domingo, 25 de agosto de 2013

Huyendo del viento porque sabía que era imposible.

Hablaba para sí, teniendo como único oyente sus propios oídos y permitiéndose morir por dentro. En ese instante se imaginó a sí mismo corriendo por un maizal al igual que había visto en el cine americano, huyendo del viento porque sabía que era imposible...


Al igual que esa vez, le encantaba imaginar otras situaciones, bueno, más bien le encantaba soñar situaciones, pues sabía que no eran más que productos de su ruidosa imaginación. Por ejemplo, ayer imaginó estar sentado en un sofá, mirándola, a ella, a alguien que sólo existía dentro de su cabeza. Él tenía miedo, tanto que las palabras se escurrían en su lengua y escapan entre sus labios sin llegar a ser pronunciadas. Ella lo miraba con interés, en silencio, ya que sabía que en aquellos momentos debía dejarle que la valentía saliera de sus entrañas y fuera esta la que lo dirigiera. Entonces, se atrevió:

"—Tengo miedo a no ser suficiente. Temo no ser lo que tú te mereces —sus ojos se inundaron repentinamente—, que es lo mejor.

Pues entonces, te merezco a ti —se acercó a tan solo unos escasos centímetros de su cara. Él no la miraba, no era capaz—. Eres lo mejor que me ha pasado en mi vida y amaré tanto tus defectos como lo hago con tus virtudes. ¿Entiendes?

Él sonrió por primera vez aquel día. Y la miró como jamás antes la había mirado, una mirada indescriptible, de esas que sólo pueden ser sentidas. Y la besó. Y la abrazó. Y le dijo que la amaba no sabía cuántas veces".

Pero no había ninguna ella. No había nadie a quien mirar de aquella manera ni nadie que pudiera decirle que era lo mejor que le había pasado y que lo amaba. Quizá eso era lo más triste. Y permaneció allí, sentado en su silla, con la mirada perdida, imaginando, soñando. Sólo. Esperando que alguien le trajera flores a la tumba que él mismo estaba cavando.

lunes, 5 de agosto de 2013

Occasum.

El hollín impregnaba el ir y venir de los comerciantes. No llovía hacía semanas y, sin embargo, el suelo estaba totalmente embarrado, provocando que sus pies se hundieran y la fatiga fuera mucho mayor. El relincho de los caballos le avisó de la llegada de la guardia municipal y, con ellos, una sucia burguesía sedienta de lujos y joyas dispuesta a graznar en las gradas de un teatro. Mientras su alma palidecía, masculló el pequeño poema que tanto lo había atormentado en su infancia; el mismo cuyo abuelo le obligaba a recitar cuando alguna herida se dejaba asomar en sus rodillas o codos al caerse mientras corría.

"—Cuando la sangre brota,
el dolor arremete.
Mas, cuando el dolor asoma
la sangre no florece.

La fuerza es experiencia;
la experiencia, sufrimiento;
y, solo sin vergüenza,
habrá arrepentimiento".

Agarró su túnica fuertemente, la cual había arrebatado de las manos de un sastre no hacía mucho tiempo atrás, y cabizbajo se adentró por una callejuela huyendo de algo que él mismo desconocía. El dolor era insoportable; la vista comenzaba a fallarle, su frente hervía y la piel gritaba ser arrancada para dejar de sufrir. Subió las mangas hasta el codo y las costras parecían haber empeorado repentinamente. Entonces, entendió de lo que huía; comprendió que la muerte se había citado con él sin previo aviso. Cayó al suelo exhausto y su mente se desvaneció, corrió entre la tierra y el barro, entre el hollín, entre los corsés de las señoras y entre los fusiles de los guardas.
Y se unió al olvido; se unió a una historia que jamás se contaría a la hora de dormir.