jueves, 23 de diciembre de 2010

Gélido.

Hace mucho frío. Todo a tu alrededor es blanco y el suelo es gélido como el hielo, pero a su vez suave. Parece como si alguien hubiese espolvoreado azúcar por todas partes, dejando una leve nube blanca en el ambiente. Sufres espasmos y temblores; ya no sientes los dedos de las manos y, ni encogiéndote sobre ti mismo, consigues entrar en calor. Entonces, una lágrima cae por tu mejilla, helándose al contacto con el aire. Tu corazón pide auxilio y tu voz un suspiro, tragar te desgarra la garganta y parpadear llega a ser doloroso. Intentas levantarte malgastando tus últimas energías en intentar llegar a algún lugar fuera de este vendaval de hielo, que atraviesa tu cuerpo y araña tu delicada piel. Te das cuenta de que el suelo es nieve y un caluroso pensamiento de felicidad te ronda la cabeza, pero no es suficiente para poder sobrevivir. Llega un momento en tu trayectoria en el que aceptas que el lugar donde te encuentras es la nada, un paraje interminable, helado y gélido del que no existe salida alguna. Caes, rendido, y poco a poco tu cuerpo es cubierto por los innumerables copos de nieve que trae consigo la tormenta. Al cabo de unos minutos has desaparecido. Ya no eres nadie. Ya no eres tú. Sé bienvenido a tu hogar. Sé bienvenido a tu alma.

martes, 21 de diciembre de 2010

Pensando en ti.

Soy incapaz de dormirme. Mi mente está demasiado ocupada pensando en ti como para dejarte a un lado y tranquilizarse. Por tu simple presencia mi corazón se acelera y un sabor dulce me inunda los labios. Es inevitable que lo pruebe y vuelve a probar, una y otra vez; es tan mágico, tan especial. Es semejante a tu rostro, semejante a tus labios e idéntico a tu mirada. Eres tan envolvente que incluso en el peor de los momentos eres capaz de llevarme a una total paranoia de bienestar. Esa esencia que me llena pro dentro cuando estoy contigo, rozar tu mano sin que te des cuenta y poder sentir por unos pequeños segundos el fuerte latido de tu corazón. Pero, cuando estás conmigo, ni se inmuta. En ese momento mis pulsaciones se paran y todo mi cuerpo se entumece queriendo desplomarse, pero no lo permitiré. Lo máximo que puedo hacer es amarrarme a la nada y aguantar, ser fuerte. Tú, te das la vuelta, con gesto extraño pero sin ninguna preocupación. Entonces, me quedo mudo, sin palabras que puedan describir lo que arde en mi interior. Mas, no quiero seguir pensando en eso, una fuerte ráfaga te lleva a ti y a todo el recuerdo fuera de mi alcance, pero siguen surgiendo más y más dudas, sensaciones inquebrantables y horribles alusiones que he pasado contigo. Ahora, evoca en mí el deseo de verte marchar, de ver cómo te vas sin despedirte de mí. Pero inconscientemente cuento tus pasos a la lejanía, cuento los segundos que estoy sin ti y, sin embargo, no tengo la valentía de gritar tu nombre al viento y pararte.
De repente, algo interrumpe todos mis pensamientos. Es el sol, que se asoma por mi ventana. Al parecer, me he dormido pensando en ti. Otra vez.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Mi mundo.

Cuando mi mundo se quiebra lo único que mi cuerpo espira es un suspiro, un hermoso suspiro que quebraría tu corazón con tan solo pensar en él. Y cuando las estrellas caen y mi mundo queda sumido en la oscuridad lo único que puedo hacer es quedarme inmóvil admirando, lo que para otro sería, una auténtica catástrofe. Antes, mi interior era incandescente, capaz de quemar cualquier ente que se cruzara por mi camino. Ahora me duele respirar, y estoy congelado, congelado por todas las palabras, secretos y miradas que nunca quise recibir.


Y es que no hay nada en este mundo como volver a ser el que era antes, aquella personita despreocupada por todo, siendo su único desasosiego no poder volver a ver la luz del sol, siendo aquél que disfrutaba de la vida sin importarle su rumbo. Pero nada de eso puede ya saciarme, porque ni cuando veo quebrarse el suelo, ni cuando veo que las estrellas se apagan y caen, destruyendo todo cuanto encuentran a su paso; podría decir: soy feliz con lo que veo, porque me engañaría a mí mismo y jamás podría salir de esa horrible mentira.
Y el día que toda esta catástrofe acabe y mi mundo sea el que era antes, sin oscuridad, niebla y frío; será cuando encuentre el camino hacia el mundo real, en el que es mejor aceptar tu vida que esconderte en este inframundo al que llamo: hogar.

sábado, 11 de diciembre de 2010

La pura realidad.

Me siento tan cansado. Tan agotado por los numerosos arrebatos que surgen de mi interior, desgarrando mi alma y tirándola al suelo, sin que nadie la recoja, sin que nadie se preocupe. Me llaman insensible, y ya no me llaman por mi nombre. Ahora, soy otra persona; alguien bipolar,que tan rápido como se encuentra en el más maravilloso paraíso vuela hasta llegar al peor de los infiernos. Y es que, cuando me miro al espejo, me doy cuenta de que mi reflejo es totalmente distinto. Sus facciones no son usuales, gestos de repulsión, odio...
Probablemente todo sea parte de mi subconsciente, que quiere darme a entender que he cambiado y que ya no soy el mismo crío de antes. Probablemente sea un cambio normal, por el que todos pasamos alguna vez. Pero, probablemente, no sea así. A veces creo que soy yo el culpable de todos mis problemas y debilidades. Mi seguridad en mí mismo es cada vez más baja, me creo incapaz de lo que antes era seguro que podría llevar a cabo, es un sentimiento tan extraño y real que es como si lo hubiese vivido desde que nací. La felicidad es algo inalcanzable para mi corazón en estos momentos, pues, aunque no me encuentre apesadumbrado tampoco consigo llegar a ese punto de bienestar; es algo más intermedio y más insano.
Pero tengo que convivir con ello, tengo que convivir con mi vida. Tengo que superarlo. Tengo que aceptar que en ocasiones ni yo mismo me reconozco, quedando mi falso reflejo parado detrás del espejo, mientras me mira, con desgana y rencor. Debo admitir de una vez por todas, que ha llegado el momento de mi existencia en el que tengo luchar conmigo mismo y sacar a la luz mi verdadero yo.
Alguien, que odia aparentar algo que no es.