sábado, 13 de julio de 2013

Quiere ser un mar embravecido.

No quiere dormir. No quiere sumirse en la oscuridad y en un silencio que es roto por el ruido de su mente; odiaría despertarse por una quebradiza luz que intenta irrumpir en su habitación a través de la ventana. No quiere hablar con las sombras ni que sus mensajes se traduzcan en sus sueños. No quiere comparar su vida con la de los demás. No quiere liderar injusticias. No quiere sentir que está vacío, ni que malgasta más la vida que el dinero, ni que sale más caro respirar que aguantar la respiración. No quiere sentir que cuando habla es mudo ni que cuando escucha es sordo. No quiere apreciar las pequeñas cosas porque sabe que si lo hace acabará viendo todo grande. No quiere enamorarse por muy inevitable que le resulte; no quiere notar cómo cada vez que piensa en ella sus vértebras se estremecen. No quiere creer en un puñado de sucios políticos, ni en un Dios que promete lo imposible, ni en un amor comercial, ni en una de esas canciones tristes de la radio. No quiere pensar con un cerebro de fábrica. Quiere ser un mar embravecido.
No quiere dormir, pero se duerme. No quiere oscuridad, pero forma parte de ella. No quiere amar, pero ama. No se quiere, y no hay ningún pero que se pueda interponer a eso.

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