jueves, 31 de diciembre de 2015

Es por ello que creo que las lágrimas son saladas.

Cuando llevas mucho tiempo conociendo a una persona hay veces que es de obligado cumplimiento preguntarse si realmente has conseguido llegar hasta sus profundidades. Es como si cada ser humano fuera un océano, cuyas olas serían aquello que todo el mundo puede ver y el rugido lo que todo el mundo puede oír, en el que sólo algunos podrían nadar y flotar; cada puñado de arena que fuéramos capaces de coger sería un recuerdo y cada pez un sentimiento, una idea. Es por ello que creo que las lágrimas son saladas, porque cuando llegan a las comisuras de nuestros labios no sólo saboreamos agua; es algo más.
La pregunta del principio me la hago a menudo con aquellos que han calado en mí de alguna manera, en el sentido de que cuántos de ellos forman parte de mi océano, si han aportado algo a mi ser que ha echado raíces y están aquí para quedarse; y tú, tienes dedicado todo un bosque en mi interior, una isla que tiene tu nombre.


He tenido el privilegio, a mi corta edad, de surcar numerosos océanos, de formar parte de su arena y de ver y compartir sus peces. Pero esto no es algo espontáneo, no eliges a las personas que deciden embarcarse en ti, pero sí escoges la duración de su viaje: que va de corto a eterno. Tú has querido que me quede y que nuestra gran aventura prosiga; y parece que estamos tomando las mismas decisiones.
Sólo quiero que nunca olvides que cuando tu mar esté en calma pero el fondo esté turbio siempre me tendrás buceando para intentar ordenar tu mundo; que cuando tu mar esté embravecido y ruja a la luna, yo seré el sol que baje la marea y haga cesar la tormenta. Nunca olvides que tienes mi isla y que sólo tienes que pedirme que me lance a tus tiburones, porque sin dudarlo lo haré.

viernes, 31 de julio de 2015

Inmarcesible.


Me encanta que las nubes hagan sombra en las montañas, les aporta un toque de realidad, como si el cielo y la tierra no fueran mundos distintos sino que forman uno solo. Seguidamente me da por pensar en lo obvio que es que el ser humano haya pensado que esa lona azul sea un lugar mágico. Es por la sensación de insignificancia que produce su extensión, por esa inseguridad intrínseca que nos inunda el pecho y por nuestra apabullante imaginación que sólo un ser magnánimo y envuelto en grandeza pudiera disfrutar del cielo. Si la vida hubiese querido que domináramos el cielo nos habría dado alas para volar y no piernas con las que caminar. No obstante nos ha otorgado algo que valoro mucho más que plumas en los brazos: la capacidad de pensar y razonar. Que si no de dónde habría surgido la música clásica, la necesidad de inmortalizar personas, momentos y paisajes en lienzos, las novelas de caballeros o las películas en blanco y negro. Que si no de dónde habría surgido la sed de venganza, las metralletas, las bombas atómicas o los campos de concentración. Dominamos la tierra por poder andar sobre ella e intentamos imponernos sobre los demás caminantes, ya sean humanos, plantas o animales —etiqueta de las que nosotros no deberíamos evadirnos—. Fabricamos bombonas de oxígeno cuando no tenemos branquias y artefactos de hierro cuando no tenemos alas. Creamos a un Dios que nos permite destruir con la excusa de que es por él. Odio cuando la inmoralidad le hace sombra a la justicia.

Somos tan maravillosos como escalofriantes.