domingo, 25 de agosto de 2013

Huyendo del viento porque sabía que era imposible.

Hablaba para sí, teniendo como único oyente sus propios oídos y permitiéndose morir por dentro. En ese instante se imaginó a sí mismo corriendo por un maizal al igual que había visto en el cine americano, huyendo del viento porque sabía que era imposible...


Al igual que esa vez, le encantaba imaginar otras situaciones, bueno, más bien le encantaba soñar situaciones, pues sabía que no eran más que productos de su ruidosa imaginación. Por ejemplo, ayer imaginó estar sentado en un sofá, mirándola, a ella, a alguien que sólo existía dentro de su cabeza. Él tenía miedo, tanto que las palabras se escurrían en su lengua y escapan entre sus labios sin llegar a ser pronunciadas. Ella lo miraba con interés, en silencio, ya que sabía que en aquellos momentos debía dejarle que la valentía saliera de sus entrañas y fuera esta la que lo dirigiera. Entonces, se atrevió:

"—Tengo miedo a no ser suficiente. Temo no ser lo que tú te mereces —sus ojos se inundaron repentinamente—, que es lo mejor.

Pues entonces, te merezco a ti —se acercó a tan solo unos escasos centímetros de su cara. Él no la miraba, no era capaz—. Eres lo mejor que me ha pasado en mi vida y amaré tanto tus defectos como lo hago con tus virtudes. ¿Entiendes?

Él sonrió por primera vez aquel día. Y la miró como jamás antes la había mirado, una mirada indescriptible, de esas que sólo pueden ser sentidas. Y la besó. Y la abrazó. Y le dijo que la amaba no sabía cuántas veces".

Pero no había ninguna ella. No había nadie a quien mirar de aquella manera ni nadie que pudiera decirle que era lo mejor que le había pasado y que lo amaba. Quizá eso era lo más triste. Y permaneció allí, sentado en su silla, con la mirada perdida, imaginando, soñando. Sólo. Esperando que alguien le trajera flores a la tumba que él mismo estaba cavando.

1 comentario:

  1. Es genial poder leer a alguien que escribe así de bonito, transmites muchísimo. Me has alegrado la mañana.

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