viernes, 31 de julio de 2015

Inmarcesible.


Me encanta que las nubes hagan sombra en las montañas, les aporta un toque de realidad, como si el cielo y la tierra no fueran mundos distintos sino que forman uno solo. Seguidamente me da por pensar en lo obvio que es que el ser humano haya pensado que esa lona azul sea un lugar mágico. Es por la sensación de insignificancia que produce su extensión, por esa inseguridad intrínseca que nos inunda el pecho y por nuestra apabullante imaginación que sólo un ser magnánimo y envuelto en grandeza pudiera disfrutar del cielo. Si la vida hubiese querido que domináramos el cielo nos habría dado alas para volar y no piernas con las que caminar. No obstante nos ha otorgado algo que valoro mucho más que plumas en los brazos: la capacidad de pensar y razonar. Que si no de dónde habría surgido la música clásica, la necesidad de inmortalizar personas, momentos y paisajes en lienzos, las novelas de caballeros o las películas en blanco y negro. Que si no de dónde habría surgido la sed de venganza, las metralletas, las bombas atómicas o los campos de concentración. Dominamos la tierra por poder andar sobre ella e intentamos imponernos sobre los demás caminantes, ya sean humanos, plantas o animales —etiqueta de las que nosotros no deberíamos evadirnos—. Fabricamos bombonas de oxígeno cuando no tenemos branquias y artefactos de hierro cuando no tenemos alas. Creamos a un Dios que nos permite destruir con la excusa de que es por él. Odio cuando la inmoralidad le hace sombra a la justicia.

Somos tan maravillosos como escalofriantes.