sábado, 4 de enero de 2014

Que se aleje el "in" de la palabra "felicidad".


La noche se introdujo en sus párpados y dilató sus pupilas. Dejó de ver con claridad. Pero no porque se quedara ciega o porque las calles estuvieran demasiado oscuras, sino porque no quería ver la realidad. Mientras caminaba por la acera dejaba que los coches la deslumbraran; permitía que las farolas se centraran en ella. No sabía si saludar al frío o al invierno, o si desear que llegara el verano; no sabía si sería mejor tener a alguien por quien morir o tener a alguien por quien mereciera la pena vivir. Y comenzó a pensar en todo aquello que la hacía feliz. El sonido del pan al crujir entre sus dedos. Que el sol la despertarse dejando olvidado el despertador. La música paseando entre sus oídos. Tumbarse entre árboles. El silencioso ruido de la noche. Los abrazos inesperados. Ver el paisaje asomarse por la ventana montada en coche, palpar cómo pasa el tiempo. El murmullo de las burbujas de las bebidas con gas. El olor de las páginas de un libro nuevo. Taparse en la cama cuando hace frío. El agua fría en verano. Esas montañas que parecen estar pintadas en el horizonte y que dan la sensación de que cuando pases tus dedos por encima te vas a llevar toda la pintura en tus yemas.
Sí, todo aquello la hacía muy feliz. Sin embargo había una cosa que, sin duda alguna, era lo que más feliz la hacia sentir. Él. Y justamente era eso lo único que no podía tener.