lunes, 5 de agosto de 2013

Occasum.

El hollín impregnaba el ir y venir de los comerciantes. No llovía hacía semanas y, sin embargo, el suelo estaba totalmente embarrado, provocando que sus pies se hundieran y la fatiga fuera mucho mayor. El relincho de los caballos le avisó de la llegada de la guardia municipal y, con ellos, una sucia burguesía sedienta de lujos y joyas dispuesta a graznar en las gradas de un teatro. Mientras su alma palidecía, masculló el pequeño poema que tanto lo había atormentado en su infancia; el mismo cuyo abuelo le obligaba a recitar cuando alguna herida se dejaba asomar en sus rodillas o codos al caerse mientras corría.

"—Cuando la sangre brota,
el dolor arremete.
Mas, cuando el dolor asoma
la sangre no florece.

La fuerza es experiencia;
la experiencia, sufrimiento;
y, solo sin vergüenza,
habrá arrepentimiento".

Agarró su túnica fuertemente, la cual había arrebatado de las manos de un sastre no hacía mucho tiempo atrás, y cabizbajo se adentró por una callejuela huyendo de algo que él mismo desconocía. El dolor era insoportable; la vista comenzaba a fallarle, su frente hervía y la piel gritaba ser arrancada para dejar de sufrir. Subió las mangas hasta el codo y las costras parecían haber empeorado repentinamente. Entonces, entendió de lo que huía; comprendió que la muerte se había citado con él sin previo aviso. Cayó al suelo exhausto y su mente se desvaneció, corrió entre la tierra y el barro, entre el hollín, entre los corsés de las señoras y entre los fusiles de los guardas.
Y se unió al olvido; se unió a una historia que jamás se contaría a la hora de dormir.

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