domingo, 30 de octubre de 2011

No cuentes los días, haz que los días cuenten.

... "Nadie dijo que la vida fuera fácil, pero sí que merecía la pena vivirla." ...

Sonrió al destino con desdén y dejó los pétalos a un lado. La flor, destartalada, la lanzó al río. Vio cómo se la llevaba la corriente, cómo se hundía rozando las piedras del fondo, pero también como volvía a flotar. Y, sintió que el viento le regalaba fuerzas para saltar y sumergirse. Conocía perfectamente la profundidad del río, no era la primera vez que su cuerpo sentía la envoltura de las burbujas que creaba el agua al caer al vacío. No le daba miedo porque, si esa flor había conseguido volver a la superficie, él también lo conseguiría. Se levantó del suelo y, sin ningún temor, saltó. Los escasos segundos que se encontró en el aire fueron indescriptibles, ese repentino cambio de temperatura al entrar en contacto con el agua. Le encantaba. Dejó que la gravedad hiciera su trabajo y que lo llevara hasta lo más profundo, hasta donde ni los peces pudieran llegar. Cuando se quedó parado en medio de la nada, en medio de una tenue luz, abrió los ojos antes de volver a la superficie. Admiró el paraíso submarino y, por un momento, no quiso volver a respirar. Lástima que tuviera que hacerlo y dejar atrás aquella maravilla. Nadó, resurgió de entre la corriente, respiró, tomó aliento y disfrutó de la sensación. Le encantaba.


... "No cuentes los días, haz que los días cuenten." ...

Abrió los ojos después de haber estado meditando toda la tarde. Estaba tumbado en medio de algún lugar, todavía con el pelo húmedo, y el sonido del crujir de las hojas era ahogado por su respiración. Miraba al frente con sosiego, donde solo había cielo, nubes y, de vez en cuando, una bandada de pájaros que volaban con la misma elegancia que una hoja de papel. Le gustaba pensar que era él la única persona que se atrevía a comparar la belleza de las aves con una insignificante página en blanco. Pero, es que, él era capaz de leer lo que escondían los márgenes de un libro, de descubrir la cruz de un mapa, de preguntar algo al universo y ser contestado por su eco. Era creativo hasta decir basta. Podía pintar un cuadro con una pincelada, escribir una novela con tan solo dos palabras y captar la fragancia de una persona con una sencilla mirada. No le gustaba decir que la gente era especial, él decía que cada persona era única. Se empeñaba en creer que todos brillaban dejando atrás al sol, que la magia curaba enfermedades, que el amor era lo más grande que una persona podía tener. Sí. Era un vividor, un experto en ser el último en caer dormido mientras se cuentan estrellas.

Eterna paranoia.

Por primera vez, saboreó el miedo, la impotencia y el dolor. Sintió las palabras correr por su cabeza y que su boca se quedara muda mientras sus labios se sellaban con el silencio. Era sencillo. Solo debía de decir dos palabras, dos sencillas palabras que le librarían de todo ese peso que caía sobre él desde hacía años. Comenzó a hablar, decidido, valiente, enérgico, pero cuando la respuesta a todos sus problemas tocó la punta de su lengua, esta retrocedió y se escondió en lo más profundo de su alma. Un ardor invadió su pecho y su corazón huyó para dejar de sentir dolor. ¿Después? Una presión golpeó su estómago, unas garras cubrieron sus pulmones impidiéndole respirar y la culpabilidad, creada por su subconsciente, tapó su boca obligando al silencio a controlar su cuerpo. No podía creerlo. Musitaba palabras de desconcierto en esa mente ruidosa que tanto le había hecho sufrir. Decenas de pensamientos rondaban su cabeza. "¿Por qué no soy capaz de hablar?" "No puedo, no puedo decirlo". "¿Qué me ocurre?" "Venga, joder, tengo que ser valiente". Pero no consiguió nada, solo que un irreprimible grito de frustración saliera despedido de sus labios. Entonces, lloró. Lloró desamparado, sabiendo que había cometido el mayor error de su vida: querer decir la verdad.  Soltó todo su miedo y su dolor en forma de lágrimas, dibujó un hermoso testamento con cada una de sus saladas palabras. Lástima que nadie supiera ver más allá de su desoladora imagen. Tras urdir un manto de dolor sobre sí mismo, él volvió a preguntar. Él, que estaba sentado en el borde de la cama. Él, que jamás hubiese pensando que estaría en aquella situación. Él. Él era el problema.
—¿Te arrepientes?
—¿De qué? —habló, por fin, aunque todavía sin mirarle.
—De haberme matado.
Giró su cabeza hacia el cuerpo abandonado debajo de las cortinas. Una enorme mancha de sangre rodeaba su pecho. De repente, su rostro se volvió serio, las lágrimas que había derramado sobre la alfombra hirvieron, dejando olvidado todo aquello que antes había sentido. Levantó la mirada para ver su espíritu, su propia alma sentada en el borde de la cama. Pero, ¿sabéis que es lo peor? Que no sintió nada. ¿Sabéis cuáles eran esas dos palabras que necesitaba que su voz dijera? "Estoy muerto".
—¿Te arrepientes? —volvió a repetir.
—¿De qué? 
—De haberte matado.
No contestó, no le importaba lo más mínimo su sucia opinión. Siguió mirando su sangre empapar las cortinas, siguió sin sentir nada, ni un mínimo raciocinio de cordura rozó su cerebro. Siguió volviéndose loco, incluso después de muerto.


viernes, 21 de octubre de 2011

Mundo, escúchame.

Sus ojos se humedecieron, dejaron que su mirada llorara, que se sintiera perfecta aunque, sabía, que no lo era. Seguidamente, sus manos temblaron nerviosas al ser golpeadas por una lágrima. Los cristales de sus gafas se empañaron, impidiendo por unos instantes ver el brillo de sus pupilas. Su pelo, recogido, lo dejó caer en un movimiento casi instintivo, permitiendo que el viento lo colocara en la posición correcta. Las lágrimas siguieron cayendo, dejando una leve escarcha allí donde caían. El vaho acompañaba al silencio con cada bocanada, cubriendo el lugar de una repentina niebla que arrastraba la brisa hasta las montañas. Entonces, sonrió. Habló.
—Si le susurrara al mundo mis palabras conseguiría que millones de personas se sintieran como yo. Conseguiría una parte de sus corazones, un hueco en ese mundo particular  y único que poseen como paraíso. Captaría sus esencias y las guardaría en un frasco que llevaría siempre conmigo, así sabría lo que es sentirse querida por ser quien soy. Porque, podría ser feliz con tres sencillas palabras: "no cambies nunca".
Su voz la reconfortó, su propio pensamiento la alentó a mantener una sonrisa en su rostro. Las pecas de sus mejillas parecían brillar más que nunca. Sus labios adquirieron un tono morado debido al frío, pero el calor de  su alma los devolvió a su color original, un rojo manzana que resaltaba, incluso más, con el blanco de sus dientes. Siguió hablando, sin dejar que las lágrimas la detuvieran.


—No puedo evitar pensar en cómo sería estar tumbado a su lado en la cama una noche de verano. Levantar mi brazo y rodear su cuerpo, acercarlo a mí, que se diera la vuelta para mirarme y me sonriera con las luces apagadas. No sé por qué me duele tanto esperar. No sé por qué pienso que tengo alguna posibilidad de ser feliz con él. Pero me encanta leer esas señales que creo recibir. Leer entre líneas, ver más allá. Mirarle. Hacerle sonreír. Increíble. —cerró los ojos forzando a la última lágrima a caer de sus ojos, obligándola a recorrer su helado rostro.— Mundo, escúchame. Tú has hecho de mí ser quien soy, y, eso, jamás te lo perdonaré. Pero sé que después de la noche siempre aparece el sol, y solo por volver a sentir los rayos de luz calentar mi ser seguiré luchando como he hecho siempre.
Las estrellas ya habían desaparecido, aunque la luna seguía pegada en el cielo. El sol se dejó asomar entre las montañas. Ella, no dejó de sonreír.

martes, 11 de octubre de 2011

Navegar por tu boca y viajar en tus pupilas.


Tengo ganas de comerme el mundo, de ser feliz; tengo ganas de imaginarte, de cerrar los ojos y verte nada más que a ti; tengo ganas de sonreír de verdad, de no cubrir mi rostro con esa máscara desgastada de la que un día decidí depender; tengo ganas de saltar y desplegar mis alas, esas alas que corté un día sin querer; tengo ganas de decir lo que pienso y que todo salga bien, que los miedos que me invaden huyan con la luz de mi valentía; tengo ganas de decir "en este mismo momento, lo eres todo para mí"; tengo ganas de dejar de amarte en silencio, de desear que sea verdad lo que mi corazón cree captar de tus labios: "Algún día me conseguirás"; tengo ganas de imaginar que no hay nada imposible, que las quimeras se hacen realidad, de dormir y soñar que estoy cerca de ti; tengo ganas de abrazarte, de sentir tu corazón acariciar mi piel con cada pálpito, de saborear tus bocanadas, de ser parte de tu aire, de navegar por tu boca y de viajar en tus pupilas; tengo ganas de vivir una realidad a la que no estoy acostumbrado, de crear un mundo en el que la gente muere para vivir; tengo ganas de decirte "te quiero" y de que tú me contestes "yo más"; tengo ganas de tener una esperanza, de luchar por lo que quiero; tengo ganas de creer que la magia existe, que este mundo no es pura avaricia y odio; tengo ganas de gritar tu nombre y de que el eco hable por ti; tengo ganas de mirarte a los ojos y hacerte sonreír, de ser capaz de hacerte sentir especial; tengo ganas de hablar con el viento y escuchar la voz del mundo. Tengo, en definitiva, ganas de no despertarme jamás de esta maravilla, de este sueño con final feliz.

domingo, 2 de octubre de 2011

¿Qué ves cuando cierras los ojos?

Sus piernas colgaban por el acantilado. ¿Debajo? El mar. Dejaban que la hierba pinchara su cuerpo de manera delicada y que el rumor de las olas los llevara de la mano hacia el horizonte. Compartían de vez en cuando una pequeña sonrisa. A él le encantaba mirarla sin que se diera cuenta, verla sumida en un mundo que le encantaría conocer. Miró al vacío durante unos instantes y se dirigió a ella ayudado por el viento, quien conducía sus palabras hasta sus oídos.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Qué ves cuando cierras los ojos?
Compartió, con aquella frase, una inocente sonrisa. Quedó pensativa durante unos instantes y cerró los ojos. Él seguía mirándola de la misma forma que lo hacía siempre, recorría su cuerpo con respeto y cariño, imaginando dulces fantasías y cuentos de hadas imposibles de acabar.
—Oscuridad. —contestó, abriendo los ojos al instante.
—Vamos, mira un poco mas allá.
—Solo hay oscuridad.
—Busca, merecerá la pena.
Volvió a cerrarlos. Respiró hondo y se dejó llevar. Su melena la peinaba el viento y el sol maquillaba su rostro. Era perfecta.
—Sí. Veo algo.
—Descríbemelo.
—Haces de luz que se transforman en un hermoso arcoiris, me llevan hasta el jardín de mi casa. Los rosales lucen como nunca y los pájaros se posan en las ramas de los árboles para deleitarme con sus melodías. Ahora, veo a mi madre preparando galletas de chocolate. —rió.— Aquel primer vestido de flores que me compré. La primera vez que vine aquí y me senté en este mismo lugar, eso sí, sola, disfrutando de la vida como nunca antes lo había hecho.
Abrió los ojos y se mordió el labio. El sol la cegó por unos instantes, pero al mirarlo a él todo volvió a la normalidad.
—Y, ¿tú? ¿Qué ves cuando cierras los ojos?
—¿Yo? —suspiró y, nada más cerrarlos, la respuesta apareció en la punta de su lengua.— A ti. Cada vez que cierro los ojos, te veo a ti.