miércoles, 1 de mayo de 2013

Essentia.

El camino parecía eternizarse tanto que comenzaron a dolerme los pensamientos. Aun así resultaba placentero estirar levemente los brazos hacia los lados y acariciar árboles, malas hierbas y arbustos. El sol jugaba entre las nubes y, de vez en cuando, deseaba hundirme junto a él; fruncía el ceño al mirar al cielo e intentaba pellizcarlo con la ingenua intención de guardarme una parte de él. Pedía clemencia a la tierra, valor al mundo. Miraba de reojo mis pies para asegurarme de que estaba avanzando, tenía miedo de andar y no caminar. En aquel paseo me di cuenta que conocía más a los de mi alrededor que a mí mismo. Me percaté de mis errores, de que ruego a personas que nunca han llegado que se queden, de que amo a quien nunca me amará y de que fantaseo con ilusiones repletas de zarzas que no hacían más que arañar mi ser. Por eso, en aquel instante, lo único que quería era perderme entre bosques. Entonces, el rumor de un río se escurrió entre las ramas hasta llegar a mis oídos. Era hermoso. Dejé fluir mi mente entre las hojas y me evadí de la realidad, de mis reflexiones y de mis dolorosos raciocinios. Caminaba sin rumbo pero con un destino prefijado; no sabía cual era mi dirección ni qué constelación me guiaría por la noche,  pero sí la senda que debía seguir.
Que piense por mí el viento, que le jodan al tiempo.


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