domingo, 22 de junio de 2014

Y que el cielo se caiga a pedazos, que mate el amor que todavía siento por ti.

Si el tiempo lo cura todo yo me he hecho inmune, y lo sé porque por mucho que me duela decirlo echo de menos enamorarme de ti tanto como que tú te enamores de mí, si es que alguna vez lo hiciste. De hecho ahí fuera llueve porque yo ya no puedo llorarte más, si es que alguna vez lo hice.
Todo cuanto pude imaginar entre nosotros se ha quedado en un recuerdo efímero e irreal, en un deseo de que hubiera pasado pero que nunca pasó. Ojalá escapar de ti pero sin arriesgarme a perderte; no quiero pasar por eso otra vez. Porque cuando hace frío en una de esas traicioneras noches de verano y yo me pongo la capucha y me acaricias la cabeza para preguntarme si estoy bien, yo espero que esas caricias no acaben ahí. Pero lo hacen, siempre lo hacen; así que doy gracias cuando ocurren. Sólo pido que alguien me enseñe a controlar mis sentimientos, de esa manera me salvará la vida, pues ahora me limito a tumbarme y hacer como si no me importara, como si yo no formara parte de ella. Lo peor de todo es que creo que todavía te quiero, pero lo creo tanto que estoy totalmente seguro de que es así. Por eso muchas veces me pregunto si esa frase —que tanto suelo decirme— de que un clavo saca otro clavo es verdad, porque tengo la extraña sensación de que la marca del que sale no la borra el que entra.

Y que el cielo se caiga a pedazos, que mate el amor que todavía siento por ti.

sábado, 4 de enero de 2014

Que se aleje el "in" de la palabra "felicidad".


La noche se introdujo en sus párpados y dilató sus pupilas. Dejó de ver con claridad. Pero no porque se quedara ciega o porque las calles estuvieran demasiado oscuras, sino porque no quería ver la realidad. Mientras caminaba por la acera dejaba que los coches la deslumbraran; permitía que las farolas se centraran en ella. No sabía si saludar al frío o al invierno, o si desear que llegara el verano; no sabía si sería mejor tener a alguien por quien morir o tener a alguien por quien mereciera la pena vivir. Y comenzó a pensar en todo aquello que la hacía feliz. El sonido del pan al crujir entre sus dedos. Que el sol la despertarse dejando olvidado el despertador. La música paseando entre sus oídos. Tumbarse entre árboles. El silencioso ruido de la noche. Los abrazos inesperados. Ver el paisaje asomarse por la ventana montada en coche, palpar cómo pasa el tiempo. El murmullo de las burbujas de las bebidas con gas. El olor de las páginas de un libro nuevo. Taparse en la cama cuando hace frío. El agua fría en verano. Esas montañas que parecen estar pintadas en el horizonte y que dan la sensación de que cuando pases tus dedos por encima te vas a llevar toda la pintura en tus yemas.
Sí, todo aquello la hacía muy feliz. Sin embargo había una cosa que, sin duda alguna, era lo que más feliz la hacia sentir. Él. Y justamente era eso lo único que no podía tener.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Ese día.

Agarró el frío y lo echó de su piel, no aguantaba que lo abrazara.

Recordó ilusionarse y, segundos después, sentir cómo se hundía el mundo. Tener expectativas había perdido todo su sentido. "Mejor no esperar nada de nada ni nadie, así nunca podrá la desilusión hacerme daño", decía. Pero le era imposible. Era una persona tan llena de sueños y esperanzas que no podía frenar su imaginación por mucho que lo deseara, aunque, a su vez, era una persona tan frágil que el mínimo bache lo desequilibraba.
Recordó los escombros de sus prejuicios apoyarse en sus hombros y espalda, acumularse en su camino y dificultarle el paso. Su día a día se volvía complicado por momentos y el lo sabía. Sabía que era demasiado fácil echarle la culpa a esa asquerosa sociedad en la que estaba sumido —la misma que muchas otras veces lo había hecho fuerte—.  Su problema estaba en que creía saber que era débil, feo e idiota cuando no era nada de eso.

Y ese día no hizo nada por mejorar su vida.

Se reveló contra el viento, le gustaba sentirse más fuerte que él.

Recordó amar y no ser amado. Seguía sin entender por qué esas dos palabras no estaban obligadas a ir de la mano, a entrelazarse a través de un causa-efecto. Aunque al fin y al cabo no comprendía el amor —ni lo haría nunca; el amor no era algo que hubiese que entender, era algo que se sentía o no se sentía, que se tenía o no se tenía y que se sabía o no compartir—. Entonces, se dio cuenta de que al único a quien podía amar y recibir su amor, sin ninguna duda, era a sí mismo.
Recordó lo que le encantaba andar por la calle y mirar el alto de los edificios; sabía que era una de esas pocas personas que no se conformaban con lo que sus ojos le facilitaban cuando tan sólo miraba al frente. Las copas de los árboles eran mucho más interesantes que sus raíces y los pájaros mucho más hermosos que los pasos de peatones. Así que siempre que caminaba lo hacía despreocupado, sin nada en los bolsillos, sin deudas que pagar y sin desamores en los que pensar.

Y ese día lo hizo. Amó —se amó— y caminó —hasta que sus piernas decidieron parar—.

domingo, 25 de agosto de 2013

Huyendo del viento porque sabía que era imposible.

Hablaba para sí, teniendo como único oyente sus propios oídos y permitiéndose morir por dentro. En ese instante se imaginó a sí mismo corriendo por un maizal al igual que había visto en el cine americano, huyendo del viento porque sabía que era imposible...


Al igual que esa vez, le encantaba imaginar otras situaciones, bueno, más bien le encantaba soñar situaciones, pues sabía que no eran más que productos de su ruidosa imaginación. Por ejemplo, ayer imaginó estar sentado en un sofá, mirándola, a ella, a alguien que sólo existía dentro de su cabeza. Él tenía miedo, tanto que las palabras se escurrían en su lengua y escapan entre sus labios sin llegar a ser pronunciadas. Ella lo miraba con interés, en silencio, ya que sabía que en aquellos momentos debía dejarle que la valentía saliera de sus entrañas y fuera esta la que lo dirigiera. Entonces, se atrevió:

"—Tengo miedo a no ser suficiente. Temo no ser lo que tú te mereces —sus ojos se inundaron repentinamente—, que es lo mejor.

Pues entonces, te merezco a ti —se acercó a tan solo unos escasos centímetros de su cara. Él no la miraba, no era capaz—. Eres lo mejor que me ha pasado en mi vida y amaré tanto tus defectos como lo hago con tus virtudes. ¿Entiendes?

Él sonrió por primera vez aquel día. Y la miró como jamás antes la había mirado, una mirada indescriptible, de esas que sólo pueden ser sentidas. Y la besó. Y la abrazó. Y le dijo que la amaba no sabía cuántas veces".

Pero no había ninguna ella. No había nadie a quien mirar de aquella manera ni nadie que pudiera decirle que era lo mejor que le había pasado y que lo amaba. Quizá eso era lo más triste. Y permaneció allí, sentado en su silla, con la mirada perdida, imaginando, soñando. Sólo. Esperando que alguien le trajera flores a la tumba que él mismo estaba cavando.

lunes, 5 de agosto de 2013

Occasum.

El hollín impregnaba el ir y venir de los comerciantes. No llovía hacía semanas y, sin embargo, el suelo estaba totalmente embarrado, provocando que sus pies se hundieran y la fatiga fuera mucho mayor. El relincho de los caballos le avisó de la llegada de la guardia municipal y, con ellos, una sucia burguesía sedienta de lujos y joyas dispuesta a graznar en las gradas de un teatro. Mientras su alma palidecía, masculló el pequeño poema que tanto lo había atormentado en su infancia; el mismo cuyo abuelo le obligaba a recitar cuando alguna herida se dejaba asomar en sus rodillas o codos al caerse mientras corría.

"—Cuando la sangre brota,
el dolor arremete.
Mas, cuando el dolor asoma
la sangre no florece.

La fuerza es experiencia;
la experiencia, sufrimiento;
y, solo sin vergüenza,
habrá arrepentimiento".

Agarró su túnica fuertemente, la cual había arrebatado de las manos de un sastre no hacía mucho tiempo atrás, y cabizbajo se adentró por una callejuela huyendo de algo que él mismo desconocía. El dolor era insoportable; la vista comenzaba a fallarle, su frente hervía y la piel gritaba ser arrancada para dejar de sufrir. Subió las mangas hasta el codo y las costras parecían haber empeorado repentinamente. Entonces, entendió de lo que huía; comprendió que la muerte se había citado con él sin previo aviso. Cayó al suelo exhausto y su mente se desvaneció, corrió entre la tierra y el barro, entre el hollín, entre los corsés de las señoras y entre los fusiles de los guardas.
Y se unió al olvido; se unió a una historia que jamás se contaría a la hora de dormir.

sábado, 13 de julio de 2013

Quiere ser un mar embravecido.

No quiere dormir. No quiere sumirse en la oscuridad y en un silencio que es roto por el ruido de su mente; odiaría despertarse por una quebradiza luz que intenta irrumpir en su habitación a través de la ventana. No quiere hablar con las sombras ni que sus mensajes se traduzcan en sus sueños. No quiere comparar su vida con la de los demás. No quiere liderar injusticias. No quiere sentir que está vacío, ni que malgasta más la vida que el dinero, ni que sale más caro respirar que aguantar la respiración. No quiere sentir que cuando habla es mudo ni que cuando escucha es sordo. No quiere apreciar las pequeñas cosas porque sabe que si lo hace acabará viendo todo grande. No quiere enamorarse por muy inevitable que le resulte; no quiere notar cómo cada vez que piensa en ella sus vértebras se estremecen. No quiere creer en un puñado de sucios políticos, ni en un Dios que promete lo imposible, ni en un amor comercial, ni en una de esas canciones tristes de la radio. No quiere pensar con un cerebro de fábrica. Quiere ser un mar embravecido.
No quiere dormir, pero se duerme. No quiere oscuridad, pero forma parte de ella. No quiere amar, pero ama. No se quiere, y no hay ningún pero que se pueda interponer a eso.

domingo, 2 de junio de 2013

"¿Por qué ya no crees en el amor?"

—¿Por qué ya no crees en el amor?

Menuda pregunta me hacía. Aunque más me hacía su sonrisa.

—Porque no existe —contesté. Ella era rubia como la cerveza y estaba seguro que podía provocar en mí el mismo efecto que ese inquietante placer cuando la espuma se agarraba a mis labios. Adoraba el gesto agrio que decoraba su rostro cuando algo la desconcertaba, esa dulzura que tenía por mirada—. El simple hecho de planteármelo ya me hace pensar que es así. Aunque no es que no exista en este mundo, no es que sea una invención de la sociedad o de una empresa de bombones cuyo único objetivo es vender falsas ilusiones recubiertas de chocolate y con una rancia avellana en su interior, es que no existe para mí. Porque lo he sentido, pero nunca lo he compartido. ¿Y el amor no es eso, no es tener a alguien con quien desvivirlo? ¿No es alguien que complete tus carencias pero que comparta tus cualidades? ¿No es perfecta imperfección? No creo en el amor porque nunca me ha dado la posibilidad de creer en él.

En ese momento deseé que su respuesta hubiese sido "¿Nunca te ha dado la posibilidad de creer en mí?". Sé cual habría sido mi reacción. Sé que el corazón me habría estallado en el pecho y que mis pupilas se habrían hecho más grandes que el sol; comenzarían los temblores, esos que tanto odiaba por sentirme incapaz de controlar mi cuerpo. La habría mirado embobado, incrédulo ante sus palabras. Sin embargo, no era más que fruto de mi imaginación, su voz había retumbado en mi cabeza. Sólo ahí.

—Pues, para mí, el amor es lo único que me da fuerzas y esperanza. Es vida, calor, inmortalidad —me dijo sonriendo.

Le contesté curvando mis labios, levemente. Mi lengua reprimió un "entonces, amor eres tú" y callé como un cobarde. Y, una vez más, desfallecí por dentro.