sábado, 13 de noviembre de 2010

Inexplicable.

Cientos de ojos se centran en mí en medio de la noche. Un foco de luz me rodea, siendo incapaz de ver lo que hay más allá de mis pasos. Mi sombra ha desaparecido, siendo el momento en la que más la necesito. Figuras humanas se pasean a mi alrededor, espiándome de reojo, estudiándome, interrogándome con la mirada. Incapaz para pararme, sigo andando hasta donde el destino quiera llevarme. Y aún me pregunto por qué éstas personas me señalan a mí cuando en realidad soy yo el que debería señalarlos a ellos. Sus corazones, inexorables, me rechazan dejándome al margen, dejándome sólo. No le encuentro sentido a todo lo que me ocurre. En mi cabeza sólo hay frases y palabras que nunca hubiese querido escuchar, palabras que me hieren obligándome a gritar y a desahogarme con las tinieblas.
Aun así, intento imaginar un mundo sin tu presencia, y me es imposible. Tu, aunque maldita, existencia hace que mis ganas por seguir este sombrío camino sean mayores. Porque te he descubierto, he destapado esa inexpresiva máscara que llevas puesta. Porque gracias a ti, cada día soy más fuerte. Porque gracias a ti estoy preparado para cualquier cosa que el destino me tenga preparado, por muy duro que sea.
Soy incapaz de darte las gracias, porque ni te las mereces. Pero sí puedo decirte 'hasta ahora', porque cada vez que me despierto tengo más fuerzas para enfrentarme a ti, para seguir adelante y no dejarme hundir por tu estúpida ignorancia.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Silencio.

Soy incapaz de sentir mi cuerpo. Soy extremadamente ligero, y las hojas de los árboles rozan mi rostro delicadamente, acariciándome. El viento es mi guía y mi único modo de salir de aquí, de esta espesura que me limita la vista. Puedo apreciar pequeños rayos de luz entre las hojas, pero el verde es el color predominante a mi alrededor. Es inevitable pensar que no saldré de aquí, que me quedaré anclado en algún lugar de este inmenso universo sin que pueda mover ni un solo ápice de mi cuerpo. Mi desánimo al ver ninguna salida es cada vez mayor, cada vez más fuerte y pesado; notando cómo me aprisiona el pecho.
Silencio.
El viento me está hablando con un grito incesante a poco centímetros de mí. Me resulta incomprensible, pero mis sentidos intuyen que algo va a pasar. Sigue chillando, con un tono doloroso y apesadumbrado. Lo noto. Pero sigo sin poder entenderlo. Entonces, ocurre lo inesperado. Ya soy capaz de sentir mi cuerpo y soy pesado, muy pesado. Comienzo a caer, golpeándome con las ramas y hojas que arañan mi cuerpo. El viento me empuja con gran velocidad hacia el suelo, siendo así mi guía hacia la muerte. Y justo cuando toco el suelo con la yema de mis dedos, todo se vuelve blanco.
Silencio.
¿Qué sensación es ésta? La calma es absoluta, pero lacerante y me encuentro en medio de ninguna parte. ¿Estaré muerto? No. Me encuentro en lo más profundo de mi corazón, el cual está esperando a ser ocupado por alguien que de verdad merezca la pena, mientras me siento vacío y vulnerable.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Demente.

Me encanta ver asomarse el alba un día de verano. Pasar de la fría noche al cálido día. Notar la escala de colores que transcurre en el cielo, libre de nubes y en el que los pájaros revolotean sobre mi cabeza. Pero, al mira hacia mi derecha, me doy cuenta de que la noche vuelve a reinar el mundo. La hierba se ha congelado y una leve escarcha me enmudece, quedándome inmóvil al borde del abismo, esperando a que el sol vuelva a aparecer. Aunque nunca lo hace.


Nunca el tiempo me había parecido tan doloroso. Cada segundo que transcurre a mi alrededor se vuelve pesado y ensordecedor, comenzando con una leve presión que me oprime las sienes, que me nubla la vista. Y me doy cuenta de que ya no hay nada, sólo una extraña lobreguez en la que aparecen formas sinuosas acercándose a mí. Pero es sólo mi imaginación.
Y vuelvo de nuevo a la realidad, a la cruda realidad. Donde las únicas personas que se mueven por mi entorno me consideran un demente incapaz de pensar respuestas coherentes, y que sólo reacciono por impulsos.
Y a estas alturas me doy cuenta de que lo único que me queda es el retiro y el aislamiento en mí mismo. Porque con el paso del tiempo, uno se da cuenta de que la en la única persona en la que puede confiar es en sí mismo; aunque, en mi caso, ni mi ser es fiable.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Es difícil.

Es difícil creer que te acuerdas de mí. Que cada vez que vas por la calle desees verme aparecer por alguna esquina. Que esperes ilusionada a que te llame por las noches preguntándote cómo estás. Que me digas lo mucho que me quieres. Que andes enamorada de esto que estoy escribiendo que tú, de casualidad, has leído. Que quieras darme un beso cada vez que nos vemos. Que nos miremos e intercambiemos palabras sin tan solo pronunciarlas...
Y es difícil creer que te acuerdas de mí. Porque soy yo el que deseo verte aparecer por alguna esquina, riendo y sonriendo como lo haces siempre. Porque soy yo el que te llamaría cada noche preguntándote cómo estás. Porque soy yo el que te diría te amo. Porque soy yo el que te dedico este texto, que seguro que nunca leerás. Porque soy yo el que te daría un beso cada vez que te veo, aprovechando cada instante. Porque soy yo el que te miro y veo sólo perfección, pudiendo quedarme inmóvil, admirándote, durante horas...
Porque nunca te he dicho que tú para mí lo eres todo, aunque yo para ti no sea nada.
Porque mis ojos admiran tus labios y mi boca saborea tu mirada.
Porque eres mi obsesión favorita.
Porque, quiera o no, es difícil aceptar que tú nunca sentirás lo mismo que yo siento por ti.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Un último adiós.

Sigo sin entender cómo en el mundo existen tantas personas capaces de herir a otra, por motivos que a ellos les parecen suficientemente razonables como para hacerle la vida imposible. Bajando su autoestima, hundiéndola en la mismísima miseria, jactándose de lo que alguien normal ni se daría cuenta. Urdiendo un manto de mentiras sobre su cuerpo, impotente.
Sigo sin entender cómo funcionan sus retorcidas mentes, planeando perversos encuentros intencionados. Cavando su tumba en medio de un desierto en el que el horizonte es arena. Y esta persona llorará por las noches preguntándose por qué tiene que ocurrir todo esto a él. Con un sentimiento egoísta por poder dar esta experiencia a cualquier otra persona. Rezando durante toda la noche para que alguien le escuche y le arranque ese miedo irrefrenable que siente cada vez que se levanta.
Y ahí está. Su cuerpo, inerte, en medio de la calle sin que nadie se pare a preguntar: ¿qué ocurrió aquí?. Sin que una madre, pudiera decir un último adiós.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Le Déluge.

Porque todos nos sentimos mejor caminando bajo la lluvia, empapándonos de lo que creemos que es sólo agua. De lo que creemos que han creado las furiosas nubes que acampan a sus anchas en un día lluvioso, esperando a explotar y dejar caer todo lo que tienen en su interior. ¿Por qué nosotros no podríamos hacer lo mismo? Descargar todo lo que guardamos en lo más profundo de nosotros y echarlo hacia afuera como si se tratara de un trapo sucio. Pero después de eso, viene el arrepentimiento y el cansancio. El no saber cómo remediar algo que has hecho mal, una de las peores sensaciones que las personas experimentamos. Saber que has hecho algo que dará un giro de trescientos sesenta grados a tu vida y que ya no podemos volver atrás para cambiarlo.



Por eso necesitamos la lluvia. Para que, en esos momentos que nos cuesta incluso respirar, nos sintamos abrazados por alguien, por las miles de gotas que rozan tu rostro y resbalan por tus mejillas, sintiendo la leve fuerza de sus golpes, como si miles de dedos te acariciaran. Como si miles de personas se preocuparan por ti.
Porque todos nos sentimos mejor caminando bajo la lluvia.