miércoles, 21 de septiembre de 2011

Sonríe.


El verano todavía se dejaba asomar por los rayos del sol, pues desgranaban los últimos días de la estación. El otoño no tardaría en aparecer entre las nubes o entre el susurro de las hojas al balancearse con la brisa del viento. Los árboles se dibujaban en la hierba mediante sombras, oscuras y alargadas, capaces de enriquecer un sentimiento de nostalgia con tan solo rozarlas con las yemas de tus dedos. Entonces una voz apareció de la nada, alentadora, tranquila y cariñosa.
—Vamos, sonríe. —dijo, siguiendo su propio consejo.
—Soy incapaz. Los músculos de mi cara no responden a mis órdenes. —contestó.
—Tu problema no se encuentra en los músculos de tu cara, se encuentra en otro lugar.
—Si me dijeras dónde, me ahorrarías mucho tiempo perdido.
—¿Es tiempo perdido conocerse a sí mismo?
Sus palabras dieron en el clavo.
—Pues —vaciló.—, sí. Yo ya me conozco suficientemente bien.
—Si de verdad fuera así, serias capaz de sonreír.
—¿Por qué?
—Porque habrías encontrado esa maravilla que, ya sea difícil o fácil de encontrar, llevas incrustada en tu interior.
—No creo que tenga nada de maravilloso.
—Todos lo tenemos. Nacemos como las estrellas, brillantes y despampanantes. Y, cuando llega nuestro final, nos apagamos y nos marchitamos, expulsando todo nuestro interior en un último estallido de belleza y fuerza. Todos tenemos nuestro sitio en el cielo, esa gran masa de luz u oscuridad que se extiende hasta donde nos alcanza la vista. Todos brillamos constantemente, pudiendo iluminar nuestro camino, por muy complicado que nos resulte. —al ver que no conseguía los resultados que quería, lo cogió de la mano y lo obligó a levantarse.— Sígueme.
—¿A dónde me llevas?
—Fuera de tu caparazón. A que reconozcas la luz que alberga tu interior.
Lo único que había hecho era arrastrarlo fuera de la sombra que se había cernido sobre ellos, así, le concedería una nueva oportunidad para disfrutar de los rayos del sol, los cuales acariciaban su piel cálidamente, encendiéndolo y convirtiéndolo en la centelleante estrella que era. 
—La vida es preciosa. Solo hay que saber donde buscar. En ese instante, el otoño hizo su gran aparición. Las hojas del árbol que los resguardaba del sol cambió repentinamente de color. Las hojas verdes se tiñeron de un color anaranjado, que se fue oscureciendo según el muchacho, incrédulo, posaba sus ojos en ellas.— ¿Ves?
Con aquel espectáculo el muchacho sonrió. Se sintió como jamás antes se había sentido. Completo, orgulloso y único. Se miró asombrado por las chispas que resurgían de su cuerpo, notando la felicidad inundarle.
—Hay que saber aprovechar ese brillo que la vida nos ha regalado. Vive. Disfruta. Sonríe. Deja que la magia sea quien mantenga tus pies en la tierra.
Y, los dos, permanecieron durante unos instantes más admirando el encanto y la dulzura de la naturaleza. Una de esas maravillas que, tan solo a ellos, les había concedido.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Mi agrio prólogo.

Siento, pero no quiero sentir; el dolor es mayor que todo aquello que me hace fuerte. Busco, pero no encuentro; pues esta niebla que me ciega, impidiéndome seguir adelante, la he creado para que sea indestructible. Camino, sin llegar a ningún sitio; estando siempre tan cerca y a la vez tan lejos de mi destino. Grito, sin mediar palabra. Lloro, sin derramar una sola lágrima. Abro los ojos y veo oscuridad; reconozco la luz a lo lejos, percibo su calor y tranquilidad, mas las sombras han decidido cuál es mi lugar. Sonrío, sin ser realmente feliz; me ahogo en mi llanto, seco y desvivido. Escucho, sin oír nada; me aíslo del mundo. Porque, al fin y al cabo, te amo sin amarte, te olvido recordándote y vivo estando muerto.
Ahora respiro sin alivio, cierro los ojos con temor, oigo a mi corazón durante unos instantes... y sigo luchando aun sabiendo que mi guerra está perdida.


sábado, 3 de septiembre de 2011

Monótona afición.

Siempre ocurre lo mismo. Diviso tu figura entre los huecos que la gente me permite, tu sonrisa alumbrar el lugar sin necesidad de la mortecina luz de las bombillas. Me acerco a ti con dificultad: esquivando a la multitud, evadiéndome de la música que retumba en mis tímpanos, impidiendo que la vista se me nuble al ver tus ojos. Y, cuando puedo recoger tu melena para poder asentar mis labios en tu cuello y tocar tu piel con la punta de mis dedos, me acobardo. Pienso en el rechazo, en tu gesto de desprecio e incomprensión. Mis rodillas comienzan a temblar, estando a punto de caer a tus pies para rogar clemencia, perdón, un sentimiento que no sea el cariño. Pero no me iré. Me gusta imaginar que todo puede salir bien, que no existen consecuencias ni arrepentimiento.


Entonces, en el instante en el que me aparto de manera inconsciente, tú te giras. Me sonríes inocentemente, ignorando lo que pasa por mi cabeza al ver tus labios curvarse gracias a la felicidad, al ver tus ojos mirar los míos, al recibir alguna palabra insignificante de tu boca como un aliento, un suspiro y, ojalá, un te quiero.
Porque siempre ocurre lo mismo. Acabamos bailando en medio de la pista sin saber qué decir, dejándonos llevar por el ritmo y el barullo de los que nos rodean. De nuevo, podría posar mis labios en tu cuello, pero no soy capaz. Aun así, hay contadas ocasiones en la vida en las que aunque sabemos que algo es un error, debemos hacerlo. Por ello besé tu cuello, recogí tu melena y te miré a los ojos. Lástima que esto último solo lo imaginara. Todavía espero ese inevitable error que me haga besar tus labios.