, el rumor de un río se escurrió entre las ramas hasta llegar a mis oídos. Era hermoso. Dejé fluir mi mente entre las hojas y me evadí de la realidad, de mis reflexiones y de mis dolorosos raciocinios. Caminaba sin rumbo pero con un destino prefijado; no sabía cual era mi dirección ni qué constelación me guiaría por la noche,  pero sí la senda que debía seguir.
Que piense por mí el viento, que le jodan al tiempo.


sábado, 30 de marzo de 2013

Querido desconocido, esta noche quiero pensar en ti.


Sus manos parecían repeler la máquina de escribir. El folio osaba querer huir de entre las teclas y escupir todas las letras que él le había tatuado. Mientras que los sentimientos seguían bullendo en su interior recorriendo cada una de sus vértebras, su mente estaba en blanco, incapaz de expresarse. Apartó la mirada y se irguió hacia atrás haciendo crujir su espalda y el respaldo de la silla, ignorando el tiempo que había transcurrido desde la última vez que miró tras la ventana. Recordó que seguía siendo invierno cuando pisó descalzo el suelo, imaginando que con cada pisada marcaba el piso con escarcha. Se sentía un espejismo, totalmente vulnerable. En aquel instante echó de menos enamorarse, sentir que podía evadirse pensando en ella, que con mirarla se emborracharía, que con olerla se colocaría. Echó de menos esos amores efervescentes que se diluían con el paso de los días de una forma vertiginosa. Sin embargo, por otra parte, extrañó el inmenso vacío que lo había estado acompañando últimamente. Un vacío que ansiaba ser llenado pero que prefería vivir en soledad.
Volvió a la mesa, donde había dejado abandonados sus pensamientos, y releyó para sí lo que llevaba escrito:

"Querido desconocido:
Esta noche quiero pensar en ti. Quiero pensar que tu vida no es tan desdichada como la mía, que eres feliz con lo que tienes y no con lo que te gustaría tener. Quiero pensar que nunca cometerás los errores que yo cometí o que, si ya lo has hecho, sabrás superarlos de la mejor de las maneras. Quiero pensar que nunca dudarás de quién eres; que jamás te alimentarás de falsas ilusiones, de amores imposibles o de destructivas fantasías; que sabrás aprender del pasado pero sin quedarte estancado en él; que sabrás distinguir entre ser diferente y ser tú mismo; que siempre querrás a las personas adecuadas; que volarás aún estando despierto; que no llorarás dejando escapar tus sueños.
Quiero pensar que disfrutarás de lo insignificante y que verás lo que otros no son capaces de ver, pues al fin y al cabo la vida se reduce a esos pequeños momentos. "

Y, en ese preciso instante, sintió que era pura euforia.

jueves, 7 de marzo de 2013

Tengo que empezar a ladrarle a la vida.

Me duele darme cuenta que eras mi puta fuente de inspiración. Ahora que la prepotente realidad irrumpe en mi vida, sustituyendo a la antigua y ciega, no tengo ningún texto con el que deleitar mis manos. He perdido esa chispa que convertía mis palabras en magia. O quizás has sido tú la que ha disipado todo eso. O sencillamente lo que ha ocurrido es que te doté con esa cualidad que nunca tuviste: la cualidad de saber enamorarme porque yo quería que lo hicieras. Tocarnos y destrozarnos. Voy en busca de una luz tenue que no ilumine, pero sí que me haga vislumbrar entre la oscuridad, de preguntas vacías y respuestas repletas de sabiduría, de una enfermedad mental que me haga distorsionar el mundo al que estoy acostumbrado, de un cambio, de una injusticia por la que luchar en vano, de ocupar el sitio que dejaste en mi cama, de ser por primera vez en mi vida correspondido, de enamorarme de una causa perdida.
Que todo llega, pero que tengo prisa por que llegue. Sin embargo  no estoy seguro de querer encontrar otra musa. No quiero escribir sobre un amor que nunca leerá, que nunca reclamará como suyo. Odiaría ser esclavo de unos sentimientos que no me pertenecen, de falsas ilusiones. Solo me gustaría alguien con quien follar hasta saciarnos; alguien a quien acariciar no con mis manos sino con mi voz y mi mirada; alguien con quien el roce no haga el cariño, que origine química; alguien con quien deshacer camas, destrozar paredes; alguien con quien el tiempo no duela, con quien la vida no pase. Sencillamente alguien.

sábado, 9 de febrero de 2013

Cuando las grietas siguen ahí.


Cada vez que se desperezaba estiraba los brazos hasta intentar tocar el techo, el cielo o el espacio exterior. Era un alcohólico, un infantil y un demente porque había oído decir al mundo que solo los borrachos, los niños y los locos decían la verdad. Un rebelde. Un renegado. El que pisaba la realidad y se quemaba. El que tenía recuerdos nublos de justicia. El que estuvo aquí; el que amó y vivió, sobre todo amó. Aun así, cometer errores parecía haberse convertido en su único don; y ella era su error favorito.

—Todavía fluyes entre mis venas —musitaba, sintiendo cómo rebotaba en los ventrículos y aurículas de su corazón, haciéndolo con más intensidad cuando la luna se colocaba en lo alto de la noche.

Del amor al odio había un pequeño paso y él estaba a punto de darlo. Porque por mucho que unas las piezas de algo destrozado, las grietas siguen ahí.
Tenía por cadenas todos sus recuerdos y, cuanto más intentaba avanzar, mayor era la fuerza con la que se clavaban en su piel. Le faltaba el aire a la hora de respirar palabras; se le secaba la boca al pensar. Ansiaba por un momento dejar de sentir, arrancarse esa capacidad de sus entrañas y, simplemente, sentir que no sentía nada. Deseaba tener fe —sería algo bueno a lo que amarrarse—, pero su sentido común le impedía creer en un Dios que jamás respondería a sus llantos. La vida era sinuosa, prepotente, injusta; y él lo sabía. Más que ser fuerte estaba comenzando a ser inmortal, sus esfuerzos por seguir adelante, saborear las adversidades y escupir a los ojos de la sociedad eran igual de grandes que el Sol; un Sol que había dejado de iluminarle para comenzar a incinerar.
Su voz podía perder su significado al entrar en contacto con el aire, pero aquella mirada, su mirada, cortaba el viento. Era jodidamente inquebrantable.

sábado, 19 de enero de 2013

"Floating in ecstasy".

He decidido que voy a evaporarme. Correr la cortina y que el polvo salga huyendo, que mi sol sea una bombilla; apagar la ciudad para ver las estrellas, arrancar las farolas; barrer mis miedos, fregar mi alma; que el suelo cruja con mis pasos, sentir el miedo a caer y de jamás volver a levantarme; que las paredes cambien de color al parpadear; romper mil espejos y malgastar mi mala suerte. Quiero que me devuelvas mi sentido común, que una ráfaga de aire me arrebata el frío. Quiero no soñar que se acaba, que el final queda lejos. Quiero bajar del cielo, que queda mucho por vivir. 

Dejamos de ser. Anhelo que seamos. Somos lo que somos.

He decidido que voy a perderme. Camuflarme entre las nubes y descender en picado hacia la tierra; despertar bajo árboles, inmune a las gotas de rocío; nadar entre bosques, caminar en el fondo de los ríos, alimentarme de susurros; sentir mi poder hasta en los huesos; escapar de mis cadenas. Soñar que puedo vivir atado a mi mente, que no existe cambio alguno que anule mi pensamiento, mis instintos y mis ilusiones.

Las aguas pueden volver a su cauce, pero el río ya no será el mismo.

He decidido que voy a flotar en la estratosfera. Voy a cruzar los océanos como nunca antes lo he hecho, por mucho que deseé ahogarme en ellos cada vez que te vas. Encontraré refugio en las olas aunque sepa que son capaces de traicionarme. Entiendo que los rayos del sol son diferentes a los de la luna y por ello no me importa verme reflejado en ellos. No quiero amores famélicos, hambrientos y sedientos. No quiero una lluvia torrencial e impaciente. No quiero un cielo roto por mis manos. No quiero navegar si no es en tu saliva.

domingo, 6 de enero de 2013

Liarme el aire y fumármelo.


No quiero montarme en aviones, quiero subirme a las nubes y ver mundo, ser un pájaro más. Pisar islas, hundirme en el mar, marcar continentes con mis huellas; arrancar la hierba con las yemas de mis dedos, mecerme con el viento, nadar en la noche, revivir con la luz del sol. Mi compañera será la soledad, mi mente mi guía y mis pies mi único soporte. Quiero odiar y amar en su justa medida, encontrar el término medio, ser mi propia balanza. Ansío sentirme arropado por culturas y admirar lo diferente, conocer a desconocidos y no juzgarnos, sencillamente, respetarnos. Quiero sentir cómo me oxido con cada bocanada, cómo cada vez que respiro envejezco unos segundos más. Que sea la última vez que tema arriesgarme, equivocarme y desvivirme; que sea la primera vez que deseé acariciar la vida y amarla aún sabiendo que no es lo que quiero. Encontrarme al perderme, correr al caminar, soñar despierto. Aprender con cada paso y no permitirme el olvidar los buenos recuerdos, pues serán mis ojos los que fotografiarán mis días. Ojalá y sienta que los años se transforman en meses, estos a su vez en semanas y, así, hasta confundir el tiempo, que no duela esperar.

Liarme el aire y fumármelo, colocarme con la lluvia, beberme el cielo, emborracharme con las estrellas, volar por tu piel y acampar en tus pupilas.