domingo, 12 de mayo de 2013

Cautivo de las palabras.

Sin saber por qué, se sintió terriblemente joven —y de hecho lo era—. El café temblaba por el frío. Él, lo hacía por el miedo; por miedo a no ser suficiente, a fallar y ser incapaz de levantarse, a la triste y grisácea soledad. La mesa cojeaba cuando se apoyaba, al igual que lo hacía su vida cuando se amarraba a ella. El tiempo transcurría en las calles arrastrado por las suelas, las pestañas y las uñas de los transeúntes. Era así porque era la única manera de que pasara desapercibido; de ser olvidado y malgastado. En su caso, se quedaba atrapado entre los restos de napolitana que no había querido engullir.
—Me pregunto si soy el único de todas estas personas a quien le gusta pensar en voz alta —decía para sí entre leves susurros—. Estoy cansado de ser un esclavo de la libertad —se elevó las gafas con el índice mientras se daba cuenta de que añadía pensamientos de forma totalmente inconexa, pero no le importaba—. Estoy agotado —recalcó— de ser un esclavo de la libertad —volvió a repetirse.
Por otra parte, podían vislumbrarse a duras penas los granos de azúcar que habían aguantado en el interior de la taza. Eran más fuertes que él, eso lo tenía claro. Entonces agarró el asa con dos de sus dedos y llevó el café lentamente a sus labios, lo volcó y dejó que el sabor enfriado deleitara su paladar.
—Soy un cautivo de las palabras.
La volvió a dejar en el plato escuchando ese agudo sonido que provocaba el choque de la porcelana con el vidrio. Le visitó un escalofrío que se combinó con sus temblores. Llegó a doler. "Joder", pensaba, "deja de temerte". Suspiró de forma entrecortada y siguió clavándose sus miedos en la piel.
—A veces desearía poder arrancarme el corazón para dejar de sentir —masculló.
Y permaneció sentado, malgastando el tiempo que quedaba entre los restos de su napolitana, entre las gotas de su café, entre los picos mal cortados de sus uñas, entre las suelas rotas de sus zapatillas y entre sus largas y expresivas pestañas. Aunque, en realidad, no había nada que sentir.

1 comentario:

  1. Pensar en voz alta a veces es bueno, aunque más que voz alta sean simples susurros casi inaudibles.

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