miércoles, 31 de agosto de 2011

Llovía. Hacía frío.

Llovía. El suelo, empapado por las gotas que caían estrepitosamente contra las baldosas grises, congelaba la punta de los dedos de mis pies. Mis labios comenzaron a perder su color natural; mi esencia, mi magia, huía por los poros de mi piel. Mi alma, amoratada, pedía socorro sin ser escuchada. Gritaba sin decir palabra, rogaba sin querer nada. Miré a mi alrededor sin dejar que mis ojos se cruzaran con la mirada de algún transeúnte. Tenía miedo. Miedo de volver a estar solo, de no tener a nadie a quien acudir, de no volver a escuchar la voz de mi madre repitiendo una orden que yo me negaba a cumplir, de no volver a mi hogar. Seguía lloviendo. Hacía frío. Caí rendido de nuevo en el suelo, empapado por las gotas que caían estrepitosamente contra las baldosas grises. Posé mi mirada en las nubes negras y enfadadas que parecían tener intención de cernirse sobre mí. Grité lanzando mi puño, esperando a que un ángel cayera y me hiciera resucitar. Entonces, quemé la lluvia. Encendí el calor que se hallaba en su interior con el estallido de fuego que guardaba en mi corazón. Y cuando las gotas ya no congelaban mi piel, sino que la quemaban, me lancé a las llamas en un desesperado intento por que todo cuanto conocía quedara olvidado. Queriendo ser un mero recuerdo en la historia de la Tierra para resurgir de mis cenizas, renacer de entre los vivos. Para luchar por quien quiero ser y no por quien quieren que sea. Porque, si los héroes cambian el mundo, yo cambiaré el mundo que me rodea para ser mi héroe.

viernes, 26 de agosto de 2011

Soy idiota.

Si en estos momentos escribiera lo que siento, ninguno sabría que esa diminuta persona que intenta expresarse soy yo. Aparento ser alguien alegre, ajeno a todo lo negativo que pervive en el mundo; alguien con un instinto filosófico como marca de nacimiento; alguien que aspira ser alguien en esta vida cruel y dura, que golpea mi estómago cada vez que intento sobrellevar la realidad. Nadie pensaría, jamás, que hubiese deseado en algún instante de mi existencia ser otra persona, en sobrepasar los límites de la física y evaporarme para llegar a las nubes y resquebrajarme con el arrepentimiento. Nadie hubiese imaginado que yo sería capaz de aguantar toda esta presión con la que convivo desde hace tiempo, con la que he aprendido a llevarme bien, aunque, en verdad, sea la falsedad la única unión de nuestra amistad. Pero, ¿cómo iban a poder, siquiera, imaginarlo? Es imposible. Nadie me conoce realmente. Nadie conoce mi interior, al que considero degradante para mi persona por culpa de prejuicios, miedos y pasados llantos. Nadie. Y, posiblemente, no quiera que nunca lo conozcan. Prefiero sufrir y amar en silencio —es mucho más placentero que ir con la verdad por delante—. O, al menos, eso he aprendido en estos años de mantener mi boca cerrada, sin que ningún grito de socorro pueda salir a la superficie, sin que nadie reciba lo mejor de mí, sin que nadie pueda saborear mis defectos, sin que ningún resquicio de mi alma se refleje en mi mirada, sin que ni yo mismo me reconozca cada mañana a mirarme al espejo con el pelo enmarañado. De hecho, lo único que puedo sacar en claro de estas necias palabras, tras leerlas y volverlas a leer en un desesperado intento por encontrar mi lugar, es que soy idiota. El mayor idiota de todos los tiempos.

martes, 16 de agosto de 2011

Porque te quiero. Y punto.



—¿En qué piensas?
—En nosotros.
—Pues, no creo que tengas mucho en qué pensar. Entre nosotros no hay nada.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué piensas en eso?
—Porque soy imbécil.
—¿Tanto como para estar enamorado de mí?
—Tanto como para robar la estrella polar y guardar su brillo en una caja, que te regalaría para iluminar tu vida. Tanto como para encontrar la lámpara de un genio y gastar mis tres deseos en ti. Tanto como para secuestrar tu sonrisa, así podría ser feliz el resto de mi vida.
—¿Y si te dijera que ahora soy yo la que te amo?
—Pues que sería tan imbécil como para estropearlo.
—¿Y si te dijera que yo estaré a tu lado para que no ocurra?
—Si eso fuera verdad te regalaría el cielo, la tierra y el mar. Así, siempre tendrías un pedazo de mi mundo cerca de ti.
—Pero, tú eres mi mundo.
—Sabes que eso no es verdad.
—Sí, lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo dices?
—Porque soy tan imbécil de estar enamorada de ti, y tan cobarde de no ser capaz de habértelo dicho desde un principio.
—Vaya, pues ya somos dos. Pero, sabes que te quiero.
—Sí. En el fondo sabes que yo también te quiero.
—Sí, lo sé.
<3

jueves, 11 de agosto de 2011

Miedo a fallar.

He escuchado numerosas veces la frase: "quien no arriesga no gana". De hecho, la úlima vez fue ayer, en una mañana aburrida, totalmente despejada de impertinentes cavilaciones que me impiden pensar con claridad. Se trataba de una de esas conversaciones improvisadas que aparecen como por arte de magia, de esas en las que te das cuenta quién eres realmente.

"—He aprendido que si no se arriesga, no se gana. —me dijo ella.
—Sí, tienes razón. Pero a veces el miedo a fallar es mayor que todo lo demás. —contesté, decidido."

Con esa frase resumí, dolorosamente, por qué no era capaz de ser valiente. Exacto. El miedo a fallar. El miedo a no ser capaz de alcanzar tus objetivos, de agarrar tus sueños. Porque, esa sensación de impotencia, ese pensamiento pesimista que hunde tu confianza hasta el mismísimo subsuelo, sin dejar que mantengas tu cabeza alta y distinguida de las demás; duele. Duele. Se resiste. Se esconde el dolor. Aprendes a no dejarlo salir, que no se proyecte en tu mirada. Aprendes a ser infeliz en secreto.

 "—También, hay un pensamiento que está muy extendido actualmente.
—¿Cuál? —preguntó.
—El de ser feliz porque los demás quieren que lo seas y no porque tú quieres serlo. De hecho, es lo que me pasa a mí.
—Yo no tengo ese pensamiento.
—Pues, me alegro por ti."

Sí. Me alegro de que ella no sufra lo que es ser feliz siguiendo las normas y principios de los que te rodean. Sencillamente, quieres que los demás sean felices con tu falsa alegría. Porque, de nuevo, el miedo a fallar, a no hacerlo bien, juega un papel muy importante en esta forma de pensar y actuar. Tienes que tragarte tus pensamientos y palabras para que, los que te rodean, no tengan una mala imagen de ti, para que te acepten y crean que eres perfecto. Pero, como es de esperar, no lo soy. No soy perfecto. Ni yo, ni nadie. Pero nuestra sociedad quiere hacerte creer que es posible, cuando no lo es.
Y, vuelve la resignación. Vuelve el dolor. Vuelve el aprender a controlarlo y a esconderlo. Vuelve la sensacón de virir una vida que no me pertenece, ya que es como si fuera la de una persona totalmente distinta a quien, verdaderamente, soy.